
Cuánto logra un lema, un titular, un meme o un video.
Hace unos años vimos a un joven venezolano horrorizado hasta la angustia al ver pasar un bus que llevaba la contramarca de la empresa, ‘Bolivariano’. Tratamos de explicarle que ese “Bolivariano” no tenía relación con el socialismo del siglo XXI ni con la Revolución Bolivariana (revolución que lo envió a la cárcel y luego lo desterró de Venezuela). Se trataba, simplemente, del nombre de una compañía automotriz. No logramos convencerlo mediante la razón, el sentido común. Para ese pobre muchacho todo aquello que llevara el título ‘Bolivariano’ era síntoma de torturas, crueldad, muerte violenta.
Porque en estos tiempos un slogan, una mueca o un ademán es más poderoso que un discurso bien escrito. Y, ya preocupante, pesa más incluso que una acción altruista o un acto generoso.
Da pereza detenerse a pensar por unos momentos. Además, no hay tiempo para ese ejercicio.
El problema no es nuevo.
Hace noventa años Walter Benjamin denunció al nazismo debido a su uso de la música para enajenar multitudes alemanas. Benjamin fue quizás el primero en notar que la contienda política se realizaba más con demostraciones de fuerza y espectáculos baratos que sirviéndose de ideas.
Aquí en Colombia, entre chiste y chanza, hace ochenta años Lucas Caballero, Klim, hizo notar que el caudillo Jorge Eliécer Gaitán, “el dotor Forfeliécer”, convencía a su posibles votantes mostrándose como miembro del pueblo raso, por ejemplo jugando tejo.
Así se conquista a quienes aún no se deciden, o se hallan mal informados: mediante gruñidos, griterías o mostrando el puño cerrado que invita a pelear.
Ni el gran Benjamin ni Klim alcanzaron a imaginar lo que estamos viviendo en estas elecciones presidenciales colombianas, en cuanto a estrategias de campaña se refiere. Es mucho más alucinante y más oprobioso. Hemos llegado a un nivel tal de odio (hacia el presidente Petro y la llegada de un supuesto comunismo, o, por la otra cara de moneda, hacia el abogado tigresco y sus shows) que las huestes de uno u otro lado refuerzan sus publicidades valiéndose de artimañas fáciles, videos de Tik-Tok o imágenes que duran segundos. Si no las aplican aún, está sugiriéndolas el grueso de la opinión pública en internet. Hasta de modo irónico lo recomiendan escritores como Juan Sebastián Lozano: “En la sociedad del espectáculo, que hoy es más obscena por internet y las redes sociales, gana el espectáculo, no la reflexión profunda. A Iván Cepeda le tocó perrear en Tik Tok”.
Los publicistas saben a qué públicos se dirigen. A una muchedumbre que no tiene ganas de aceptar diferencias ni le interesa, ni le interesará, detenerse a ver qué concepción de país tiene los candidatos o qué aspiran a ejecutar en el futuro. Eso no importa porque es aburrido. Lo que prima ahora es ganar. Coronar. Al precio que sea y como sea.
Hay un agravante en este erial. Vivimos la época de los expertos en todo y a toda hora por cuenta del exceso informativo. Casi cualquier persona posee el arrojo de ir predicando quién debe ser presidente y cómo uno debe pensar. Se valen de argumentos peregrinos, rumores, suposiciones. Si acaso alguien les refuta esas argucias la respuesta es airada, brusca. Es imposible hablar con quienes están condenados a estar en lo cierto.
Los creadores de la Democracia clásica griega, de la Cosa Pública (que se discutía, se iba armando gracias al diálogo, la polémica sopesada y la concertación), hace veinticuatro siglos, deben estar revolcándose en sus tumbas.
A veces es un alivio saber que esta columna será leída por dos o tres personas. Porque no es un tuit, ni un meme ni un video de quince segundos. Va unida, asimismo, a las glosas que escribió en este periódico Julio Medrano para las cartas del Brujo Fernando González Ochoa. Y suscribe totalmente la afirmación del filósofo: “Nuestra patria ya es un cadáver”.
Ganarán, entonces, el ruido y la simpleza.
Lejos estamos de los tiempos en que Gerardo Molina perdió unas elecciones presidenciales con ínfimos votos y concluía de modo sereno, aunque firme: “Nos falta estudiar más”.
Pareciera, en medio de todo este desorden, que lo que nos falta no es estudiar sino ver cómo vamos a matarnos mejor y mutuamente.
Porque pensar en un mejor país es intrincado. Y eso da pereza.
Porque a los aspirantes al poder y a sus patotas, en el fondo, Colombia no les interesa.












Me parece que caer en las generalizaciones puede rayar con la falta de información y amplitud en las miradas. El ejemplo del venezolano, cae en lo anterior. La revolución chavista con Bolívar a la cabeza como forma de resistencia, frente al colonizaje y la opresión española en su momento, es un hito en la historia de latinoamerica. Reducir el término bolivariano a ideas destructivas y violentas tiene raíz en las derechas actuales, tan peligrosas.
Muchas gracias por su lectura. Crueldad y violencia en el término ‘Bolivariano’ las veía un muchacho venezolano que vivió en mi ciudad (como lo indica el texto).