Una deuda moral e histórica de gratitud con mi pueblo natal

Foto: vía internet

Por | Álvaro Augusto Vargas Rojas / @alvaroaugustovargasr   

En medio de la prisa y las situaciones propias del diario vivir, algunas veces lo único que necesitamos es parar por un momento, tomar aire profundo y sentir como los latidos del corazón nos reconectan con las raíces más profundas de nuestra existencia. Es en ese breve instante, en ese segundo detenido en el tiempo, que tenemos la oportunidad de dar las gracias a Dios por un día más de vida y volver la vista atrás para divisar el camino recorrido desde el punto de partida.

En los siguientes renglones quiero contarles, claro está, si aceptan la invitación que afectuosamente les hago para acompañarme en este viaje hacia mis orígenes, cómo transcurría la vida en un pueblo muy hermoso de este departamento en el que tuve el privilegio de nacer hace ya algunos abriles, precisamente en este mes de abril, por allá en los años ochenta, o por lo menos, mi percepción, cuando era apenas un niño.

Pues bien, el singular pueblo del cual les hablo es nada más y nada menos que el municipio de Tibaná, paraíso natural ubicado en la Provincia de Márquez que, de seguro, muchos de mis lectores conocerán, al que dedico especialmente este escrito, y reconozco que corresponde también a “una deuda moral e histórica de gratitud” con el terruño que me vio nacer, en esos días que les cuento.

Los primeros recuerdos de infancia me transportan a la casa de mi abuelita Blanca Romero, a quien cariñosamente con mis hermanos Clemencia, Germán y Otto, y mi madre Ligia (Lilí), llamábamos “mamá Blanquita”, por cierto, modestia aparte, la mejor modista que había en la región por aquel entonces, dicho por el sinnúmero de damas que continuamente la buscaban con el fin de que les elaborara sus elegantes trajes para fechas de celebraciones especiales y viajes que debían realizar a la capital por algún asunto importante de visita familiar o quizá de negocios personales.

Allí crecimos viviendo una niñez muy feliz como muchos otros niños de la localidad, fue la época de los juegos de calle, los mejores paseos de campo, el estudio en la escuela con mi recordada profesora Carmelita León, y las de mis hermanos, Nelly Sánchez de Rodríguez, Beatriz Romero y Carmelita Mancipe, entre varias carismáticas docentes.

En particular, la profe Carmelita León nos enseñaba con verdadera vocación a través de sus inolvidables rondas infantiles, ella siempre me recordó que yo leía y escribía bien; “acá entre nos”, creo que exageraba un poco por el cariño que me tenía, hoy le agradezco por haber creído en mis capacidades y busco con estas letras honrar el buen concepto en el que siempre me tuvo.

Algo inolvidable de esta querida tierra eran las celebraciones de Semana Santa y Navidad, la conmemoración del Día de la Madre en la Casa de la Cultura o en el parque principal, donde el suscrito declamó una que otra poesía costumbrista del Indio Rómulo, mientras mi hermana Clemencia cantaba alguna cumbia folclórica; igualmente, el Festival de Cometas en la loma de la plazoleta, las misas en honor a la Virgen del Carmen y de Fátima en el sector del Alto, entre muchas otras festividades verdaderamente auténticas que constituyen hasta el día de hoy la identidad y el patrimonio cultural e inmaterial de mi bello municipio.

Con mis hermanos contamos con la dicha de tener una ‘nana’, “Olivita” (Olivia Gil), a quien quisimos y nos quiso mucho (Dios la tenga en su Gloria). Con ella conocimos un sinnúmero de veredas donde era convidada por amigas que nos recibían siempre con la amabilidad característica del campesino boyacense, brindándonos un buen piquete, las mejores ciruelas y manzanas de cosecha y, en bastantes ocasiones, hasta una totuma de chicha o guarapo, a gusto del consumidor, acompañada de los inmejorables amasijos tradicionales como envueltos, arepas de maíz, colaciones o garullas.

En cierta oportunidad, por alguna circunstancia que no tengo muy presente, mi padre fue designado por el Juzgado Municipal de Tibaná como secuestre (administrador) de la Hacienda El Molino, un lugar rústico y muy acogedor que visitábamos, donde los mayordomos de la finca nos acogieron con mucha cordialidad, recorriendo en compañía de dos caninas llamadas Laica y Marsella, la extensa propiedad que contaba con mucha vegetación y fuentes hídricas cuyas aguas descendían desde sus lomas, por zanjas, hacía el rio que pasaba por la parte baja del terreno… ¡Vaya! Esos sí que fueron buenos tiempos.

Mantengo presente que también el maestro Jorge Velosa lanzaba sus trabajos discográficos con ‘Los Carrangueros de Ráquira’, sonaban en el campo por la radio éxitos como La Pirinola, La china que yo tenía, Por fin se van a casar, Julia, El Birimbao y su inconfundible himno, La cucharita, entre algunas otras.

Desde allí, corre por mis venas toda esta música campesina que, de forma empírica y, con más cariño que talento, interpreto con mi guitarra cada vez que la ocasión lo amerita. Mis amigos dicen que lo hago bien, creo que son generosos conmigo, de todas maneras, lo hago con mucho aprecio y respeto por la tradición y la cultura artística que representa nuestro amado Boyacá.

Como olvidar que, para cada 24 de diciembre todos los niños esperábamos, como es costumbre, nuestros regalos de Navidad; mis padres viajaban a la ciudad de Tunja para traerlos y, junto con mis hermanos, los esperábamos ansiosamente, porque sabíamos que llegaban en el último bus de la empresa Valle de Tenza que arribaba al pueblo sobre las siete de la noche.

No cabíamos de la dicha al verlos caminar hacia la salida del vehículo con regalos en mano, me encantaron mucho un par de aviones con luces y un helicóptero de pilas, así como unas réplicas de los carros de gaseosas Coca-Cola y Postobón, también un kit de béisbol y un clásico triciclo, juguetes que nos hicieron los niños más felices en esas navidades.

Entre el estudio, oraciones de Semana Santa, fiestas decembrinas que cada noche de Novena estaban a cargo de distintas veredas, en medio de paseos al río La Roca y al Portachuelo, tardes de buena música que se oía desde el Palacio Municipal con artistas como Juan Luis Guerra y su 4.40, Los Hermanos Rosario, el Grupo Niche, el Binomio de Oro con su voz original Rafael Orozco, el grupo Locomía y hasta Los Toreros Muertos con su hit “Yo no me llamo Javier”, crecimos con la generación de esos años, llenos de las cosas simples que realmente nos llenaban de felicidad, al punto que no importaba quienes tuvieran más o menos lujos, porque todos compartíamos y pensábamos solamente en “divertirnos a lo grande”.

Por esto y seguro mil razones que se me escapan, sea esta la oportunidad de invitar especialmente a quienes me siguen en esta lectura, para que cualquier fin de semana, junto a sus familias, se “peguen la rodadita” y conozcan el hermoso Tibaná, que celebra sus Festividades de la Virgen del Carmen en el mes de julio y el tradicional ‘Festival de la Arriería’ en el mes de octubre, donde podrán disfrutar de los mejores amasijos de maíz, manzanas y ciruelas, gastronomía típica, y hasta de una “chichita de la casa” muy exquisita que fabrican de diferentes sabores para todos los gustos, al calor de los artistas musicales que año tras año son invitados con el fin de amenizar estas celebraciones, y lo más importante, allá serán siempre bienvenidos por lo más lindo que tiene: su gente… ¡Que viva Tibaná sumercé!

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