
La dignidad es el centro de gravedad de la unidad de los sectores populares y la lealtad el de la ultraderecha, que, con la seguridad democrática, desplazó a las élites tradicionales y legitimó una doctrina que emana de su líder y opera como una máquina de poder, con un único objetivo –concentrar poder y riqueza– y un solo método –mentira, violencia y saqueo sistemático–. Lo demás es distracción. Su contenido está presente como una estrella de cinco puntas que articulan fenómenos que no son aislados, ni errores, sino partes de su proyecto hegemónico de dominación de clase, que encontró en Colombia su laboratorio más depurado y en su líder un verdadero Fuhrer. Esas cinco puntas son el mercurio en las minas de oro; las bombas contra civiles como marca de barbarie con incidencia electoral; el control financiero con privatización y tasas de interés para exprimir los bolsillos populares; las mentiras sistemáticas para envenenar las campañas políticas; y el cinismo del líder y sus elegidos clamando seguridad, seguridad, seguridad. Todo se incuba en un mismo tanque de pensamiento de élites hoy convertidas en una moderna ultraderecha.
El mercurio que envenena no es un accidente, sino resultado de una política deliberada de despojo. Durante los gobiernos de Uribe (2002-2010), se incentivó la minería sin control ambiental y se entregaron 8,53 millones de hectáreas a empresas privadas –una liquidación del patrimonio nacional– que contaminaron los ríos y los suelos con mercurio, desterrando a comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas. No hubo negligencia, fue ecocidio de Estado bajo la doctrina de la seguridad democrática, que con otra punta de su estrella sembraba bombas en toda la nación, realizaba autoatentados para militarizar, convertía al DAS en la empresa criminal más aterradora, organizaba y desmontaba falsas guerrillas, asesinaba inocentes y, una vez instalado el miedo ofrecía más seguridad con menos derechos, menos Estado de derecho y más Estado de opinión, para ocultar que el terror y las bombas que no fueron un exceso, si no el engranaje para exterminar la oposición política, sindicalistas y líderes sociales. Los picos de masacres, carros bomba y desapariciones forzadas muestran relaciones estadísticamente significativas entre la votación de Uribe en 2002 y el apoyo paramilitar. Las bombas no eran para derrotar a la subversión, si no para atacar la dignidad del pueblo, envilecer sus luchas, destruir la unidad de sus organizaciones, aterrorizar y encubrir el saqueo, que también se fortaleció con la privatización, tasas de interés y explotación laboral.
La política monetaria del Banco de la República, lejos de ser neutral, se activó como dispositivo para bloquear y transferir la riqueza de los trabajadores a los grandes bancos de los potentados locales. Las alzas actuales de tasas al 11,25% no son un ajuste, sino la expresión financiera del mismo modelo que, con Uribe impulsó la Ley 789 de 2002 (reforma laboral) que eliminó recargos nocturnos, amplió la jornada diurna hasta las 10 p.m. y redujo las extras dominicales del 100% al 75% –con la falsa promesa de empleo, y bienestar que nunca llegó– mientras los trabajadores perdían hasta el 66,6% de sus ingresos y los empresarios maximizaban utilidades. Eso es simplemente expropiación legalizada.
A la sombra de las bombas y el saqueo, la mentira se abrió paso como método sistemático de poder, orientado desde tanques de pensamiento como primero Colombia, un aparato ideológico para promover la doctrina de ultraderecha. Las mentiras están documentadas con sobornos para la reelección, ríos de sangre a pedido del general Montoya y decenas de aliados condenados por paramilitarismo, narcotráfico, asesinato y corrupción, que los medios masivos ignoran o trivializan. Y la quinta punta es el cinismo, el blindaje impenetrable del Fuhrer, condenado por fraude procesal y soborno, que amenazante dice “se los juro que nunca he tenido vínculos con el narcotráfico” o “falso de toda falsedad”, convencido de que la repetición podrá borrar la evidencia y absolverlo. Ese cinismo no es un rasgo psicológico menor, es la máscara de un poder decadente que ya ni aparenta decencia.
Todo esto -mercurio, bombas, tasas, mentiras y cinismo- emerge de la ultraderecha, que actúa como una red global. Conecta al instituto Echavarría Olózaga, pionero del neoliberalismo en Colombia, con la cofradía de golpistas de Miami, la Fundación para el Progreso de Chile y las élites que aplauden por igual a Javier Milei, al genocida sionista y las torturas de Bukele. No es casual que Uribe reconozca la influencia de Axel Kaiser, ni que su proyecto haya sido el puente entre violencia paramilitar, flexibilización laboral, privatización de los bienes públicos, mercurio de la contaminación minera y falsa propaganda mediática del odio. Es el mismo mecanismo, de violencia paramilitar que despeja (despoja) el territorio para la inversión minera; la flexibilización laboral que transfiere ingresos a los empresarios y aumenta la desigualdad; la política monetaria que protege a los potentados; la propaganda que construye el relato que naturaliza el saqueo y banaliza la criminalidad; y el cinismo que niega lo evidente. Frente a esta máquina de devastación, no hay espacio para llamarla al equilibrio, la neutralidad analítica ni al debate político en los medios (propiedad de ultraderecha), frente a ella, a sus bombas, mentiras y cinismo corresponde ejercer más poder popular, más dignidad.
P.D. Por resistencia y memoria, desde 1886 cada primero de mayo, se realiza la más alta movilización popular global, es el día de los pueblos en unidad por un mundo libre de explotadores, por derechos, justicia social y respeto por la dignidad. ¡El primero de mayo el pueblo ejerce su poder en las calles!











