Mi mundo en 40 calles

Imagen creada con IA
Por | Martha Patricia Moreno Moreno / Comunicadora social Periodista_ Mag. Educación superior

A Sogamoso siempre he de volver, aunque nunca me ido. La entrada a esta ciudad es un canto a lo feo, pero con furor, es el lugar donde suceden con mayor frecuencia los misterios de un mapa movedizo, en donde ni siquiera las estatuas son estables.
Es el pueblo de 40 calles, con mucho sol y 400 mil toneladas de acero al año, también posee el enigma de las cementeras, el museo arqueológico de los Silva Celi, y conjuntamente un pasado heroico de naturaleza que incluye el páramo de Siscunsí, el cerro Chacón, la pirámide, y como apóstrofe la burocracia municipal, un negocio en donde los problemas no se resuelven: se administran.

“El valle de Suamox” es el término utilizado para referirse a su peculiar geografía, una planicie horizontal en donde el trayecto de una vereda a otra, puede durar entre 20 minutos hasta dos horas, no se necesita un GPS sino una cosmogonía.

De la herencia ancestral muisca, permanece el camposanto, también el parnaso donde confluyen políticos, militares, médicos, obreros, y jóvenes que buscan deshacerse de la virginidad, los mismos que después de besar a sus novias, con paso febril corren hacia la Cra. 11 con tercera, van por allá; al lugar donde el amor alquilado muestra los desencantos con gracia.

La espiritualidad de los Sogamoseños es tan chocarrera, como lo es la puesta en escena de las 9 parroquias católicas y las 43 iglesias cristianas, es la referencia de la tradición oral que corre a diestra y siniestra, dicho por los paisanos: “Que, a los pendejos, ni mi Dios los quiere”.

Quizá no sea el lugar más recomendable para vivir; sin embargo, resulta imposible abandonarlo: por la conexión entusiasta de la gente, los letrados, científicos y deportistas internacionales, que similar a sus palmeras llevan 40 años y ni se les nota.
En esta Villa se vive por acto de fe. Es cierto: Y aunque los conteos son muy inciertos, fui la criatura 50 mil una, nacida viva en el hospital de Sogamoso, y el correlato es que los gobiernos han buscado la apariencia en lugar de resolver problemas de fondo, con decirles que hasta se puede hacer mercado en el cambio de semáforo, y/o consumir de los puestos callejeros; arepas, mazorcas, envueltos, chorizos, lechona, gelatinas y obleas. Somos panzas de acero, no nos ha pasado nada, a mí nunca, (como los perros a todo sobrevivo). Es nuestra patria, el último refugio de los valientes.

ESCRITO AL MARGEN: Como un mal chiste, quedan cinco días para el cumpleaños de Simón Bolívar y el mío, y otra vez se les va olvidar, en fin, el Libertador lleva haciéndome sombra toda la vida… que le vamos hacer, somos del mes de julio, de las ferias del sol y del acero, también del signo Leo “gatos callejeros con ínfulas de león de barrio”

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