
La paradoja es tan lógica como aterradora, cuando cerca de 100 soldados-mercenarios sionistas han llegado a la zona de la tragedia provocada por el terremoto de agosto 10 a dar ayuda humanitaria. Representan a los genocidas sionistas de gaza, responsables de más de 75.000 asesinatos, la tercera parte niños y niñas, muchos apenas bebés y la destrucción total de todos sus bienes e infraestructuras, desde escuelas y hospitales, hasta acueductos y medicinas. Son genocidas declarados no por izquierdas o demócratas del mundo, si no por la Organización de Naciones Unidas y su máximo líder cobijado con una medida de búsqueda y captura de la Corte Penal Internacional, encargada del juicio y castigo a criminales de guerra, de lesa humanidad y del crimen de genocidio.
La “ayuda” es una afrenta a las víctimas del terremoto y a los de la guerra padecida, teniendo en cuenta que el primer adiestrador de paramilitares en técnicas de terror era un sionista. Esta ayuda no es humanitaria, son soldados que disparan a matar, no son una cuadrilla de obreros contra la devastación, talvez si un vehículo para reinstalar (como sea) el nuevo ciclo de barbarie, que le ofrece el nuevo gobierno al pueblo soberano de Colombia y en contra de esas mismas víctimas. Lejos de representar una tregua para el sufrimiento ante la pérdida de la vida de familiares, amigos, vecinos, y la destrucción material de bienes obtenidos a lo largo de décadas de sacrificios familiares, la cuestionable legión genocida ofrece perfidia, engaño, convertida hoy en principal verdugo de la humanidad, que actúa aquí como el mecanismo que sella la condena definitiva de la víctima, que es Colombia entera que sufrirá la transformación de la derrota física en aniquilación espiritual previa.
La ayuda ofrecida esconde un contrato perverso de dependencia para seguir las rutas de la muerte de más colombianos, estigmatizados, perseguidos y acusados de lo que sea, para garantizar que la estrategia militar funcione y que los capitales circulen rápidamente de las cuentas de la nación a las de los inversionistas privados. Al extender la mano, el genocida sionista no ofrece salvación, sino que exige un peaje de sumisión absoluta de la voluntad del gobierno y del Estado, para empezar el sometimiento de la nación a la pasión autoritaria del soberbio poder recién llegado al gobierno.
Si la víctima acepta el socorro será forzada a reconocer la autoridad de quien la extermina, legitimando el poder que la oprime, al que se le preparó de antemano el terreno primero con un toque de queda para cerrarle el paso a la solidaridad entre comunidades y vecinos, después impidiendo la llegada del escuadrón de topos mexicanos, esos sí expertos en ayuda humanitaria que han asistido a 92 países con operaciones de rescate y atención primaria a víctimas y al final cerraron el desfile con una pasarela de besos y risas en un recinto y tanques de guerra en las calles. La trampa sionista camuflada de ayuda espera gratitud forzada, entrega migajas y le pide al condenado reconocer al verdugo como su salvador, su apoyo es humillación, ataca la dignidad tratando de resquebrajarla para siempre. Su crueldad comienza antes del golpe, en el marco de una geometría desigual de intercambio.
La ayuda ofrecida funciona como un filtro selectivo y un laboratorio de sometimiento, control y reconocimiento del terreno para después poner las bombas, como lo han probado junto a EE. UU. en otros países para justificar su intromisión de barbarie y saqueo de recursos sin límites. Buscan a los más desesperados, a quienes aún albergan un destello de esperanza, para ofrecerles pan y agua, un cuerpo y un espíritu envenenado para seducirlos como a corderos y después pedirles su apoyo incondicional. La ayuda revela al resistente quebrado y al débil, y le permite al genocida medir el alcance de su dominio. La ayuda es un ensayo general de aniquilación, prueba la obediencia, observa el miedo o la capacidad de lucha y perfecciona el método, todo bajo la máscara de la benevolencia.
Quizás lo más atroz, es que esta lógica convierte a las víctimas en deudoras eternas de una vida que ya les ha sido arrebatada por la misma tragedia sísmica. El genocida no busca eliminar solo el cuerpo; busca destruir la memoria y la subjetividad. La crueldad suprema no es la muerte, sino morir sabiendo que se dependió del verdugo, que se bailó al son del tirano mientras este afilaba el hacha. Cuando el genocida extiende la mano, no existe un horizonte de redención, sino la confirmación de la sentencia. La víctima está condenada a padecer la crueldad porque la única “ayuda humanitaria” posible del genocida es un espejismo que arrastra la vida más hondo hacia el abismo. En el arte de la destrucción masiva, la peor violencia no es la que mata de golpe, sino la que engaña para matar dos veces: primero la esperanza, después el alma, y al final, como un mero trámite burocrático, el cuerpo.
P.D. Duele Colombia, país soberano, ¡No a la intervención militar de EE.UU y del Genocida sionista!











