Chiflamicas, política y poder

Imagen con IA

Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

En Colombia, pocas palabras resumen tan bien la tragedia nacional como chiflamicas, que sin aparecer en grandes tratados de filosofía política, constituciones liberales o manuales del FMI explica la vida pública. Chiflamicas”, en los años sesenta (RAE) designaba a un músico mediocre, que tocaba mal, desafinaba y producía más ruido que armonía. Luego paso a una persona poco seria, sin juicio, indigna de confianza. La palabra dejó de pertenecer a la música y terminó describiendo la vida pública nacional a través del pusilánime, mediocre, débil de carácter, inconstante y falto de credibilidad.

     La ultraderecha se alzó con el premio mayor por su alto volumen de chiflamicas y candidatos therian, que, si gobernarán no podrían hacerlo como estadistas sino como opinadores, guiados por expertos de TikTok, Instagram, bodegas de falsedades y memes, asesores espirituales y discursos de marketing digital. El chiflamicas no necesita de ideas, no lee, no escucha, es egocéntrico, indolente, mediocre, solo necesita dron, slogan y mandíbula apretada para posar frente a una bandera gigantesca o con la mano en el pecho o la frente, mientras promete “seguridad”, “seguridad”, “libertad”, “orden”, “prosperidad” o cualquier otra palabra inflable producida industrialmente por consultores electorales.

     El chiflamicas moderno no administra, compra. No gobierna, actúa. Es una mezcla extraña entre maestro de ceremonias, coaching, pastor, vendedor de humo y animador de feria municipal. En otros tiempos el político debía leer a Weber, Marx, Maquiavelo, Platón, Beccaria, saber de arte y música, escribir y argumentar. Hoy le basta aprender a decir “mi gente querida” o “amo a mi pueblo”, mirando una cámara vertical. Las ideas fueron reemplazadas por coaching emocional. El chiflamicas sustituyó el debate político por frases motivacionales, gritos y arengas como fulano es mi papa o voy a destriparlos o a mearme sobre ellos, dignas de una taza de café corporativa. Y el pueblo, del que no saben quién es, pero al que se imaginan como una chusma que come sancocho, -agotado, endeudado y precarizado- escucha al chiflamicas como quien escucha a un borracho desafinado en una cantina a las tres de la mañana, es decir sabe que está sonando horrible, pero igual mueve la cabeza, se divierte.

       Los chiflamicas vacían de contenido la democracia, pero se ofrecen a defenderla, parecen hechos a la medida de un gigantesco concurso de talentos para incompetentes, en el que el premio principal consiste en administrar y repartir presupuestos multimillonarios para garantizarse gobernabilidad, que en este caso sería reciproca al nivel de corruptibilidad. Entre los rasgos del chiflamicas político se destaca que su programa de gobierno carece de ideas, pero produce escándalos. Vive de la polémica (rating) necesita pelear y estar en contra del que diga el líder, porque el silencio revela la tragedia, de que detrás del espectáculo no hay absolutamente nada. Su política debe parecerse cada vez más a un reality show con panelistas furiosos de televisión matutina, ojalá acompañarse de congresistas que hablen como comentaristas de boxeo y de funcionarios despechados de poder. La deliberación pública fue reemplazada por el griterío del chiflamicas, que aplasta con el algoritmo al argumento, sustituye el debate serio y público por el circo digital donde millones los observan insultarse mutuamente mientras el sistema financiero continúa intacto, tranquilo y feliz saqueando y contando utilidades.

      El chiflamicas jamás acepta su ignorancia, aparenta conocimiento, opina de geopolítica, inflación, guerra nuclear, filosofía medieval y cambio climático con la misma seguridad con que un borracho explica tácticas militares en una tienda de barrio. Internet democratizó la palabra, pero también industrializó la ignorancia. Nunca hubo tantos chiflamicas como expertos instantáneos producidos por tutoriales, ni tanto engaño con (“sesudos”) textos sacados de la IA, sin siquiera corregirles sus vacíos o alucinantes textos de individuos que no leen un libro desde la primaria y ahora explican la economía mundial mediante videos titulados “La verdad que no quieren que sepas”. Y así surgen de la nada como lideres los chiflamicas, que hablan de soberanía mientras negocian el país; de moral mientras roban; de justicia en impunidad; del pueblo desde clubes privados en el que el pueblo apenas es su odiosa servidumbre mal pagada y humillada.

      El chiflamicas es, ante todo, un artista de la contradicción. Porta una estética de la grandeza vacía, tiene micrófono inalámbrico, tenis y podcast para no decir nada. Produce frases sentimentales, son útiles al capitalismo depredador que necesita precisamente de esos sujetos emocionalmente excitados, pero intelectualmente enajenados, para distraer electores y mantenerlos hiperconectados y políticamente superficiales, que peleen por memes, mientras concentran obscenamente aún más la riqueza. El mejor papel del chiflamicas es entretener durante el saqueo, con el apoyo de periodistas militantes de ultraderecha convertidos en fiscales y jueces; fiscales convertidos en políticos aduciendo neutralidad y; políticos convertidos en celebridades, para que todo suene fuerte, aunque nada suene bien. El chiflamicas no es entonces una opción política seria, ni de la nación soberana, que ya aprendió la lección para pensar y construir un país en paz, con bienestar, derechos y vida digna.

P.D. Rechazo total a la amenaza de agresión y estigmatización contra las universidades públicas en especial (UPN; UD; UdeC) divulgadas esta semana, que entre líneas siguen la lógica de campañas de exterminio de los chiflamicas que llaman a “destripar” y liberar de comunismo, socialismo y rebeldía.

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