

El retorno de una vieja conocida
La mañana del 18 de abril de 2026, Tunja despertó con un sabor amargo que le es familiar: el de la escasez. Una rotura en la tubería de aducción que parte desde el embalse de Teatinos, provocada por las intensas lluvias en el municipio de Ventaquemada, sumió en una emergencia a más del 90 % de la capital boyacense y dejó sin suministro a cerca de 180.000 personas. El «tubo madre» de la ciudad, una conducción de 15 pulgadas, se fracturó, desnudando una fragilidad que ha acompañado a esta urbe a lo largo de su historia.
En las últimas dos décadas y media, el manejo del agua en Tunja ha transitado desde una crisis de abastecimiento casi crónica hasta convertirse en un caso paradigmático de concesión privada en Colombia. Sin embargo, los hechos de abril de 2026 demuestran que, a pesar de los avances, la dependencia casi exclusiva de una única fuente y la vulnerabilidad de una infraestructura que ya tiene décadas siguen siendo un talón de Aquiles.
2000-2015: La pesadilla del racionamiento y la privatización como tabla de salvación
Para entender la Tunja de 2026, hay que remontarse a la ciudad de los años noventa. Corrían los años en que «el agua llegaba a las casas y apartamentos una o dos horas al día», y el alcantarillado apenas cubría el 60 % de la ciudad. La imagen de Tunja era la de una urbe desolada por las tardes, donde la población flotante huía ante la falta de garantías y los servicios públicos eran un freno para el desarrollo.
Fue en ese contexto de desesperación cuando el entonces alcalde Manuel Arias Molano tomó la decisión histórica de concesionar los servicios a una empresa privada, rompiendo con una supuesta «maldición de Hunzahúa» que parecía condenar a la ciudad a la sed perpetua. Así nació la concesión de Proactiva, hoy Veolia Aguas de Tunja. Durante los primeros años del nuevo milenio, la prioridad fue sacar a la ciudad del racionamiento extremo. Las inversiones en renovación de redes, que ascendieron a 95 mil millones de pesos entre 1996 y 2020, comenzaron a estabilizar el servicio.
Sin embargo, esta transición no estuvo exenta de fricciones. Un estudio de caso sobre la gobernanza del agua entre 2000 y 2015 señala que, aunque mejoró la cobertura, la ciudad seguía enfrentando retos estructurales en la regulación y el control de un recurso cada vez más tensionado por el crecimiento urbano. Para 2015, ya era evidente que la represa de Teatinos y los pozos profundos no serían suficientes a largo plazo.
2016-2025: La era de la aparente estabilidad y la dependencia crónica
Con la llegada de Veolia y la mejora en la continuidad del servicio, Tunja respiró aliviada. La empresa logró reducir las pérdidas de agua a niveles ejemplares del 17,5 % y cubrió el 100 % de las viviendas con acueducto. La ciudad dejó de ser vista como un páramo de servicios públicos y comenzó a atraer inversiones. En 2019, la Alcaldía decidió apostar por la continuidad y firmó una prórroga del contrato por 15 años más, hasta 2041, justificándola en la eficiencia del operador.
Pero bajo esa superficie de normalidad, la sombra de la sequía y la vulnerabilidad nunca se disipó del todo. A principios de 2024, el embalse de Teatinos llegó al 50 % de su capacidad, y aunque Veolia descartó racionamientos, las autoridades tuvieron que hacer un llamado insistente a la comunidad para ahorrar el recurso. La ciudad vivía con la espada de Damocles de una sola espada: el abastecimiento seguía dependiendo casi por completo de una sola arteria y de un embalse que no daba abasto para el crecimiento poblacional.
Esta tensión comenzó a generar malestar social. Las protestas por la escasez han sido una constante en la memoria de la ciudad: desde el gran paro de 1974 hasta las recientes movilizaciones donde los ciudadanos protestaron con flotadores en calles inundadas o realizaron plantones por el alto costo del servicio, denunciando sobrecostos de hasta el 87 % en las tarifas. La percepción de que se paga un servicio de primera calidad mientras se depende de una infraestructura obsoleta alimentó la desconfianza.
Ante esta realidad, la respuesta institucional fue la planeación de un proyecto faraónico: el Acueducto Metropolitano. Durante 2024 y 2025, se socializó la construcción de una nueva fuente de abastecimiento en el embalse La Copa, con una inversión estimada en 54 mil millones de pesos, que aseguraría el suministro hasta 2050. No obstante, el proyecto, que también busca beneficiar a otros siete municipios, ha avanzado lentamente a la espera de la concesión de agua por parte de Corpoboyacá.
