Ego presidencial con final infeliz

Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

La nación está de luto. La condición humana de los sectores medios y populares, sin distingo político, expresa compasión y máxima solidaridad, a pesar de ser forzada a competir. Ante la tragedia del terremoto el Estado huyó, calla ante una emergencia destinada a mover plata. El gobierno menosprecia. Soberbio mira primero a Israel, absuelve el genocidio y condena al pueblo saharaui, aplaudiendo al reino de marruecos. Ordena reconstruir una torre de iglesia y exalta por sus pírricas propinas a los dueños del capital de fortunas incalculables. Los medios entre truculencias silencian a las víctimas y disparan sus cámaras para iluminar al show-man. No hay respeto por los que sufren. El equipo de poder parece extranjero, desganado. Imploran por más deudas, aunque sin cifras reales. Las esporádicas intervenciones de altos cargos revelan rabia, odio, desconsideración, discriminación, colonialismo, desconocen (obvio) el país que no reconocen. Entre biblias y balones tiran propaganda, se broncean, reclaman hacer virtualidad entre piedras amontonadas y pérdidas totales. Las selfies ocupan el primer plano, rostro y gesto del ¡heil! saludo, que alimenta a fans y medios envilecidos.

Por puro sentido común la fotografía que queda es de indignación, impotencia y rechazo. Ante el dolor se percibe burla y humillación. Prima el ego, la obsesión de mostrarse, ponerse por encima, ridiculizar hasta las formas reglas y costumbres del poder. Todo esto encaja con historias de final infeliz de dos recientes presidentes, ambos mirándose su ombligo por incapacidad mental. Uno en Ecuador, otro en Filipinas. Los dos pusieron su ego personal por encima del respeto por las funciones del Estado, con sus obsesiones atacaron la dignidad humana de la población, que como pudo, logró sobreponerse a diferencias y separaciones políticas y con sentido común provocar finales de justicia.

El primer ejemplo es Abdala Bucaram, presidente del Ecuador, que convirtió su poder y autoridad en espectáculo, provocación y personalismo. En menos de seis meses lo calificaron de loco. Su estilo ramplón, burdo, rompió deliberadamente con la solemnidad presidencial, cantaba y bailaba rock en actos públicos, participó en concursos de belleza, fue presentador de un teletón, se dejó afeitar el bigote en televisión y convirtió buena parte de su actividad presidencial en un espectáculo mediático. Practicaba el futbol dentro de su despacho y utilizaba un lenguaje extraordinariamente agresivo contra sus adversarios, no paraba de vociferar, señalarlos de burros, ladrones, mafiosos y se jactaba de sus irrespetuosos insultos acordes a su incapacidad para entender su posición de estadista. Gobernó con una fuerte presencia de sus familiares y más cercanos allegados en cargos públicos, su nepotismo creó caos administrativo, escándalos financieros y una desbordada corrupción, al tiempo que aplicó un duro programa económico que elevó fuertemente las tarifas de servicios públicos.

La combinación fue explosiva, un presidente que parecía convertir el Estado en escenario personal mientras la población soportaba el costo de las medidas de gobierno. Iniciaron las protestas y lo interesante es que no provenían de una orientación partidista de la oposición política, sino del asco y rechazo alimentado por múltiples factores de deterioro y la percepción de que la presidencia había sido convertida en un espectáculo personal. Las protestas desembocaron en una huelga nacional que llevó a la destitución del loco presidente con la figura de “incapacidad mental”, que no requirió exámenes médicos previos. Bucaram fue la caricatura extrema del presidencialismo performático, del mandatario que con soberbia convierte su personalidad en política de Estado y termina confundiendo la institución con su propia persona. Sí a estos delirios se agrega la confusión mental entre biblia y constitución el panorama es más patético y el gobernante revela mayor incapacidad y menos razón.

El otro ejemplo es el de Duterte en Filipinas que convirtió su ego y personalidad extravagante, vulgar y deliberadamente en razón de Estado para imponer una forma de ejercer el poder autoritario ejecutado como forma predilecta de personalismo y exaltación de su ego. En persona promovía la violencia estatal y la deshumanización de sus adversarios, en una supuesta guerra contra las drogas, acompañada de una retórica que llamaba a la eliminación física de presuntos delincuentes. Prometió acabar con las drogas y la criminalidad en pocos meses y al no lograrlo forzó a las fuerzas de seguridad y a la ciudadanía a matar personas sospechosas. El resultado fue un baño de sangre con miles de ejecuciones extrajudiciales que según la ONU respondían mayormente a jóvenes de comunidades pobres y marginales, un hecho similar al de los falsos positivos todavía en impunidad y al acecho.

La Corte Penal Internacional llevó a que finalmente Duterte fuera detenido en marzo de 2025. Actualmente permanece bajo custodia esperando prisión de 30 años o de cadena perpetua, acusado por crímenes de lesa humanidad. Las dos historias son parte del cuadro vulgarizado del poder autoritario, centrado en el ego y en el culto enfermizo hacia la persona, sus deseos y delirante obsesión mediática. Para fortuna de la humanidad, el sentido común logró un final infeliz para los dos ególatras presidentes. Sus historias aquí parecen fundirse, y el pueblo toma nota de alguna incapacidad mental.

P.D. 1. En Ecuador entre 1997 y 2005 fueron derrocados, expulsado o removidos 3 presidentes sin concluir su mandato (Bucaram, por incapacidad mental para gobernar, Mahud y Gutiérrez). 2. La tragedia ha revelado la “verdad de los que sufren” y el gobierno para no mirar recrea su espejismo vengador revelando el “libro de su verdad”, soberbio y con datos de un el empalme que nunca hizo

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