La abuela Chava

Imagen creada con IA
Por | Martha Patricia Moreno Moreno / Comunicadora social Periodista_ Mag. Educación superior

Voy a contar una historia chiquita, así como era mi abuela, de ojitos azules maliciosos, que también tenía muy cortas las piernas, necesitaba un taburete para apoyarlas. Se fue en algún amanecer del siglo pasado, se durmió articulando la única frase que le emocionó en su vida: ¡Que viva el Partido Liberal! En un pueblo rodeado de godos.

La abuela Chava fue una viuda desplazada con ocho hijos a cuestas, sin embargo, vivió a su manera, y tenía por costumbre desayunar con un par de aguardientes, madrugaba a comulgar en la catedral San Martin de Tours, y de regreso a su casa a media mañana, continuaba su jornada etílica entre pola, pucho y novela radial, (Kalimán, el hombre increíble).

Cuando murió su hijo, (Oscar Moreno) que era mi padre, aprendió el oficio de llorar hacia adentro, asumió con dignidad el ejemplar papel de la resignación y se vistió de luto hasta los 98 años. Ni una vez, ni siquiera en sus mejores días, la vi sonreír. Al parecer, no le importaba nadie más que sus muertos.

Nada más entrar en su alcoba, y la abuela estiraba la mano e indicaba el sofá y decía: “Siéntese ahí, y nada de abrazos” A pesar de ser una devota de misa diaria, se olvidó por completo de los vivos, y nunca nos obsequió una caricia en los días de invierno, como hubiera sucedido en este mes de agosto vestido de frio.

No sé cuántos lectores me habrán seguido hasta estas alturas del texto, pero si aún sigue, le cuento que la relación con la abuela lo define la genetista Mary-Claire King, que trabaja sobre la identificación de perfiles genéticos, y afirma que a veces no se encuentran en los padres, pero si en las abuelas, como las que debí heredar de la mía: El fuego en la lengua, la chispa en la tripa y la brujería en las puntas de los dedos.

El día de la abuela me concede licencia para escribir una columna que ya creía que no iba a poder firmar jamás; porque confieso públicamente que llegar a cierta edad, cuando se nos apolillan los huesos, alcanzar la edad en que todo nos chirrea ¡Con no asustar tiene una! Ahora el gran desafió es mantenerse viva, y yo no tengo la menor intención de morirme todavía.

ESCRITO AL MARGEN: Cuando uno de los dos muera, habrá cosas que el otro ya no podrá decirle a nadie: dijo Castillo. Contar por ejemplo que la vecina vive agarrada de las greñas con todo el vecindario, lo cual a mí no me conviene nombrarla para nada; no nací para la amargura y mientras puede hacerle el quite, la esquivo.

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