
En X (antes Twitter): @GChalito
Dios Santo, Dios mío, perdónanos Señor… protégenos ‘Papito lindo’… ¿Qué hago? ¿Bajo o ya me quedo quieto? ¿Me pongo algo? Dios, Dios, Diooosss… fueron segundos interminables, y esta vez de verdad pensé que todo terminaría. Lamentablemente para muchas personas resultó así. Que El Todopoderoso les tenga en su Gloria a las víctimas fatales de la terrible mañana del lunes 10 de agosto.
Que así mismo abrigue y dé fortaleza para continuar a quienes quedaron en la calle. A quienes perdieron a sus seres queridos, amigos, familiares… ¿Y todavía no aprendemos? Para mi entender resulta increíble ver tanta crueldad e incomprensión junta. Nuestro país atraviesa una tragedia, está de duelo, y seguimos en los mismos errores. Lo digo desde varios puntos de vista.
Comienzo por los míos. Me refiero a mis errores. Perdí tiempo (o no sé, casi nadie se pone de acuerdo con ello) para bajar… “Si se mueve, ya no te muevas”, dice en algunas recomendaciones. Conserve la calma… jum.
El corazón no dejaba de palpitarme a cien por hora, bajé en “piloto automático” con un temblor adicional en mis piernas que no podía controlar. Pueden decir lo que quieran, a mí me neutraliza por completo. Sinceramente no alcanzo a imaginar cómo logre llegar a la entrada del conjunto donde vivimos. Estaba solo, pero veía a mi otro yo apresurarse por su vida.
Ese punto estaba lleno de vecinos y me sentí completamente solo. Quería saber de mis amores, de mi familia, que lo es todo para mí. Solo quería correr y abrazarlos, saber que estuvieran bien. Esta es la hora que no he podido llamar a varios. Si me leen, quiero que sepan que en esos momentos de angustia los pude ver. Que los tengo presentes y que oramos por todos. Se me pasó el mundo por delante en un abrir y cerrar de ojos.
Me sentí así, porque se me hacía un hueco en mi corazón. Una amiga y colega vecina me saludó. Otro vecino también. En este instante no atino a saber si de mi boca pude responder. Ya lo había dicho en publicaciones anteriores (ese marzo durísimo del 2023 y junio de 2025): le temo mucho a los temblores, además les tengo demasiado respeto. Y esta vez lo estamos lamentando. Duele Colombia, duele el país. Y lo que más duele, es la impotencia que te acompaña luego de este tipo de eventos de la naturaleza. Nos recuerda lo frágiles que somos. Porque somos muy poco. Casi nada. Aún así nos atrevemos a desafiar todo lo que sucede a nuestro alrededor.
Un amigo suele decir en chiste (con todo lo que viene pasando desde hace años) que “viene el señor del tenedor”. A mí me parece más que obvio otra cosa. Quienes discrepan de la religión argumentan que nada tiene que ver. Pienso que sí es “física” realidad.
Digo en líneas atrás que, “si me pongo algo”, porque el sismo de 7.4 de magnitud me agarró como Diosito me trajo al mundo (de paso me recordó que el día que deba irme, me voy sin nada). En un principio, perdónenme, no quiero ser supersticioso, solo que me han pasado vainas raras últimamente, me imaginé que querían asustarme, pues la puerta del baño toteó como si alguien le hubiera dado un golpe secó con sus manos. ¿Quién está ahí? Pregunté casi con un grito que ahogaba mi desconcierto. Acto seguido abrí de “tacazo” y no había nadie, mientras escuché el agua de la letrina moverse. Volteé a mirar hacia la habitación y me percaté de lo que pasaba. Y no paraba, Señor Jesucristo, no paraba.
Ese otro yo se encargó de tomar mi pijama (era como lo más fácil de ponerme), un ‘yeti’ (o una especie de ruana larguita tipo buso) que me regaló mi novia por estos días y… se devolvió por las gafas… cogió una gorra en la sala… se devolvió además por la bendita billetera al estudio (ahí está mi identificación) … cogió las llaves… y, ¡Ay Dios! Apagó la estufa en la que tenía puesto un tinto con llama súper bajita y cerró el registro del gas (fuera de todo pude ocasionar algo más) … y casi que se tiró por las escaleras… al llegar al punto de encuentro sugerido para evacuar nuestras viviendas se encontró con rostros de incredulidad, de temor, de incomprensión.
Mi otro yo me ayudó a salir. De lo contrario estaría allí, inmóvil, frente al espejo, con un cepillo de dientes en la mano. Porque a algunas personas nos pasa así ante el peligro. En serio traten de no juzgar. Aunque está más que visto que eso es prácticamente imposible en esta época.
¿En serio? La tierra a punto de borrarnos y nada que aprendemos. Si mi otro yo y quien les habla en estos párrafos vivimos así estos momentos, aquí en Boyacá, donde gracias al cielo no se registraron casos que lamentar, por todos los Santos, medio dimensionemos por lo que están pasando quienes lo han perdido todo. ¿No hay dolor que valga? ¿Somos tan inhumanos? Pues no me alcanza la cabeza para entender a quienes se aprovechan de lo sucedido, a quienes se burlan, a quienes destilan odio por sus venas. Así mismo, a quienes pretenden ser los razonables, los acertados. A la solidaridad disfrazada. Ya no sé qué es peor. Yo solo les cuento y trato de analizar, de reflexionar. De cuestionarme.
Sin embargo, sigo viendo lo mismo en muchas partes. Sobre todo, muy cerca de mis narices. Y siento más impotencia de ver mis brazos atados. Hago mi mayor esfuerzo por ponerme en los zapatos del uno y del otro. De tratar de ver más allá. De decir, o de pensar, o de dar el beneficio de la duda a quienes piensan y actúan diferente. En varios casos no lo comprendo. Se los juro, no lo entiendo.
Solo sé que pasamos un día muy triste y que solo nuestro Creador sabe qué pasará. No estamos listos. No estamos preparados tampoco para una emergencia de grandes proporciones. Dios nos libre de todo mal y peligro. Por ahora, ya nos cobijó a quienes seguimos respirando. Oremos juntos, nada sabemos.













