Breves relatos de sogamoseñidad 3: “Nos quedamos del paseo”

Imagen creada con IA
Por | Álvaro Augusto Vargas Rojas / @alvaroaugustovargasr

A finales del año 1993 se programó con el docente del área de sociales, Pedro Rincón, una salida al Parque Jaime Duque y al Salto de Tequendama. Por practicidad, decidimos quedarnos en la casa donde vivía don Américo, ya que el bus salía tipo cuatro de la mañana del Parque de la Villa. Adivinen, ¡nos quedamos! Deje así.

Solo que, primero quiero recordar que fue en ese año precisamente cuando enhorabuena, por circunstancias de Dios y la vida, tuve el privilegio de conocer la querida familia de don Américo Gonzalo Bohórquez Martínez y la grandiosa casa en la que habitaba el reconocido profesor, una morada llena de vivencias, historia, cultura, lazos fraternos, y, sobre todo, del amor incondicional con el que su noble esposa, la señora Leonor Santamaría, brindaba especiales cuidados a sus hijos y nietos.

Esta foto parece ser de los años 70, es la casa que menciono, donde vivió don Américo Bohórquez, y fue publicada en el grupo de Facebook Sogamoso Histórico.

Este momento lo traigo a la memoria con otra de las extraordinarias canciones que nuestro cantautor de la ‘Ciudad del Sol’, Juan Carlos “Tushö” Medina, escribió inspirado en su padre, el también ilustre maestro, don Joseto Medina, llamada ‘Este Hombre’, que, como dice el dicho, también cae “como anillo al dedo” para nuestros padres y ancestros, en esta oportunidad para el profesor a quien les menciono:

“Más que la risa y que la libertad, le gustaba a este hombre sentarse a esperar, en la esquina del tiempo donde conoció, la vida; sobre un piano una orquídea, una bella canción; sobre la cama sangre de la última flor; sobre el pecho una herida hecha por un sol dormido. Quería conocer la dulce sensación que habita en el país del sueño, donde la libertad y las ganas de amar son las alas de los pequeños. Quería ir a dejar su llanto frente a un mar tranquilo como un día sin cielo. Quería ir a llorar por la tarde donde la vida se le dio sin tiempo, donde solía ir su libertad…”… (Disponible en YouTube)

Bueno, para contarles como llegué aquí, tengo que devolverme todavía unos meses atrás. Les había relatado que terminé el grado sexto en el Colegio Integrado, y entonces mi padre había conocido en alguna reunión al también profesor e historiador de la tierrita, Jaime Vargas Izquierdo, con quien congeniaron inmediatamente por sus espontáneas y particulares formas de ser.

Él ocupaba en ese tiempo el cargo de rector del “glorioso” Colegio Nacional de Sugamuxi, y, amablemente, aceptó la solicitud de brindarme allí un cupo estudiantil, el cual se extendería posteriormente a cada uno de mis hermanos en la medida en que fuimos ingresando, año por año, hasta estudiar todos en este plantel.

La transición al Colegio Sugamuxi, donde cursé grado séptimo, fue dura, tenía unas instalaciones físicas muy grandes, la dinámica era tipo universidad, los estudiantes teníamos que cambiar de salón para cada asignatura y la exigencia académica era alta. Como era del orden nacional, los profesores venían trasladados de distintos lugares del país, había docentes bogotanos, santandereanos, costeños y hasta nariñenses.

Obviamente era estudiante nuevo y no conocía a nadie, los primeros días tuve dificultad para ubicar los diferentes salones, lo que causó que muchas veces no pudiera ingresar a la siguiente clase por llegar demasiado tarde, había gastado mucho tiempo recorriendo lo que me parecía un laberinto sin salida en busca del aula de la siguiente asignatura.

“O sea, ubícate”, me decían algunas de mis nuevas compañeras de estudio, todas “gomelas”, que además de causarme nerviosismo con sus miradas y encantos adolescentes, dificultaban mi proceso de concentración para poder entender en forma los complejos temas de las clases a las que maratónicamente lograba llegar dentro del término estipulado. Esto sin contar que, si alguno se descuidaba, los compañeros más “caspas” le colgaban la maleta en alguna ventana o se la llenaban de piedras o pasto.

Y aquí es donde comienza la explicación de la parte inicial de este escrito. Entre los compañeros de clase pude notar a un chino que insistentemente jugaba a hacer la veintiuna con su balón de fútbol, cuyo rostro también se sonrojaba cuando las chicas “súper play” del curso se dirigían a él, así fuera para preguntarle la hora o para pedirle que se sentara y les dejara ver las anotaciones del tablero; se podía percibir que, en apariencia, era juicioso y educado, tal vez al intercambiar palabras pudimos hacer amistad por nuestras similitudes y contemporaneidad, tendríamos apenas 12 años de edad.

Les hablo de mi gran amigo, hoy periodista y escritor, Gonzalo J. Bohórquez, “Chalito”, con quien en lo sucesivo nos reunimos para estudiar, hacer tareas, montar bicicleta y jugar fútbol o baloncesto, siempre que su mamá, la profesora Doris Bohórquez, nos concediera el “permiso de ley”, después de verificar que sí hubiéramos cumplido con nuestra actividad académica.

Fue de esta forma que conocí la casa y el Instituto Panamericano de Alborez, fundado muchos años atrás por su abuelito, de quien les comencé a hablar, el profesor Américo Bohórquez; inmuebles ubicados respectivamente donde actualmente queda el edificio Esquina del Sol y el almacén Dollar City, en los dos costados norte de la Plaza de la Villa.

