
El púlpito del Diablo
Pero no murió de muerte natural, lo mataron; y no lo eliminaron los amantes, pues el amor era el que mataba a los enamorados. Que el amor es asesino, se sabía desde hace siglos. Ha estado siempre asociado al mal, a lo enfermizo, trágico, demencial, brujo y diabólico. Quizás por eso lo lincharon: por venganza, por sus innumerables desgracias, tragedias, ruinas y crímenes cometidos a la largo de la historia contra el homo eroticus.
El desastre divino también contribuyó mucho a ese asesinato de eros. Sin duda, el fracaso catastrófico y lamentable de la utopía de Cristo fue un golpe mortal al amor: resultó imposible el amor al prójimo, la compasión, la empatía, la ternura, la fraternidad, la solidaridad, el dar a cambio de nada, solo por amor al esplendor, goce y felicidad compartida de la vida humana, como la más elevada, bella y sublime experiencia de Humanidad.
Hace siglos y milenios, la muerte del amor ya había ocurrido en el plano individual, en la mitología y la literatura universal: la ninfa Dafne, en Las metamorfosis, de Ovidio, consideró el amor y el matrimonio como un crimen; y Marcela en Don Quijote también odia el amor, se niega a vivirlo y huye a la áspera e inhumana soledad del monte, disfrazada de cabrera o pastora.
Pero ahora es una tendencia colectiva: las mujeres jóvenes de Corea del Sur se niegan a asumirlo y vivirlo, y rechazan el amor, la pareja y el matrimonio, porque la esclavitud y enajenación del trabajo asalariado no les permite gozar y sufrir esa experiencia vital trascendente y maravillosa que nos permite dejar de ser una parcela oscura y separada y pasar a ser parte de un universo unificado y luminoso.
La muerte de dios (anunciada por Nietzsche en Así hablaba Zatatustra) fue otra catástrofe cósmica que, a su vez, desencadenó la muerte del amor, que quedó en manos del demonio, pero éste se negó a hacerse cargo de ese proceso de negatividad, abolición y disolución del yo, superación del individuo, liberación y trascendencia, y lo dejó en manos del capitalismo voraz y asesino que lo convirtió en sexo-mercancía para el comercio y el espectáculo, es decir en pornografía y prostitución.
El cuerpo femenino se volvió objeto comercial, trampa, señuelo, carnada y tentación sexual para atraer clientes, y estafar, sonsacarle el dinero y endeudar a los hombres. La publicidad sabe que el culo y las tetas de la mujer son las vitrinas que venden cualquier mercancía por innecesaria, despreciable o dañina que sea; y la utiliza como fuente inagotable de dinero y poder.
Del amor no quedó nada, solo el burdel romántico comercial, extendido a todos los ámbitos de la vida social, que es el supermercado del sexo donde se expone y vende la carne de cañón sexual y el placer egoísta del orgasmo prefabricado para satisfacer una necesidad animal, y que se paga de contado, por transferencia bancaria, tarjeta de crédito, Nequi o Daviplata. Aunque también está en oferta el sexo gratis: el de la puta que no cobra y el putañero que no paga porque dice que es novio y que la ama.
Ya masacrado y exterminado el amor, sólo nos queda el odio al prójimo, el instinto asesino y fratricida de esa bestia carnicera, sanguinaria y civilizada que nace perversa, sin necesidad de que la sociedad la corrompa, y que debería llamarse homo odium.











