Tres estaciones para llegar al mar


Una lista de recomendaciones para esta FilBo 2026 sería excesiva. Se publica tanto y desde tantos flancos que es imposible prescribir tres o cinco títulos sin ser injusto con los otros cientos de novedades sobre estanterías.

Hoy, además, las reseñas bibliográficas funcionan mejor si se presentan en forma de párrafo cortísimo acompañando una fotografía o un video con decorados y elegancias que ofrezcan la idea de leer como una actividad sofisticadísima. Este tipo de fotografías se toman para    que las vea gente que no está acostumbrada a leer. Y que piensan a la lectura como una suerte de pose coqueta, presuntuosa, eficaz modo de obtener vistas y admiración gratuita.

A pesar de estos escollos, no puede uno dejar que pase desapercibido el regreso de Jenny Bernal, una de las poetas más importantes que tiene este país.

Jenny Bernal es bogotana y ha trabajado durante varios años en el exigente campo de la mediación y el fomento de la lectura. No es familiar su nombre para los usuarios de internet debido, sobre todo, a que las y los poetas no gozan de brillos mediáticos ni farandulescos. Ni los buscan. De hecho, resulta sospechoso si una o un poeta pretende la celebridad que dan redes sociales o fastuosos eventos públicos.

El primer libro de Jenny Bernal se titula ‘Llevar el aire’. Fue publicado hace ocho años por una pequeña editorial, Gamar Editores. Este año aparece su segundo libro, ‘Tres estaciones para llegar al mar’. Lo publica Isla de Libros, un proyecto de edición gestado por el librero Álvaro Castillo Granada y que funciona como editorial independiente hace más de diez años.  No sobra agregar que la poeta ofrenda y entrega sus trabajos de creación con largas pausas. Una actitud de respeto y paciente elaboración para los versos. Que, en el caso especial de Jenny Bernal, a veces le toma años enteros.

El libro está dividido en tres partes, las tres estaciones mencionadas en el título: ‘Cordillera’, ‘Río’, ‘Orilla’.

El mar aparece desde el primer poema. Es una presencia incuestionable, que incluso puede prescindir perfectamente de la literalidad. Es decir: el mar no necesita que se le mencione pues está presente, se afirma, casi en cada poema.

Esta temática no es un motivo nuevo en la poesía de Jenny Bernal. Desde el primer libro había una constancia, una serie de certezas marítimas que se veían, que la poeta veía, y que se manifestaban dentro de entornos citadinos o en instancias aparentemente contrarias a las del mar.

A ‘Tres estaciones’ ha regresado el mar como promesa de viaje, como punto de llegada que se nos anuncia desde el agua del primer poema. La laguna y sobre todo el agua que “está en todo”,

 

en el lecho de los patos

en el pico de las gaviotas

en las escamas coloridas de las truchas […]

La laguna escribe sobre todas las cosas

las moja

y ellas hablan. 

 

Se promete la llegada al mar (que hallaremos en el último poema del libro, cuando ya hayamos cruzado la orilla, la tercera estación) pero, al mismo tiempo, el mar ya está aquí entre nosotros, desde el inicio del recorrido. Porque el libro se plantea también como una especie de reposado periplo. El mar, por mencionar otros ejemplos, es un espíritu entre los libros, un pálpito:

 

Los espíritus

       cuidan

       cada libro

        en los anaqueles del sueño.

 

O es un duende junto a un muelle:

 

Un duende revolotea inquieto entre el humo.

Dos juegan en el filo de su noche. […]

En la cabaña junto al muelle.

 

Uno de los recursos lúcidos del libro es no apostar a la sorpresa de la viajera ni del viajero. Sabemos a dónde vamos a arribar. Y esto nos lo anuncia la poeta con claridad, como preparándonos para el encuentro con el mar. Sin embargo, la poeta no permite que pasemos de largo, sin mirada atenta, a lo que vamos viendo por el camino o dentro o en frente de los lugares donde nos toca detenernos, sea ante un marco natural o ante los habitantes de un poblado. Por eso sería impreciso hablar del corpus completo del libro en términos de un solo viaje.

La idea de viaje se torna vívida en cada poema. Y no es la suma de estos cincuenta y cinco textos la que nos brinda una constancia de viaje total. Existen poemas que invitarían al lector a quedarse, a no avanzar ya por un buen tiempo, o que, incluso, le permiten avizorar vuelos o viajes a sitios muy lejanos de donde esta potente palabra se afinca.

En ‘Arazá hay un fuerte esplendor vital. Una intención de detenerse porque lo experimentado allí anuncia eternidad.

 

En el patio de una casa humilde

         en el centro del árbol

         el único fruto maduro.

         El exterior está cubierto por una capa

         amarilla, frágil,

         en el interior el latido del sol

         del río Guayas y la quebrada de las Damas,

         la historia de los libros

         y una pulpa fresca

         que no se pudre

         que ignora a los guardianes de acero

         -la injuria tallada en el aire-

         y borra con su sabor agridulce

         el miedo.

 

El sabor de la arazá detiene al tiempo. Fija el espacio. Este paisaje de Puerto Rico (Caquetá) deja de ser un punto geográfico y se transforma, con su latido del sol, en una estampa de la infancia de cualquiera que lo lea, que ingrese en esa realidad de plenitud.

Sin olvidar, por supuesto, dónde se está experimentando todo esto, y que va muy ligado al agridulce regusto de la fruta: una región de violencias y de miedo aplacada por el sutil e intenso éxtasis de ese momento eterno junto al río Guayas y la quebrada de las Damas.

Sólo un ejemplo entre los incontables que posee ‘Tres estaciones para llegar al mar’.

Paul Valéry afirma en uno de sus ensayos que la persona dedicada a la escritura de poesía le permite a uno como lector no sólo ver sino asimilar un ritmo, una música. Ese sentido propiciador de una manera de ir por este mundo, y por otros, lo poseen los poemas de Jenny Bernal. Las montañas nos dan indicios de lo que veremos en la selva y cuando ya nos hemos aposentado en los entornos amazónicos, el destino que nos espera, el mar, es preparado para nosotros por los poemas más breves del volumen. Quienes requieren de su lector, como se sabe, una lectura más lenta. Cuando el mar se ve desde una ventana, en el penúltimo poema, comprobamos que había viajado, había estado dentro de nosotros durante toda la travesía.

Por sus imágenes contundentes, su entonación de aguerrido murmullo, sus temáticas que no se olvidan, Jenny Bernal llega con este libro a un ciclo de lucidez y firmeza.

Se escribe muy poca poesía de esta altura en Colombia.

Justo en un país donde una de cada dos personas se considera a sí misma, con toda inocencia e ingenuidad, como escritora, como poeta.

 

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