La casa me llamaba mucho la atención por su corte antiguo con pisos entablados y puertas de madera, tenía un portón principal de ingreso y un corto zaguán que conducía a un siguiente portón. En seguida, un primer patio con grandes columnas rodeado de muchas habitaciones. Al atravesar este patio, en diagonal, se encontraba otro zaguán que conducía al comedor, y, continuando el camino, conectaba a un segundo patio trasero con dos solares, al fondo se encontraba la tradicional cocina de carbón y leña con buitrón para la salida del humo.

En esta cocina siempre estaba sirviendo con amor a su familia doña Leonor Santamaría, esposa de don Américo; una señora muy sencilla y fuerte, de baja estatura, con ese corazón abnegado que caracterizaba a las madres y abuelitas del siglo pasado. Me encantaban unos fríjoles con arroz muy especiales que preparaba y que algunas veces tuve la suerte de probar cuando ella misma le decía a mi amigo que me invitara a almorzar. Como le agradezco hoy esa amabilidad.

En el segundo piso siempre estaba el profesor Américo, tal vez leyendo algún libro, escuchando noticias en la radio, o quizás sacando algunas notas musicales en su piano de cola. Por cierto, era un señor con una presentación personal impecable y que siempre vestía de traje elegante con zapatos recién embolados. Algunas veces llamaba a ‘Chalito’, pienso que para llamarle la atención por algún desorden que hacíamos en la casa o con el fin de darle su mesada de golosinas, él era como su padre.

Los fines de semana se armaba en esos patios una “jugarreta” con la hermanita y algunos primos de mi amigo, de modo que allí estaban algunas veces Mayrita, Kathy, Mileidy, Harold y Diego. Hasta las mascotas participaban del juego, Coqueta por ejemplo, una pequeña canina blanca que saludaba efusivamente a todos los visitantes, y Micifús, un viejo gato que constantemente metía sus narices en la cocina y cuyo pelaje tiznado impedía saber su verdadero color, presuntamente era blanco, aunque nunca hubo tal certeza.

En la parte de los solares había unas dos o tres ovejas que buscaban darnos topes cuando invadíamos sus terrenos, Gonzalo era un experto en esquivarlas, porque si nos dejábamos golpear por una de éstas salíamos volando a la “quinta porra” y ahí terminaría la diversión.

Las clases en nuestro colegio continuaron con normalidad y, con el paso de los días, pude mejorar mis calificaciones y asistencia a clases, cómo olvidar que nuestro curso era Séptimo B, bajo la dirección de la profesora de español, Myriam Gutiérrez de Ramírez, a quien debíamos declamarle una que otra poesía como ‘A Solas’ o ‘Sonatina’ para obtener una buena nota en la materia, fuera de leer alguna obra como ‘La Marquesa de Yolombó’ o ‘Huasipungo’.

Algunos de los nombres y apodos de los compañeros de curso eran Fabián Castillo (Buitre), Andrés Galán (Nek y todavía lo es), Elver Javier Vega (Elver Gómez), Guillermo Hernández (Guillerman), Omar Corredor (Pelín), Andrés Amaya (Chigüiro), Camilo Angarita (Pipiruchi), Diego Arias (Popeye), Leonardo Contreras (Negro), Juan Carlos Montañez (Montaner), Javier Alfonso Sanabria (Trolls), Eduardo Peña (Aguja) y Héctor Sotelo (Sopenco), entre esta distinguida familia educativa.

Nuestras compañeritas en ese año, Vilma Merchán, Sonia Moreno, Niny Perdomo, Diana Cepeda, Pilar Barrera, Andrea Acosta, Paoly Álvarez, Lina Espitia, Andrea Cantor, Laura Corredor y Mariluz Páez, discúlpenme, puede que se me escapen algunas o varias de ellas, la memoria ya no da para tanto.

Y volvemos al cuento, ese día en que nos quedamos del bus, tal cual. Pues imagínense que no supimos programar el reloj despertador y, como si fuera poco, estuvimos “echando carreta” con mi amigo hasta altas horas de la noche, no sé, sobre los diversos encantos que empezábamos a notar en las compañeritas de curso o sobre las novedades, resultados y cambio de jugadores del equipo de fútbol Millonarios, “Mi Millitos del alma”, como le decía y le dice todavía ‘Chalito’, algo así… lo cierto fue que se nos hizo tarde y al llegar al punto de encuentro, los buses ya habían tomado su rumbo, así que no clasificamos a ese paseo. Qué lamentable situación, no se vayan a burlar del prójimo, no pudimos conocer ese famoso parque.

Es más, minutos antes mis padres habían intentado, infructuosamente, tocar una y otra vez el timbre de la casa, a esas horas de la madrugada nadie abrió la puerta, por las obvias razones expuestas y, muy probablemente, porque así estaría de Dios que fuera. “Deje así”, dijo acertadamente mi papá, después de tomarnos un tinto en la Terminal de Transportes, donde llegamos con la intención de averiguar si los buses ya irían muy lejos, comprobando con la radio operadora que así era, ya iban casi que en Tunja. Ni modos, así se quedó para la historia.

Por esta vez, dejemos aquí este relato, que continuará en una próxima entrega, a la misma hora y por el mismo canal, para contarles lo que pasó en los siguientes años de juegos y anécdotas de colegio, así como sobre algunos protagonistas con historias de amores y desamores adolescentes tipo ‘Corín Tellado’ y ‘Los años maravillosos’, así es que, estén muy pendientes por favor, porque aquí entramos todos al baile (risas).

¡Un fuerte abrazo y se les quiere mucho!

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