¿Estamos viviendo de más?

Por | Gonzalo Bohórquez. / En X (antes Twitter): @GChalito 

Bien, esa es una pregunta que ronda mi mente con mayor fuerza, a raíz de todo lo que vemos actualmente, lo que pasa día a día. La verdad, a ese interrogante le quitaría precisamente los signos de interrogación, le pondría una coma y le añadiría una tilde: Estamos viviendo, dé más. “Demos”, dice el dicho, pues nos compete a todos, y parece que le apunta a una temible afirmación: “Estamos viviendo de más”.

Es que se siente, por todos lados. Nos cansamos de vivir, en serio, eso es lo que uno puede palpar. Perdimos el sentido común; el otro, el prójimo, los demás nos importan muy poco. Leía en el muro de Facebook de una amiga por estos días una pregunta que hacía, muy en su estilo: ¿No han sentido que estos últimos meses han sido muy densos? La mayoría se hacen los locos. Creo que es algo que nos atemoriza, y de todas maneras ignoramos.

Olvidamos, por ejemplo, lo que tuvimos que padecer con la pandemia. Estoy por concluir, y me perdonarán, que vivimos una farsa. ¿Qué pasó con esa supuesta empatía? Observamos miles de publicaciones con actos de solidaridad, pero para eso, para las redes sociales. Sin ir tan lejos, como que Villa de Leyva ya se olvidó. Ah, mentiras, con la angustiante noticia del nuevo incendio de estos días, medio recordamos.

El cansancio agobia, las calles son agrestes, más de lo que deberían. Es tan solo uno de tantos aspectos en los que valdría nuestro tiempo detenerse a pensar. A repensar. Y actuar. El famoso Guillermo Arturo (a quien sí le copian mucho) lo llamó (no sé si sea el pionero): “la revolución de las pequeñas cosas”.

Por ejemplo, en el medio de transporte que sea, o si sumercé camina, démonos cuenta cómo está la vaina. La capital de Boyacá cada vez se asemeja más a la selva de concreto que es Bogotá. Estamos adoptando los males de capital. No cabemos y fuera de eso, no nos respetamos. El tráfico es una locura, quienes manejan no tienen un mínimo de paciencia. Pito va, pito viene, moto por aquí, moto por allá… (patinetas eléctricas, motos eléctricas, bicicletas, peatones imprudentes… es eso, una locura). Los semáforos se han convertido en obras de arte. Todos los vemos, los miramos y los miramos… y no los entendemos. Así pasa con el arte, son muy poquitos quienes saben de ello, lo comprenden y lo más importante, lo respetan.

Si caminas no es tan diferente. Las caras de las personas se ven tristes, ansiosas, dudosas, temerosas, meditabundas. Incluso llegan a penetrarte tanto, que estoy casi seguro de que de vez en cuando, yo ando igual. Qué horror. Si el simple hecho de poder caminar es una bendición. Y créanme, he hecho un ejercicio. Salgo de casa, sea cual sea la situación en la que esté (porque cada quien tiene sus preocupaciones), trato de ir con una sonrisa, no de hipocresía, sino de agradecimiento con la vida, y tan solo, en menos de media cuadra, ya comienza la lucha.

“Vecina, vecino, muy buenos días”. Algunos responden, sin embargo, me miran como “este ‘man’ qué” (eso como que ya no se usa). Salgo del conjunto, me hago unos pasos adelante para que cuando le haga el pare a la buseta no tenga que recogerme en la salida de los carros y obstaculizar su paso, ni el de los otros vehículos y demás.

Se acerca mi ruta, y “pun”: sale alguien más, a quien, con su afán, no le interesa, saca la mano, y se subió. Yo estaba antes, pienso. Eso vale cinco. Bueno, trato de acercarme para no hacer parar otra vez el bus, pero qué pasa, los de las casas de en frente se hacen más allá, donde debería ser el punto de abordar para todos (uyyy sí, con tantos paraderos que tenemos), y vuelve y para la buseta.

Pues lo mismo pensarán quienes estaban ahí: yo estaba antes. Pues a veces, espero y me subo después de ellos. Vaya que no importa. Cada quien, solo piensa en cada quien. Hasta me he quedado sin puesto por tratar de hacer “lo correcto”. Y esto no es para que digan: ¡Ay sí! Tan buena gente ‘Chalito’. Es que así está pasando con cada cosa, en todas partes.

Pobrecito Carreño si supiera para qué sirvió su manual. Es más, si supiera que está devaluado, olvidado. Como un buen par de libros (y no soy “el qué lector”). Con todo y eso, yo me doy “la pela” por escribir. ¿Seré masoquista? Vecinita, por favor un tintico bien caliente. Sí señora, ya sabe sumercé, sin azúcar, muy amable.

