Sospecha de fraude y fascismo que llega

Imagen creada con IA
Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

Las democracias ya no se derrumban solo con tanques de guerra o golpes de Estado. En la década pasada el fascismo (renovado), se impuso con la aplicación del Lawfare, por parlamentos escudados en la ley, que destituyeron presidentes populares. Ocurrió con Dilma Rouseff en Brasil, Fernando Lugo en Paraguay, Manuel Zelaya en Honduras y Pedro Castillo en Perú y adicionaron juicios o cárcel a sus lideres, como Lula, Correa, Kirchner y Evo. En 2026 el fascismo cambió hacia un modelo de golpe en las urnas, que no acata reglas, ética, ni valores democráticos y se alza en urnas con victorias de estrecho margen, bajo la sospecha de fraude. La herramienta ya no es la ley, si no el control de mecanismos electorales, injerencia directa de Estados Unidos y narrativas de que todo ocurre con transparencia, que bien entendida es la eliminación del otro, para imponer el rasgo totalitario de la uniformización, conducida con reglas de la ideología del capital (concentración de capital y poder).

     Ha ocurrido en Honduras, Perú y Colombia con ilegales e ilegitimas intervenciones de Trump, CIA, MOSSAD, medios masivos e inversionistas globales del tipo Musk (que acaba de llegar a un trillón de dólares de riqueza privada, mientras millones padecen hambre). La sombra del fraude pone en el poder a presidentes que con los principios de la democracia resultan antidemócratas, ilegales e inmorales, caballos de troya del fascismo que viene a consolidar el Reich de América primero, que viene por el cielo, subsuelo, riqueza total y cerebro humano para exprimir al máximo y rápido, para finalizar la tarea neoliberal de despojo y reconcentración de la riqueza. Este fascismo no viene con botas y fusil como en Argentina o Chile, si no con promesas sin solución y las mismas arengas anticomunistas y de desprecio por la gente común, los excluidos y marginados y una vez instalado el gobierno no administra la república, sino que se le destruye desde adentro e impone el totalitarismo.

      Esta ola fascista sigue la ruta fundacional de la Alemania de Hitler que en 1933 no tomó el poder por la fuerza de las armas, sino mediante una cadena de legalidades y 17.3 millones de votos en los que se apoyó para un holocausto y una guerra con sesenta millones de muertos, incluidos sus mismos electores que le habían votado, seducidos, rabiosos, inconscientes, ingenuos, resentidos o traidores que trataron a Hitler como a su salvador, que les reclamó poderes absolutos, sin control, para restaurar la grandeza de la nación e iniciar el camino, que en América latina promete fascismo con constitución.

      Antes fue el Lawfare, ahora es el software, señalados como herramientas de fraude. En Colombia el sistema electoral queda al borde del abismo. Sus cifras dieron un empate técnico (menos del 1% del total de votos) que muestra simétricamente las dos Colombias, la de la gente de bien, élites con amplia base y respaldo social en sectores populares y medios y; la otra, olvidada, diversa, extendida, que resiste y aprende a ser gobierno. Esta Colombia de los bordes, que también ha acumulado bases en sectores medios, queda con la más alta capacidad registrada hasta hoy, para ejercer su propio poder y ejecutar su agenda humana y democrática de grandes movilizaciones, desobediencia y estallidos sociales en defensa de la vida, los derechos y la supervivencia misma del planeta y en rechazo al espectro fascista más próximo de la alianza internacional (Trump, Milei, Noboa, Kast, Bukele, Keika) que alimenta el discurso de hacer lo que sea, con y sin reglas, legales o ilegales, morales o inmorales, para borrar del mapa a los otros, lo que encaja perfectamente con la matriz fascista clásica de que el adversario es el enemigo (para justificarse), un traidor a la patria (la de ellos) a ser aniquilado.

      El fascismo es la negación del pluralismo, la democracia y los derechos, reduce a sus opositores a enemigos internos, ataca a oponentes en el Congreso, tribunales, organismos de control, prensa independiente, universidades públicas, por considerar que pueden ser un obstáculo, convierte la coacción en amenaza judicial y da margen a la acción de paramilitares, reservistas organizados, empresas captadoras de mercenarios y bandas irregulares, alentadas a intimidar, silenciar y sí es necesario destruir. Este cóctel de elementos ya no es político. Es el retorno al fascismo (renovado) que llega bajo la sospecha de un fraude (que quedó metido en la conciencia de todo el país). El fraude lleva encima una ilegalidad (no investigada), que inició con 3 millones de firmas invalidadas, falsedades de campaña y un confuso reconteo final, que anulan la legitimidad y el reconocimiento.

     La sospecha de fraude electoral no es una anécdota procesal, es la materia prima de la que se alimenta el fascismo contemporáneo, que en Colombia se verá enfrentado a la entereza de un pueblo que sabrá distinguir entre la controversia legítima y la demagogia totalitaria. Porque quien gana bajo la sombra del fraude, y elige destruir al país y a su gente para asegurar su poder, no es un mandatario, si no un heraldo de la barbarie. Y la historia, tozuda y trágica, ya ha enseñado que esos heraldos siempre terminan pidiendo más poder, más sangre y más silencio. La democracia sabrá responder con más luz, más institución, más pueblo y más verdad, antes de que la oscuridad se vuelva definitiva.

P.D. No hay vergüenza, no hay cabeza abajo, hay unidad, esa otra Colombia y sus 12.7 millones de humanos unidos por la vida son inmensamente humanos y se preparan a ganar en las urnas los gobiernos locales.

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