La escalera de poder del electo

Imagen creada con IA
Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

 La escalera de poder del “electo” para medio país (“ilegitimo” para el resto), se resuelve en una ecuación de derecho sin ética, política sin escrúpulos y mediocridad sin límites. El proceso gradual da cuenta que entre 2004 y 2005 antes de ser figura política, su primer peldaño se forjo en la mesa de formulación del programa de “refundación de la patria” o toma total del Estado por las fuerzas de la ultraderecha con vinculo del paramilitarismo para promover y participar de la seguridad democrática.

      Después el saltó a los estrados dio apertura al objetivo de ganar reputación y fama como abogado litigante siendo defensor (como su ron) de empresarios, militares, políticos y parapolíticos, lavadores de activos y estafadores. Sus casos (negocios) obtuvieron amplia difusión mediática que lo empujó al tercer escalón en condición de jurista con alcance a una densa red de relaciones con jueces, fiscales, periodistas y élites y a recibir la confianza de los sectores políticos menos éticos y más reaccionarios.

     Subió al cuarto aprovechando las fisuras de la profesión, manipuladas por un impresentable sector que a través de puertas laterales mezclaba lo ilegal y lo legal, protegía carruseles de poder y sostenía un mercado negro de prestigio y acceso a círculos de decisión. Al quinto escalón llegó mezclando su litigio en los estrados y su voz en la opinión pública, como personaje mediático, show man de lenguaje directo (grotesco) y un uso del derecho sin ética para meterse de lleno y sin escrúpulos en la política, iniciada demandas a periodistas (109 según RSF) y amenazas centradas y en ráfaga a sus adversarios.

       Al sexto escalón llega como candidato, que organiza y posiciona un contundente aparato de propaganda (con libreto nazi). Creó “enemigos” (comunistas y afines) y llamó a aislarlos, odiarlos con pasión y ponerlos meced de “la manada”. Impuso y superó el todo vale de Uribe con un ¡y hasta más! Su “ejército digital”, armado de bodegas, boots, fake news, mentiras, engaños, fraudes y desinformación, “conquistó” a cientos de miles de seguidores en YouTube, TikTok y X y logró que el algoritmo premiara la polarización y que su estilo autoritario y soberbio resultara perfecto para ese ecosistema. Instaló odio, odio y más odio contra el progresismo y lo que oliera a popular, hasta alcanzar el espacio ideológico de la derecha liberal-conservadora que aceptó unificar en el unico propósito de derrotar un segundo mandato progresista a cambio de unificar seguridad, libre empresa, fuerzas militares para la guerra, fanatismo de la fé y capitalismo salvaje. La versión de ultraderecha apoyada por el pragmatismo, cinismo, e impunidad de Trump, lo catapultó como el “elegido” para endosarle un electorado que percibía insuficiente la respuesta de los partidos tradicionales. Ya investido ha dejado claro que con él no hay acuerdos eternos ni con nadie ni siquiera los más solemnes de cofradías, legiones y mafias de no traicionarse, ni agredir familiares (de ahí el Uribe desconfiado).

     El espacio que ocupaba no estaba vacío, lo había construido el uribismo desde 2002. “El electo” no inventó un nuevo universo político, sino que construyó su escalera para ocupar uno ya existente y lo radicalizó aún más tras el desgaste del Centro Democrático. A su séptimo y penúltimo escalón llega con una base política previamente constituida, una audiencia digital propia, respaldo de potentados, y empresarios medios, gobierno de EEUU, sionismo, autoridades electorales, grandes medios, un staff de periodistas a su servicio y el retorno de técnicas coloniales controladas por patronos. Su narrativa personal del abogado y de empresario exitoso que abandona su práctica para “salvar al país”, reproduce el modo clásico del liderazgo autoritario y emocional, sin ética, sin escrúpulos, ni legitimidad, ni respeto por las reglas mínimas de la constitución, la ley, la democracia o el liberalismo político y con fe ciega que con inteligencia artificial resolverá los problemas y será un Furher eterno.

      La escalera de poder del “electo” o “ilegitimo” no es mérito individual ni de exclusivo respaldo de élites, es una articulación simultánea de su capital jurídico, mediático, digital, ideológico y político organizado con patrones del fascismo. Su escalera ilustra cómo el poder hegemónico de hoy ya no lo esta construyendo la clase política dentro de los partidos, ni es de programas definidos, obedece a mezclas de diversos intereses de clanes políticos, potentados (y mafias), que convergen a través de redes profesionales, plataformas digitales, identidades ideológicas y de fe y narrativas emocionales que encuentran en una figura “rara” la posibilidad de hacer coincidir el proyecto común de “impedir” que cualquier poder distinto al de ellos controle el Estado para estar a salvo en su patria, la de ellos.

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