Intento saborearlo. Ya ni eso te dejan en algunos espacios. Todo es de prisa. Todo es para ya. Ni te has sentado y te quieren sacar de cualquier negocio. Que pagues y te vayas. Rapidito. ¿La atención? ¿Cuál atención? Discúlpenme, en nuestro departamento estamos mal acostumbrados a que la gente nos tiene que comprar y punto. Bueno, no solo aquí, solo que en “la tierrita” nos estamos ganando una medalla. Por supuesto, en gran parte es por la misma situación. Trato de ponerme en los zapatos de los demás. ¿Y saben qué? Sigo sin comprender el porqué debemos aceptar que nos traten como nos tratan y que nos toque irnos “con las compras entre las piernas”. Yo atendí mesas en mi época de universitario y nos inculcaban el buen trato. Era un ambiente diferente, seguro había mucho interés de por medio en que fuera así, pero ya ni eso.

Claro, alguien que lleva todo el día camellando, que le duelen los pies, las manos, la cadera, qué sé yo; por supuesto, es complejo. Muchos explotados y poco valorados. Mal remunerados. Y es tan fácil juzgar. Pero, por favor, también hay que hacerse el ambiente y generarlo para los clientes. Por eso es que nos llevan “una papita” en otros lugares. Insisto, no es regla, pero sí un gran porcentaje.

Casi que en cada área de nuestras vidas estamos evidenciando lo que les digo. Eso de saludar, también pasa por fuera, no solo en el conjunto donde vivo. Ya nadie saluda, “ya nadie es civilizado”, diría Arthur (Fleck). Aunque eso no justifica que algunos se comporten como “payasos” y que abundan por ahí.

Imágenes grotescas se vuelven más que virales, las hemos vuelto normales. ¿A qué me refiero? A tantas tristezas. Miren, en nuestro amado terruño, ¿cuándo se veían peleas a machete en plena avenida? Un par de inadaptados acabándose a puños tras un accidente, como si el hecho como tal no fuera suficiente. En algunos casos es bochornoso y que yo sepa, no ha pasado a mayores, por lo menos en Tunja. Pero se ha vuelto pan de cada semana prácticamente.

También ha llegado a escenarios públicos como lo tuvimos que presenciar (en mi caso por la televisión) en el estadio La Independencia por cuenta de quienes denomino “hinchistas”, que no son otra cosa que desadaptados que portan la camiseta de X o Y equipo de fútbol. Habíamos tenido focos de violencia, pero lo que pasó en el partido Chicó contra Cúcuta fue muy preocupante. Igual, da igual. Valió más el “negocito” de Pimentel.

Claro, más importante un anillo de seguridad para una comitiva del gobierno nacional como lo apreciamos por estos días en los alrededores de la Cámara de Comercio de Tunja, que uniformados para controlar esa turba de gente. Si le pudiéramos llamar gente.

Y así, tantos y tantos ejemplos que de “ejemplo” no tienen nada.

¿Qué más tendremos que aguantar? ¿Qué más debemos soportar? ¿Estamos preparados para eso? ¿No existe quién ayude? En el plano terrenal digo, porque soy creyente y pido a mi Diosito, a la Virgencita Santísima, al Espíritu Santo, a todos los Santos, porque nuestro presente pueda mejorar.

Ni los temblores ahora nos sugieren respeto. Por la tierra, por El Todopoderoso, por nuestras familias, por nosotros mismos. Nada. Hay quienes retan con sus palabras y con sus actos estas manifestaciones de la naturaleza que para mí son una muestra clara del Ser Supremo. Hemos hecho mucho daño. Tal vez merecemos lo que pasa. A mí me da mucho susto el tema, y solo Él sabrá qué ha de suceder. Se supone que debemos confiar. No es tan sencillo.

La prensa no es que se salve, algunos “queridos colegas” (porque no podemos ni debemos generalizar), sobre todo a nivel nacional, no ayudan mucho. Lo digo con profundo dolor e impotencia. Solo vale vender. Y obvio, los “likes”. Y en bastantes profesiones se ha vuelto así. ¿La calidad? Eso ya para qué. ¿La ética? ¿Los principios? Eso qué es.

Más arriba está el poder. Y seguimos por las mismas. Cada vez con más opulencia. Poder atrae más poder y a los poderosos les valemos… eso. Igual que a los de bien abajo. A veces pienso que Bruce (Wayne) tenía mucha razón. Les dejo la inquietud.

¿A quién no le gusta el poder? A mí también me llama la atención… ¡Sí! El poder vivir, el poder comer, el poder querer, el poder dormir, el poder descansar, el poder trabajar, el poder escribir, el poder ver y amar a mi familia… en fin… todos los poderes que nos quieren arrebatar.

Todo este “revuelto literario” con un toque de realidad, si desean pensarlo y definirlo así (yo no lo sé), se asemeja con certeza al modo en que nos está trabajando la cabeza en el mundo de hoy. Estamos azotados, abrumados, acorralados… quizá ‘aprisionados’. Por eso concuerdo con aquello de que “la esperanza puede volver loco a un hombre”. Y solo espero reencontrarme con Andy (Dufresne).

¿La culpa es de la vaca? Más “vacas” es como nos comportamos. Mi ‘veci’, qué pena contigo, se enfrió mi tinto. Me vendes uno fresquito, más calientico, renovado, mejor dicho: riquito, riquito…

Terminaré por decir algo para retirarme lentamente… lo importante es que pudo jugar Nacional. Y que ojalá llegué el Aguinaldo Boyacense, eso sí es la berraquera.

Vecina, ¿tenía algo ese tinto?

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