
Las metáforas son un recurso lingüístico que nos permiten de manera cercana interpretar el mundo, para aprehenderlo. La frase que titula esta columna fue señalada por la Magistrada, Julieta Lemaitre, durante la Audiencia de Reconocimiento del Bloque Caribe de las antiguas FARC-EP ante un grupo de víctimas de esta guerrilla, que participan ante la Jurisdicción Especial para la Paz. La diligencia celebrada el 21 y 24 de abril en María La Baja, Bolívar y la Paz, César, fue escenario de convergencia entre víctimas acreditadas y cinco comparecientes, designados por la Sala del Macrocaso 01 como máximos responsables de graves privaciones a la libertad y otros delitos concurrentes cometidos en esta región.
En el momento en que la Magistrada empleaba esta metáfora, invita a pensar lo que cada víctima representa en su testimonio: al nombrar los hechos, poner en palabras la extensión de los daños causados o narrar desde la emocionalidad. Es una forma poética de entender el caso emblemático: cuando una gota se hace visible, el aguacero se abre paso.
Porque con cada víctima que intervino, en sus palabras estaban los/as otros/as: sus familiares, vecinos/as, compañeros/as de cautiverio, las víctimas que los/as han acompañado en este proceso, su comunidad. Cada relato entrelaza múltiples historias que amplifican las voces de quienes en primera persona, dignifican, visibilizan, exigen o interpelan, potenciando el efecto restaurador propuesto en estos espacios. A su vez, reafirman la idea de la solidaridad como un valor inmaterial de quienes habitan esta región.
La justicia restaurativa propuesta en este modelo, posiciona un elemento poco ponderado en la justicia ordinaria: la dimensión del daño. Cada relato, hizo posible su estimación irreparable en razón a lo que configuran los crímenes de lesa humanidad cometidos.
Los actores de la guerra con sus acciones, llegaron a arrebatarles a las víctimas hasta mil vidas, “no cien, pero sí siete” como lo rememoró Ángel; en suma, el proyecto de vida que ganaderos y pequeños propietarios construyeron con tesón en torno a la cría de vacunos, ocasionando una ruina que fue económica al igual que moral por el vínculo forjado con cada animal hurtado o muerto violentamente.
También Alejandro, trajo al espacio el impacto de la estigmatización, como “esa duda que queda, esa duda que mata”; la sospecha tanto individual como colectiva, que destruye el buen nombre de personas y familias, que aísla y fragmenta comunidades y pueblos.
La grandeza ética de las víctimas
Si hay un aspecto destacable de esta Audiencia regional, es la altura ética con que las víctimas realizaron cada intervención, a partir de preguntas reflexivas y confrontadoras; del reproche moral dirigido a los comparecientes de las antiguas FARC-EP. Con palabras conciliadoras, despojadas de rabia o rencor y conmovedoras por su profundidad, las víctimas habilitaron una conversación atravesada por el reconocimiento, la asunción de responsabilidad y la dignificación de su lugar social. Se escucharon mensajes de gran valor en un país donde el conflicto armado está en plena escalada.
Hubo mensajes como el de Roberto, cuya consigna de vida es que “todos los días sale el sol”. Esa misma luz que les permite a campesinos, como Manuel, alimentar el mundo y sembrar con sus manos esta tierra fecunda, que se impone a los estragos dejados por la militarización y la presencia de actores armados en este territorio, haciendo resurgir los aguacatales o la siembra ancestral del ñame diamante, dotados de valor sentimental y de esa materialidad con la cual también se revisten las memorias de los pueblos.
No obstante, hay sentencias equivocadas cuando los comparecientes afirman que el dolor siempre acompañara a las víctimas o que no les será posible recuperarse. Si algo aprendí de estas personas del Caribe Colombiano es que a pesar del sufrimiento que causa el secuestro y los graves crímenes que lo acompañan, siempre hay tiempo para la alegría; para la juntanza y la amistad; que alrededor de la comida o la fraternidad construida al calor de un vallenato, fácilmente surge la risa y el goce, a fin de ir tramitando las penas y pérdidas que cada víctima ha llegado a experimentar. O, cómo nos enseñan las lideresas de Mampuján, tejer palabras y recuerdos ayuda a integrar, a sanar, para agradecer, porque ante todo siguen vivos/as, pues lo más bonito será estar vivos/as.











