Una despedida económica


Por | Darío Rodríguez / Escritor

Duitama – la ciudad donde vivo – es una gran cacharrería, un Todo a Mil gigantesco habitado, según el DANE, por casi ciento treinta mil personas. Supimos hace poco, gracias a la antropóloga Laura Melo, que estas conductas mercantiles, para las cuales todo es susceptible de comprarse o de venderse, tienen una raíz hispánica. No son caprichosas. A finales del siglo XVII, en las tierras de Duytama (así, con Y, era el nombre original), la Corona española ordenó que los nativos conformaran un obraje para fabricar tejidos y comerciar con otras provincias. Antes que poblado Duitama fue, entonces, almacén.

Leyendo ‘El libro de los pasajes’, escrito por Walter Benjamin, nos enteramos de cómo una ciudad termina por engendrar a personajes que le sean muy propios. Así como París tenía ingenieros y arquitectos que la forjaron de acuerdo a estilos del fin de siglo XIX, Duitama ha creado a sus hijos de acuerdo a su propia estampa. Elegantes y amplios locales son ocupados por ventas de chucherías, de telefonía móvil, zapatos, ropa, asaderos. Para todos los gustos y colores.

Resulta impropio hablar de una tradición intelectual, espiritual o filosófica que haya surgido en sanandresitos. O no se sabe. Habría que investigar con más cuidado. Sócrates, en el libro de Jenofonte, acudía diariamente al mercado. Ahí debe residir una pista.

Se dice esto para contar que Duitama tuvo una librería hasta diciembre de 2025. Librería adherida a la más pura esencia de lo que es esta ciudad: se llamaba La Económica y allí se vendían, desde luego, libros escolares, técnicos, obras literarias compradas hace cincuenta años y leídas sólo por el polvo o los gorgojos, enciclopedias y éxitos de superación personal, motivación molecular y demás fórmulas de la felicidad.

La fundó y la sostuvo un singular individuo, Reynaldo Olivares, desde 1986. Don Reynaldo, o don Rey – como solíamos decirle sus clientes – convirtió su modesto local en una gran venta de bodega.

Archivo particular

A principios de este 2026, La Económica cerró sus puertas para siempre. Don Reynaldo falleció tras una breve enfermedad.

Era un librero extraño. El único para quien leer resultaba inútil. Él mismo – lo escuchamos de su boca muchas veces – se preciaba de haber leído poco o casi nada. O nada. Valoraba los libros que vendía de acuerdo a su estructura física, a la calidad del papel, por ejemplo. Acostumbraba a entregar ediciones antiguas por precios minúsculos pues sabía que nadie en Duitama se iba a gastar más de diez mil pesos en un libro. Esta última apreciación también era de don Reynaldo.

Fui su cliente desde 1989. Desde que empecé a leer con disciplina. Alcanzamos a sostener una confianza inusitada para lo que es un vínculo convencional lector – librero: me concedía créditos, me rebajaba precios hasta límites risibles o asombrosos (‘Los nueve libros de la Historia’, de Heródoto, publicados por Grolier y Jackson, que quién sabe cómo diantres aterrizaron en Duitama, me costaron cien pesos de 1993; una ganga). Llegaba incluso a conseguir libros recién publicados que salían defectuosos o los desechaban como saldos en las editoriales. ‘El jinete polaco’, de Antonio Muñoz Molina, vino a Duitama, obtenido por don Rey, con su lomo achatado.

Tenía otras virtudes, rayanas ya en lo prodigioso: vendía a buen precio libros fotocopiados, o añejas versiones de textos escolares que pasaban perfectamente por siete u ocho manos.

Para la asignatura de Géneros Literarios en la Universidad Central, el profesor Lorenzo Camacho nos pidió un testimonio escrito acerca de algún evento o eventualidad que guardara relación con el mundo editorial o del libro. Hubiera sido fácil reseñar algún a presentación de la FILBO, alguna lectura de poetas.

Pero vivo en este gran toldo de mercaderes llamado Duitama, donde también se le tiene al público en general un gran surtido de autobuses y tracto camiones, y no podía evitar una mención de La Económica ni de Don Reynaldo Olivares. Por cuatro décadas, acudir a su local alargado era hallar sorpresas, que para un lector avezado no lo son tanto: la novela que había sido premiada por Alfaguara en 2009 o 2006, y que costaba una fortuna en ese tiempo, para 2024, 2025 don Rey se la entregaba a uno por un precio irrisorio. “Está un poquito maltratado el libro”, decía don Rey, o “es cuestión de esperar y el precio va bajando”.

La familia de don Reynaldo organizó una venta final durante diciembre pasado. Una “realización”, un remate.  Lo que el poeta Arturo Camacho Ramírez  subrayó como el más atinado hallazgo ontológico colombiano al ver un cartel en una vitrina: “Remate total de la existencia”. La librería fue clausurada en enero. Una fuente cercana reveló que la existencia no rematada (los libros que no lograron compradores) fue vendida, por peso, en Bogotá. Toda existencia no rematada redunda en valer lo que pesa.

Tras las honras fúnebres de don Reynaldo, el local fue pintado y arreglado. Menos de cinco días costaron esas labores. Ahí lo tienen los nuevos dueños, todavía, a punto de ser arrendado para alguna óptica o algún almacén de zapatos, algún lavaseco.

Nadie en Duitama echa de manos ni lamenta la desaparición de la librería. No es un tema prioritario. Nunca lo fue en este centro comercial con barrios.

Le pregunté a la viuda de don Reynaldo por el destino de La Económica, o si, acaso, continuaría con la venta de libros.

-Yo no tengo genio para seguir con eso – dijo -. El de esas era Rey. Yo no.

Los caminos de la formación, y de la historia literaria y lectora de cualquier persona, son siempre muy raros. Por sinuosos. Por chocarreros. A los duitamenses, a los que quisimos, nos correspondió don Reynaldo, con su amabilidad generosa y su desprendimiento.

“Los libros realmente no tienen dueños”, dijo hace años un librero que sí lee, Álvaro Castillo Granada.

En últimas le queda a uno la experiencia leída, como la denominó el citado y amado Walter Benjamin. Los libros que uno ha leído, comprados alguna vez a doña Gabriela Lara en la librería Galara de Tunja, a don Álvaro Calixto en la Librería y Cigarrería de La Once de Sogamoso o a don Reynaldo Olivares en La Económica de Duitama.

Los libros que están en uno mismo.

Que son uno mismo.

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