Estallar humanamente para destituir el fascismo

Imagen creada con IA
Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

Estallar humanamente contra el fascismo y el capitalismo en su fase genocida, parece ser el mensaje que circula por las calles de las grandes ciudades de Europa, América latina y a partir del 14 de octubre de Colombia. Lo que se ve en este octubre es resistencia con grandes movilizaciones transversales, (no gremiales), centradas en la defensa de la dignidad y los derechos. En Francia educación, en España contra los rentistas de vivienda, en Brasil contra la ultraderecha, en Argentina contra la destrucción del país, en Alemania contra el rearme y la ultraderecha y más de un centenar de protestas contra el genocida sionista Israel. Es la representación histórica de la lucha antagónica entre el capital (hoy neoliberal en su máxima expresión fascista), dirigido por gobernantes subordinados al club de multibillonarios aliados con Estados colonialistas de un lado y; del otro la gente común, que sobrevive y padece explotación, desigualdad, injusticia, discriminación, exclusión, alienación y represión.

     Cada resistencia responde a su propia agenda y método, no siempre diseñado orgánicamente con los formatos de un partido o una ideología. Es la gente común que ya no soporta la incompetencia del poder y quiere avanzar hacia un imparable “estallido humano” como respuesta colectiva ante la burla por el despojo, el saqueo y la barbarie que reproducen dolor y sufrimiento. No es realidad virtual, es una irrupción colectiva, humana, antifascista y anticapitalista dispuesta a enfrentar y sacar del poder a gobernantes ineptos, ególatras y sumisos replicantes de los métodos del nazismo y el sionismo.

    Las movilizaciones en curso han recuperado el sentido de la calle como escenario antifascista y a pesar de la brutalidad policial se fortalecen. Su base legitima y legal es la resistencia a la opresión, consagrada como el principio y valor esencial pactado en 1789 entre desiguales, unos herederos de esclavistas y señores feudales, que se guardaron el derecho de propiedad y; otros ascendientes de esclavos y siervos, que se guardaron la resistencia como garantía de equilibrio. Ese espíritu y letra está vigente, no es derogable, ni sustituible, ni discrecional, ni depende de la voluntad del gobernante.

      De esa resistencia emanaron el derecho a la rebelión (alzarse en armas) contra la tiranía del gobierno y; el derecho a la protesta social, civil y desarmada. Allí también se incubó la desobediencia civil explicada en 1949 por Thoreau quien concluyó que cuando el ejército regular de la nación es convertido en el brazo armado del gobierno establecido se vuelve susceptible de abuso y perversión (como hoy ocurre al atacar la protesta) y da lugar a que “los humanos reconozcan el derecho a la revolución; es decir, el derecho a rechazar la adhesión, y a resistirse al gobierno, cuando su tiranía o su ineficiencia son grandes e intolerables” (Thoreau, la desobediencia civil, CM, p 29) y entonces le corresponde al pueblo hacer justicia pudiendo responder directamente a las actuaciones del poder o ante las leyes injustas de tres maneras: obedeciéndolas, tratando de enmendarlas o transgrediéndolas.

     Ante la voracidad del capital, que ya no puede mantenerse vivo, de otra manera que no sea el fascismo, la población que se cansó de esperar reformas y paliativos, estalla, a veces organizada y con un ideario, otras de repente por una experiencia de sufrimiento colectivo como el provocado por la indolencia e ineptitud del gobierno de Colombia ante las víctimas del terremoto o el dolor individual de Maricarmen en Madrid, o el sentimiento global de condena al genocida sionista. En todos los casos la humillación fascista se puede traducir en conciencia colectiva, ante la percepción de abandono e injusticia respecto de por qué las vidas de unos valen tan poco para quienes gobiernan.

     Si el estallido humano logra solidificarse en la lucha antifascista y anticapitalista, su reclamo será más profundo que una concesión negociable. El mandato será entonces exigir el abandono, inmediato y sin consideración de los gobiernos fascistas cuestionados por fraude, abuso de poder o incapacidad mental y a los partidos y grupos políticos afianzar legalmente esta conquista y dar trámite a consensos por un nuevo pacto de justicia, igualdad, derechos y respeto por la vida y dignidad de todo ser humano.

    Un estallido humano hoy puede comenzar en cualquier momento y lugar, sin grandes programas ni metas definidas, responde a la organización o la inmediatez ante hechos intolerables. La movilización agrupa a quienes han sido tratados como cifras, periferias, estadísticas, enemigos, perseguidos, maltratados, humillados, que deciden aparecer como personas con dignidad dispuestas a llenar las calles y a no desocuparlas hasta que el silencio deje de ser obediencia y se convierta en conciencia colectiva, en su voz y fuerza y la indignación personal se transforme en acción colectiva.  Lo que emerge del sufrimiento le dice al poder, le grita con sus entrañas en el lenguaje más elemental de rechazo al fascismo y al capitalismo saqueador que “aquí estamos; nuestra vida cuenta; nuestra dignidad no es negociable” y le exige al gobierno que abandone el poder y sus posiciones de mando de inmediato, para que un gobierno de transición y unidad nacional encauce la ruta del nuevo pacto.

P.D. 1. Media Colombia entra en resistencia el 14 de octubre y la movilización como estallido humano exige del Estado las garantías de respeto y no agresión por ser un derecho humano. 2. Quien mediante contrato “trabaja” como asesino en otro país es un mercenario, un criminal y sí un gobierno se pone de su lado su actuación no es humanitaria, si no cómplice respecto al acto criminal.

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