Los medios como empresas del odio


Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

La inmensa mayoría de medios de comunicación masiva de Colombia, perdieron su condición de agentes creadores de cultura y formadores de opinión. Las noticias de la ciencia no ocupan siquiera el 5% del volumen de noticias diarias e igual ocurre con las de la cultura. La política, la economía, los deportes y el odio son las que venden. Imputados, presuntos, condenados y bandidos ocupan buena parte de la noticia no política sino criminal, seducen con sus prontuarios y diatribas que son bienvenidas mientras sean en contra del gobierno progresista o ataquen la inteligencia o la paz.

Con el siglo XX se fue la época dorada de los medios. Por liberal y progresista el diario el Tiempo fue cerrado por las derechas de antes y las de hace poco asesinaron a Don Guillermo Cano por predicar la verdad y la justicia. De esa prensa forjadora y vigilante de las libertades y las democracias nada queda. La película ciudadano K (Citizen Kane, O. Wells, 1941) exploro el poder, la ambición, la soledad y la corrupción y crítico con verdades el sueño americano y sembró el imaginario de los medios como instituciones protectoras de la verdad. La seguridad democrática implantada por el poderoso Furher local, empujó su conversión al sistema empresarial, con lógica de mercado y alta capacidad de creación de riqueza material para sus dueños y electoral para sus aliados en el Estado. Hoy esos medios son negocios y la información una mercancía, valor de cambio, un libreto sin claridad conceptual ni sentido ético. La imagen del medio como una máquina de escribir para contar historias fue cambiada por una monstruosa máquina de guerra que mata y destroza a sus enemigos.

     En esa mayoría de medios los programas de noticias diarias son ideológicamente focalizados en favor de unos y en contra de otros, dirigidos por “elegidos” periodistas (con excepciones por supuesto) que no buscan la verdad, exageran hechos, manipulan titulares, priorizan el impacto sobre la precisión, ocultan información, manipulan fuentes. Actúan como militantes de las ultraderechas (tipo Vicky, Salud H, Velez, Zuleta, Morales, Darcy, Apuleyo, Londoño) que reproducen el sistema de contaminación de la vida sana y de la política en nombre de una pretendida objetividad y neutralidad que no tienen. La estrategia de neuromarketing es para ampliar la polarización y el mercado de información. Ya no importa el daño que causan por distorsionar la realidad, menospreciar, discriminar y estigmatizar. Su rol en el mercado es moldear percepciones, erosionar la deliberación democrática, invadir la cotidianidad, incentivar la confrontación emocional, debilitar el debate democrático, distorsionar la discusión pública, simplificar problemas complejos, desinformar, crear sujetos que consuman sus narrativas de manera acrítica y permanezcan encerrados en burbujas informativas.

       Esos medios responden a relaciones de poder y dominación, propiedad de un reducido número de dueños, que no supera la cifra de diez familias que controlan los flujos informativos para moldear la percepción de la realidad, establecer agendas, delimitar lo pensable y ampliar sus negocios y fortunas. La exposición constante a los contenidos de esos medios ha alterado la salud mental, provocado ansiedad, estrés y sensación de amenaza. Liberarse de ese contagio, resulta sencillo, basta tomar la decisión de abandonar de inmediato ese veneno contaminante y entrar en un boicot de consumo masivo a esos medios que acentúan violencias para unos e impunidad para otros.

     Mas del 80% de esos medios son propiedad de los cinco principales potentados locales que además de los bancos, los peajes, las gasolineras, las inmobiliarias, las EPS y la gran industria, controlan el veneno de periódicos, revistas, plataformas, radio y televisión y se les encuentra con los nombres de Caracol, RCN, Canal Uno, City, RedMás, F.M, Blu, W, Win Sport, Eltiempo, Elespectador, Elcolombiano, Portafolio, Semana, medios digitales y cientos de publicaciones regionales, redes y bodegas, que actúan como manada y son puestas en acción como armas letales, que enferman a la nación, son la esencia de una prensa deshumanizada que vuelve espectáculo el sufrimiento humano.

      No obstante, este panorama no es absoluto. Existen decenas de medios alternativos, locales, regionales, gremiales, periodistas independientes y prácticas contrahegemónicas que le disputan sentidos y narrativas al poder estructural de los grandes conglomerados y que han logrado incontables avances para comunicar la otra realidad, la del país olvidado, la de la gente que no pasa por ellos.

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