Abril de 2026: La ruptura desde Teatinos y el colapso anunciado
El viernes 17 de abril de 2026, el escenario pasó de la alerta a la emergencia. Las lluvias torrenciales en la zona rural de Ventaquemada provocaron un movimiento en masa que sepultó la calzada y partió en dos el acueducto principal. «Debido a la saturación del suelo y la inseguridad del terreno, declaramos el estado de contingencia de abastecimiento de agua para los próximos días», anunció William Hernández, gerente de Veolia.
La magnitud del desastre fue inmediata. La empresa activó su plan de emergencia y dispuso una flota de carrotanques que logró distribuir 465.000 litros de agua potable, beneficiando a más de 16.000 usuarios en 35 barrios durante el primer día. Pero para la mayoría de los tunjanos, la vida cotidiana se detuvo. La Alcaldía, en un Puesto de Mando Unificado, ordenó la suspensión de clases en colegios y universidades, así como la atención al público en edificios municipales.
La reparación se concibió como una operación de cuatro fases: estabilización de un terreno que seguía cediendo, instalación de 80 metros de tubería de polietileno de alta densidad, aseguramiento mediante anclajes y, finalmente, el llenado progresivo del sistema. Según los cálculos oficiales, el agua volvería a llegar a la planta de tratamiento el lunes 20 de abril, aunque la normalización completa tomaría toda la semana siguiente.
El episodio dejó al descubierto el principal punto ciego de la gestión del agua en Tunja: la absoluta dependencia de una sola línea de vida. «Es la única fuente de abastecimiento de agua que tiene el municipio», reconoció el alcalde encargado, Carlos Gabriel Hernández. Mientras las cuadrillas trabajaban día y noche, la ciudad entendió que la vulnerabilidad no es solo cuestión de sequía, sino también del exceso de agua que desestabiliza el terreno.
Análisis y perspectivas: Entre la resiliencia y la fragilidad
El análisis de estos 25 años deja una lección ambivalente. Por un lado, el salto cualitativo es innegable. Tunja pasó de ser una ciudad con agua intermitente a tener un servicio continuo y una cobertura universal, algo que se refleja en los discursos institucionales de Veolia y la Alcaldía. La inversión en redes y la reducción de pérdidas han sido significativas.
Pero la crisis de abril de 2026 revela que este progreso se construyó sobre cimientos frágiles. La concesión privada logró eficiencias en la operación diaria, pero no resolvió el problema estructural de la dependencia de una única fuente superficial —el embalse Teatinos—, cuya infraestructura de conducción, en algunos tramos, ha cumplido ya varias décadas de servicio. El retraso en la materialización del proyecto de La Copa, que debió entrar en operación en 2024 según los plazos de la prórroga de 2019, es el síntoma más claro de esta postergación.
Asimismo, la gestión del riesgo ante desastres hidrometeorológicos se reveló insuficiente. Las lluvias no son una novedad en el altiplano boyacense, pero la caída de una banca en Ventaquemada y la rotura del tubo madre evidencian que la infraestructura crítica no está diseñada para soportar los fenómenos de variabilidad climática cada vez más extremos.
En el plano social, la crisis reactivó las tensiones latentes. Las quejas por las tarifas, consideradas desproporcionadas para un servicio que se corta de forma masiva, y la memoria de protestas históricas por la falta de agua sugieren que la legitimidad de la concesión podría erosionarse si la ciudad vuelve a experimentar eventos de este tipo con frecuencia.
Conclusión: Un corte que no cicatriza
La rotura del tubo de Teatinos en abril de 2026 no fue un accidente aislado, sino el estallido de una vulnerabilidad histórica que Tunja ha administrado, pero no resuelto. En estos 25 años, la ciudad logró desterrar el fantasma del racionamiento cotidiano, pero no pudo liberarse de su dependencia de una infraestructura añeja y de una única fuente de agua.
El operador privado ha demostrado capacidad de respuesta en la emergencia —distribuyendo carrotanques y reparando en tiempo récord—, pero la pregunta de fondo persiste: ¿cuántas veces más puede Tunja depender de parches sobre una arteria principal que se fractura con cada deslizamiento de tierra? El Acueducto Metropolitano, con el embalse La Copa como nueva esperanza, aparece como la única salida definitiva, pero su construcción sigue atascada en los escritorios de las entidades ambientales y en las incertidumbres fiscales.
Mientras tanto, la capital de Boyacá sigue caminando sobre el filo de la navaja. Cuando llueve, el tubo madre se rompe. Cuando no llueve, el embalse se seca. La verdadera «maldición de Hunzahúa» quizás no era la ausencia de agua, sino la incapacidad de construir un sistema capaz de resistir los embates de la naturaleza y el paso del tiempo. El corte del servicio en 2026 es apenas el último recordatorio de que, para Tunja, la sed es una herida que nunca termina de cicatrizar.










