
El púlpito del Diablo
Los terratenientes o hacendados son herederos de una estirpe de criminales que empieza con los conquistadores y continúa con los colonizadores dueños de mitas y encomiendas, que despojaron a los indígenas de sus tierras, de sus riquezas, de su cultura, su identidad y su vida; a las mujeres las violaron y las convirtieron en putas regaladas de los “señores”; y a los hombres los utilizaron de muertos y esclavos. El genocidio, arrasamiento y destrucción humana y cultural de la conquista española en América fue peor que el cometido por Gengis Kan en el imperio mongol.
En la novela Los ríos profundos, de José María Arguedas Altamirano, se encuentran muchos rasgos del perfil de esos criminales llamados “hacendados”. Eran dueños de la tierra que les habían robado a los indios, eran propietarios del cuerpo, del alma y del trabajo de los nativos, a quienes habían esclavizado. Los amarraban a un árbol y los azotaban para imponerles la sumisión y la obediencia a través del dolor, la sangre y el horror. Esa tortura era rutinaria, para enseñarles que la maldición del sufrimiento era connatural a su carácter de indios y que su destino era ser esclavos.
Estos monstruos civilizados, con las armas, gendarmes, soldados, leyes e Iglesia a su servicio, cometían el poder absoluto, violento, despiadado contra sus inocentes e indefensas víctimas. Las “reglas” brutales de la hacienda eran: trabajo enajenado, obediencia, silencio y devoción. Y tenían fosas comunes para enterrar a los indios que mataban, o que morían por las enfermedades y la peste que les habían traído de regalo de España.
Para los dueños del mundo, los indios eran animales que carecían de todos los Derechos; los habían convertido en extranjeros en su propia tierra; y los morían sin dignidad, identidad, historia, sueños ni esperanzas. Les impusieron un destino maldito de degradación, humillación, miseria, ruina y perdición; anonadados para siempre; condenados a la ignominia y a desaparecer de la madre tierra.
Lo único que podían salvar era el alma (les habían inculcado esa mentira), y para someterlos a ese exterminio divino estaban los curas, Hermanos, padres y santos de la santa puta madre Iglesia. Los hacendados eran devotos y tenían capilla en sus mansiones para infligirles la misa, como refuerzo de la dominación, a los indios. Sobra decir que ejercían la exclusión, discriminación, segregación, racismo y explotación violenta y sin misericordia de los indígenas. La Paloma Valencia, candidata a la presidencia de Colombia por la ultraderecha, es descendiente y heredera de esa ralea de criminales (terratenientes del Cauca). Pero no faltarán los necios, analfabetas, imbéciles, alienados y suicidas que veneran a sus verdugos, y que irán a votar por esa hacendada.











