El silencio de los buenos


Por | F. Gardner

Le pregunta su opinión sobre el proceso de paz. Él se baja la manga del pantalón cubriendo la prótesis; se yergue, lo mira un segundo y responde:

– Si ese proceso de paz se hubiera firmado unos años antes, yo aún tendría mi pierna.

Se trata de un militar. Estuvo en el colegio sensibilizando sobre inclusión. La respuesta del sargento ha dado vueltas en la cabeza del profe desde entonces. Comparte la anécdota con sus estudiantes y les pide que observen la mirada del militar en el video de la entrevista. “La tienen los guerreros que han sufrido en sus cuerpos el horror”.

“Mi papá”; dice uno de los niños.

“¿Es tu papá?” Pregunta el profe. No, pero mi papá también tiene una prótesis. Estaba en el área y pisó una mina cubierta con hojas”.

Le dice al estudiante que lo siente mucho y le habla de los guerreros que siguen con su vida por ellos mismos y por sus familias. Estas experiencias evidencian uno de los rasgos más atroces de la guerra, y es que hace de los cuerpos, desamparados campos de batalla.

Sus estudiantes están en capacidad de socializar historias de mujeres que fueron abusadas. Otra de ellas prepara la exposición sobre los niños y la guerra. Noveno se sabe las historias de víctimas de minas antipersona. Octavo se sabe relatos de Alfredo Molano.

El profe contrasta la historia del sargento con una imagen de militares mutilados. Están sentados, uniformados y con esa mirada. Atrás de ellos, Duque y la vicepresidenta, sonríen. “Entre esa sonrisa y esa mirada hay un abismo”, dice el profe.

Otros estudiantes arman la palabra PAZ con tapas de botellas. Otros ensayan un rap escrito por el profe. La canción se llama País Caníbal: “Quizás somos guajiros/ Un pueblo abandonado/ Se robaron nuestros ríos/ Nos condenan al pasado/ Aquí mueren los niños/ hambrientos, demacrados/ nacieron en Colombia /fueron muy afortunados”.

Otra de sus estudiantes lee sus poemas sobre las masacres de El Salado y Bojayá. El profe les ha enseñado que la poesía resana. Las estudiantes socializan los informes sobre masacres. El profe sabe que es muy triste ver a niños hablando sobre niveles de violencia tan escabrosos. Cualquiera queda sorprendido al escuchar la voz de las víctimas en la voz de los niños. El profe señala que la Escuela tiene que abordar las atrocidades de la guerra para poder comprender la importancia de la paz. “Hemos aprendido a sobreponernos; el horror tiene que ser abordado en las aulas porque nos hemos acostumbrado a él; lo naturalizamos; habitamos un país que detesta la democracia y es indiferente ante el dolor del prójimo. Nos hemos deshumanizado”.

Todos están listos para la instalación de lo que han denominado Museo Vivo de la Memoria. Los estudiantes preparan exposiciones sobre los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica; toman sus posters, bajan la montaña en la que se encuentra su escuela, (durante años la llamaron Jaime Garzón, a escondidas, mientras lograron ponerle ese nombre a través de un arduo y paciente proceso legal); caminan hasta la plaza central; atan cuerdas de carpa a carpa, y cuelgan sus 40 posters como si fuera ropa en un tendedero. “¿Qué se hace con la ropa de los muertos? / ¿Se llena de aserrín para espantar el hambre de los pájaros?”  dice el profe, “es un poema de Francisco Hernández. Esos posters le cuentan a quien quiera escuchar, parte de la historia terrible de la guerra. Tragedias que dejarían de suceder si le damos una oportunidad a la paz.

Han creado un Museo Vivo de la Memoria. Comenzó como ejercicio de dignificación de las víctimas y terminó siendo la base de lo que llaman pedagogía para la paz. Su tesis es clara: Por lo general, cuando la gente rechaza la paz, no se da cuenta de que en realidad le hace culto al asesino; lo cierto es que NO CONOCEN LOS EFECTOS DE LA GUERRA en los cuerpos, en las vidas, en los paisajes, en el medio ambiente, en los animales, en la dignidad humana. Si la gente supiera que la guerra cuesta al día más de 22 mil millones de pesos, a lo mejor, solo con ese dato, pensarían en que esa plata, diariamente, se podría destinar a dignificar a la gente de este país. No solo se trata de empatía, se trata de lucidez. Los colombianos a veces somos muy brutos a la hora de comprender las posibilidades de un país en paz.

