
Más o menos ya se intuye quién será el vencedor en las próximas elecciones presidenciales.
No Abelardo de la Espriella, quien parece tan preocupado por la patria, sin que sepamos hasta ahora de qué está hablando realmente. El poeta Aurelio Arturo, un millón de veces más lúcido que el candidato tigresco, habló de “los países de Colombia” pues sabía que nuestro territorio no es uno solo. Pero no se le puede pedir mucha sensibilidad poética ni lectora a un personaje como de la Espriella. No va a ser él quien venza. Así llegue a la presidencia acompañado de sus bramidos y sus llamaradas propias del merengue dominicano (con el perdón del merengue, que no tiene la culpa).
No va a vencer Iván Cepeda, con todo y que ha puesto de su parte una gran energía durante días recientes para convertirse en estrella de internet. Hay que verlo. A él y a sus asesores. Reman. Nadan con enormes brazadas en videos de Tik-Tok, patean pelotas, se codean con las seguidoras del pop coreano, las sonrisas les salen, por supuesto, pero como trepando lomas empinadas. Simpatizantes de su partido político se afanan pues deben convencer a los indecisos, a los que el día de las elecciones no saldrán a votar, también a quienes jamás en sus vidas han votado, de que Cepeda es la vida y el otro es la muerte. No vencerá. Aunque sea elegido y se posesione el siete de agosto en sobria ceremonia, entre largos discursos y loas al actual presidente.
No importa quién gane porque el vencedor no será ni Cepeda ni de la Espriella. El auténtico vencedor se llama Estados Unidos, United States (“United States of Amnesia”, según Gore Vidal), US, EE.UU., o como mejor queramos denominarlos sus víctimas. En ese bulto o en esa tula de las víctimas cabemos, sin excepción, los “firmes por la patria” o los “firmes por el cambio” o los indiferentes; todos aquellos que no poseemos curul en el Congreso gringo ni, muchísimo menos, ocupamos cargos vecinos del Salón Oval, ni colaboramos adulando a Donald Trump, esa versión estadounidense del “loco con un palo”, como bien dice el cineasta Javier Mejía.
Los Estados Unidos ganarán estas elecciones porque en el fondo les interesa nada el presidente. No es su objetivo.
La tienen fácil con de la Espriella: si no es todavía un cipayo completo ya da muestras, por lo menos, de ser un mini cipayo. Irá superándose con el correr del tiempo. La tienen un poquito más complicada con Cepeda. Pero poquito. No hay que ilusionarse.
EE.UU., con el dedo meñique, puede llamar al orden a cualquiera. Como dueños del aviso, perfectamente consiguen ahogar a naciones enteras mediante bloqueos económicos. Si prefieren medidas más drásticas, bombardean o entran a matar. Sus métodos son muy conocidos, van desde sentar a manteles a quienes les ladran bajito, como el presidente Petro (quien salió de la Casa Blanca con libro autografiado por el gobernante orate y le han dado la posibilidad de coordinar mesas de la ONU), hasta destruir sin prisa pero sin pausa a países del Medio Oriente, que son, para este caso, quienes les ladran duro.
Trump y Bernie Moreno a la cabeza van con toda por nuestros recursos. Buscarán la forma amable o no de taimar a Cepeda o a de la Espriella con el fin de beneficiarse y de saquear. Porque esa es la personalidad de ese país. Y su única ambición, crecer devastando.
El centro de su cacería, se sabe, no es Colombia ni nuestros sueños por un país equitativo. El centro es la reserva petrolera más grande del planeta que se halla aquí nomás, a la vuelta de la esquina, en Venezuela. Ya controlan una buena parte del pastel con la señora Delcy Rodríguez, quien cuida la finca en ausencia de los patronos. Pero necesitan entrar de manera expedita, y procurando que parezca accidental. Y ese es el papel de Colombia, servirles de pasillo o de entrada a Venezuela por el zarzo o por el patio contiguo. Y con relajación, porque los estadounidenses saben que aquí nadie les armará peleas.
Citamos a Arturo. Citemos ahora al gran Rubén Darío que, brillante, desde el año 1905, sigue tratando de abrirnos los ojos:
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua
que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo
y aún habla en Español…
Es muy poco lo que podemos hacer para resistir a esa Bestia.
El problema no es si se usa la camiseta de la selección colombiana de fútbol con el propósito de salir a gritar sandeces delante de unas pantallas. El problema no es si el comunismo (que no existe) nos va a devorar.
El verdadero problema ya ganó las elecciones. Hace rato. Y parece que no nos hemos dado cuenta.











