
Quiere quedarse en su cargo, o encargo, pero le toca desocupar la oficina el próximo 7 de agosto.
Sabe que eso no tiene vuelta de hoja y dedica sus tardes, cuando está despierto, a calcular cómo permanecer en el empleo a través por ejemplo de otra persona. Alguien que se le parezca. Si le preguntaran por su reemplazo, no dudaría en elogiarlo, claro, aunque en el fuero interno está convencido de que iguales a él, al Supremo, la Historia, la Humanidad, ha parido realmente a muy pocos seres, a muy pocos elegidos: Simón Bolívar, el coronel Aureliano Buendía, o, poniéndose modesto, Julio Cesar, Alejandro Magno.
Se sumerge, de pronto, en una honda inquietud. ¿Por qué no nos hemos dado cuenta aún de su estatura, de su grandeza? Para que lo notemos es necesario atornillarse, aferrarse al puesto que ocupa.
El escritor Darío Jaramillo Agudelo dijo en ‘Historia de una pasión’ que “el poder es una concupiscencia”. Quien ha obtenido, aunque sea unos miligramos de poder, mando, dominio, siempre querrá más. Es una droga muy enganchadora, conduce a la ceguera, la ilusión, a existir fuera de la realidad.
Antes de proponer a su reemplazo ha estado pensando, desde hace años, en un mecanismo que le permita volver al importantísimo sitio tutelar. Sabe que si impulsa el cambio de la carta de navegación o los estatutos de la empresa que dirige (con la ayuda de los otros trabajadores, por supuesto; hay cosas, escasas, que él no puede hacer solo, aunque lo pareciera), podrá volver. Y mediante ese ardid conseguirá que su regreso sea visto por la generalidad no como producto de la astucia sino de las más inocentes y naturales fuerzas del raciocinio, el sentido común, el orden. “Esto es lo que debía suceder”, dirá, durante su alocución dirigida a todas las naciones del planeta. Que de todos modos no lo escucharán porque no sabrán quién les habla.
“¿Y quién mejor que yo?”, se pregunta desde este mismo instante, recostado sobre su diván de mármol, abanicado por lacayos de diversa índole, quienes también le alcanzan el teléfono móvil: improvisa ahí sus proclamas y enseñanzas.
También le sirven sus tazas de café para, sorbo a sorbo, parsimonioso (antes de caer dormido nuevamente), repasar sus virtudes: entre los adalides de la paz, único; entre los luchadores sociales y los guerreros, excepcional. Además de filósofo con ideas originalísimas, pedagogo, líder incuestionable, símbolo sexual, aristócrata italiano extraviado en el Caribe de Zipaquirá; pero eso sí, conservando su estampa humilde, el hombre hecho a pulso, de extracción popular, que le habla al oído a ciudadanas y ciudadanos de a pie.
Hay algo que él no sabe. No tiene por qué saberlo pues anda ocupado en cuestiones más útiles como la coordinación de su propia estatua, de su propia inmortalidad.
Hace doscientos años el poeta Percy Shelley escribió un soneto titulado ‘Ozymandias’, en el cual cita la figura del faraón Ramsés el Grande, el “rey de reyes” egipcio, y los pedazos sobrantes de cierta descomunal estatua que en la antigüedad le construyeron.
A un viajero vi, de tierras remotas.
Me dijo: hay dos piernas en el desierto,
de piedra y sin tronco. A su lado cierto
rostro en la arena yace: la faz rota,
sus labios, su frío gesto tirano.
Nos dicen que el escultor ha podido
salvar la pasión, que ha sobrevivido
al que pudo tallarlo con su mano.
Algo ha sido escrito en el pedestal:
«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
mi obra, poderosos! ¡Desesperad!».
La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
sólo queda la arena solitaria.
(Traducción de Fernando Toledo).
Algunas personas recordarán este soneto porque es citado al concluir ‘Breaking Bad’, una inolvidable serie de televisión.
Dos enormes piernas hundidas. Un rostro sepultado entre la arena. Esto es, a veces, lo único que queda de los poderosos, de los gerentes que sueñan con sus propias obras y con la supuesta desesperación que van a despertar en otros poderosos.
Es inútil recordarle semejantes sutilezas a ese señor que quiere seguir siendo el Supremo, el Más, si es posible por lo que le reste de vida.
“Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”, escribió y cantó, famosamente, Facundo Cabral.











