Contra el miedo, las palabras

Imagen creada con IA
Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

«Toda verdad pasa por tres etapas: primero es ridiculizada, después violentamente combatida y, finalmente, es aceptada como evidente» (Schopenhauer). Sin embargo, en los fascismos la verdad no llega siquiera a la primera etapa, porque el miedo se encarga de sellar las bocas antes que se pronuncien las palabras. El miedo se infunde, se mediatiza, corrompe y corroe, invita a callar y la sociedad entera puede terminar sumergida en un silencio que no es neutral, ni pasivo, sino producido y mantenido por el terror que hace pasar de la amenaza al hecho un par de cosas, como cambiar de prisión a sus enemigos, estigmatizar adversarios, caminar entre los muertos, censurar periodistas, hacer los murales y la memoria, felicitar a un genocida, hacer apología al horror. Los regímenes fascistas ya no llevan uniforme, no hay monstruos en sus filas, ni perros de presa, van a clubes, se exhiben, llevan traje y corbata, tienen face, siguen un libreto de ultraderecha y un slogan libertario, son proguerra, prosionistas, neonazis, con falsedad y miedo imponen el control social,

       El miedo es el ropaje de una arquitectura de poder despótico que, para sostenerse, más que fuerza bruta, necesita represión, pero sobre todo que esta se interiorice, se naturalice. No se trata únicamente de estigmatizar, acosar, hostigar, perseguir o judicializar al otro, sino de hacer que el miedo al castigo opere de manera preventiva, incluso antes de que la disidencia sea concebida. En las dictaduras no hacía falta castigar constantemente; el miedo funcionaba solo, convertido en hábito. El silencio era la forma de obediencia cotidiana, era la disciplina invisible que ordenaba la vida sin necesidad de uniformes ni órdenes explícitas. La técnica está en que el miedo silencie las bocas y la censura alcance las conciencias. El terror no necesita ser ejercido contra todos para ser efectivo; basta con que cualquiera sienta que puede ser la próxima víctima y calle. La amenaza permanente, hace que la arbitrariedad, la represión, la delación lleven a que cada conversación o gesto sea un posible delito.

     El miedo es un engranaje esencial de la maquinaria despótica. Los fascistas instauran el terror para desplegar sus objetivos político-económicos de saqueo, despojo, apropiación de bienes públicos y de préstamos por venir, afectando los derechos de todos. El miedo produce el silencio no solo como ausencia de palabras, se enseña. Instala la autocensura en la vida cotidiana, entra en conversaciones que se cortan de golpe al llegar un desconocido, ocupa las mesas donde la política se vuelve un tema prohibido, está en frases inacabadas, en los densos silencios, en la protesta cancelada, en el debate no dado, en la frase común de que mejor no hablar de eso o de que nada va a cambiar, de que mejor callar por su bien, no opinar, no preguntar demasiado, hasta hacer del silencio un modo de vida.

      Uno de los mecanismos más eficaces para silenciar ha sido la retoma ideológica total de los medios masivos, que acabaron la información neutral, solo venden propaganda y las redes replican los algoritmos con falsedades. La autocensura anula determinadas opiniones y preguntas, solo se puede difamar a los otros y encubrir y exaltar al elegido. La curiosidad se vuelve peligrosa, la duda sospechosa y pensar es delito. El miedo muta hasta ser aceptado como natural por muchas personas. Orwell, en 1984, describió la sociedad bajo el terror político apoyado en la amenaza permanente de la tortura y la muerte. Pero lo más eficaz del miedo no es la violencia explícita, sino la forma en que el fascismo logra que los ciudadanos lo interioricen y se vuelvan sus propios censores. Hoy la policía del pensamiento de Orwell está formada por fanáticos de ultraderecha, temerarios que mezclan odio, religión e ignorancia, para invitar a callar, a bajar la voz, a evitar cualquier crítica al régimen, a hacer creer que todo es perfecto, casi sagrado. Distribuyen miedo, aunque así delatan la ilegitimidad de ese poder que con furia (¡heil!l) llama a expulsar al demonio, para purificar su difusa patria milagro.

    Ante el miedo de previsibles consecuencias de retroceso en derechos y libertades, la mejor resistencia es la palabra contra toda des-esperanza. Afirmarla para demostrar que el silencio puede ser vencido y que antes de callar para sobrevivir, es necesario desatar la imaginación de la lucha organizada. El miedo, aunque es una arquitectura, un sistema, que moldea cuerpos, mentes y relaciones, por más profundo que sea, nunca provoca un silencio total. Siempre hay maneras de susurrar, testimoniar, recordar, unir. Y en cada palabra pronunciada contra el miedo, reside la posibilidad de que el silencio sea finalmente roto. El poeta Paul Celan, que sobrevivió al horror nazi dijo: «Habla, también tú, habla como el último, dí tu decir». Y decir es el acto de resistencia más radical y necesario hoy para reafirmar que el miedo nunca ha logrado, tener la última palabra.

P.D. La civilización jurídica le recuerda a los aprendices de brujo o los poderosos que una cosa que ni siquiera la victoria otorga es disponer arbitrariamente del cuerpo de su enemigo muerto, volverlo propaganda, ultrajarlo paseándose entre los cuerpos inertes. Es un principio de humanidad y una expresión radical de la dignidad humana como límite al poder. Humillar o denigrar los cadáveres puede entrar en el ámbito del crimen de guerra según el CICR. Cristo rey nunca lo celebraría.

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