Lo que comenzó como una serie de exposiciones en el salón, pasó a convertir el colegio en un Museo; luego en un Museo móvil que se instala en el centro de la ciudad cada 9 de abril y cada 30 de agosto, en solidaridad con víctimas y desaparecidos.

Bajo los lemas El colegio a la calle, Los hombres sin historia son la historia, y Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea. Dios la verá, han sacado el Museo 20 veces en los últimos años. Llevan once años haciendo este ejercicio poético, cívico y pedagógico.

El profe es claro en sus apreciaciones. Lo que debemos comprender es que quizás la paz se hace desde los territorios y no desde los escritorios. Lleva con este proyecto desde el 2007. Quiere publicar un libro sobre su estrategia didáctica. Le pregunto por las experiencias que lo han marcado después de tantos años. Quiero indagar sobre las razones de su esfuerzo, porque, incluso, ha sido amenazado.

“Conocí a una víctima de crimen de Estado; en la Escuela jugábamos fútbol. Además, he perdido a dos tíos militares. Es muy triste eso”. ¿Y cómo docente? Insisto. “Es que la vida no se desliga del ser docente. Que unos militares mataran a estos muchachos; eso es inhumano, vergonzoso. Ese es un espejo de las cifras de reclutamiento de menores de edad. Otra vergüenza. ¿Y el honor?… No solo hemos perdido el honor también a virtud de la vergüenza, como dio alguna poeta colombiana. Pero, como profesor sí hubo una situación que me marcó hace muchos años. Unos estudiantes se burlaban mientras veían un vídeo en el que decapitaban a una persona. Su insensibilidad me impresionó, me afectó. Los niveles de violencia y de crueldad a la que están sometidos los niños y los jóvenes los ha llevado a naturalizar el horror. Había que hacer algo y diseñé la estrategia. Spinoza lo sabía, “No reír, no llorar, no indignarse, comprender”. Luego empapelamos los postes alrededor del colegio con frases sobre la paz y sobre un país digno. La idea era sensibilizar, humanizar.

El profe está seguro de que, a lo largo y ancho del país, hay más profesores invisibles como él, que se esfuerzan por educar para la paz. Un día su Museo coincidió con la visita de Álvaro Uribe a la ciudad. El palco estaba al lado de la Comuna 13. Los estudiantes literalmente construyeron una réplica de la Comuna como un gran pesebre. Se trató de una mera casualidad; la instalación del Museo estaba programada con meses de antelación. No se podía saber que ese mismo día le prestarían la plaza para un encuentro político, a la persona que ordenó la llamada Operación Orión. Uribe habría tenido que hablar al lado del pesebre de la Comuna 13. Al ver esto, Uribe y su comitiva se negaron a entrar en la plaza. Todo fue una extraña coincidencia, o justicia poética que llaman. Sin embargo, pienso que debió haber entrado al Museo, dar una lección desde el diálogo y desde el sufrimiento de los otros; esa es la salida, dialogar en serio, para que estas tragedias no se repitan.

Los estudiantes siguen preguntando, exponiendo o en silencio, en sus mentes confrontan ese país real en el que les toca vivir.

Afuera, en el pasillo, espera el siguiente curso. El profe ya terminando la clase, dice: Nacer en un país en paz debe ser grandioso, por eso toca educarse para ser buenos. Lean por favor y en la otra clase la seguimos. Mientras unos salen, otros entran. Me despido del profe, repitiendo una de las frases que está escrita en el tablero: “Lo que más debe dolernos es el silencio de los buenos” y abajo el nombre del autor, Dr. Martin Luther King. Me voy pensando en que, a este país tan religioso, encima de todo, lo arrinconó la indiferencia.

Pd: El profe se llama Miyer Pineda, y algunos de sus libros se encuentran en el Stand de la Gobernación de Boyacá en la Feria del Libro de Bogotá. Stand 302. Pabellón 6. Piso 2.

Tiene un blog y un canal de YouTube. Vale la pena suscribirse.

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