
En la política, así algunos prefieran maquillarla con otros nombres, los resultados no surgen por arte de magia ni por el ímpetu individual de unos pocos.
Lo que ha sucedido con causas como Defensores de la Patria en Boyacá y en distintas regiones del país, no es el logro de nombres aislados; ha sido el resultado de un trabajo mancomunado, silencioso y abnegado de muchas personas que pusieron la cara, el tiempo y el esfuerzo cuando las condiciones no eran fáciles.
Por eso, resulta profundamente preocupante y polémico ver cómo hoy, en la cosecha de frutos, se abanderan liderazgos que jamás aportaron en la construcción de este proceso. No se trata de envidia ni de buscar reconocimientos individuales; se trata de dignidad, justicia y coherencia política.
Un liderazgo real no desplaza, no desconoce, ni invisibiliza a quienes le dieron vida al proyecto. Quienes asumen posiciones sin tener en cuenta a las bases, o promueven tratos displicentes hacia quienes han estado en la lucha diaria, no están construyendo partido, ni sociedad, ni país.
Al contrario: están sembrando división y desconfianza dentro de la misma casa. Si de cara a los futuros procesos políticos aspiramos a sostener proyectos sólidos, la lección debe ser clara: un partido o movimiento no sobrevive si se dedica a ignorar su propia raíz.
Para garantizar el futuro, el respeto y la inclusión de cada una de las personas que han trabajado en el territorio no es una opción; es un requisito ético e indispensable.
Sin bases verdaderamente escuchadas y tenidas en cuenta, sencillamente no hay proyecto viable a largo plazo.











