La guerra milagro es contra la sociedad

Imagen creada con IA
Por | Manuel Humberto Restrepo Domínguez

El gobierno milagro no está librando una batalla cultural. Sus demostraciones perfectamente calculadas, quizá organizadas por la IA y bajo control sionista, están definiendo una guerra total contra la sociedad colombiana. No es la guerra que se libra con fusiles y enfrentamientos, si no que desmantela conceptos, prácticas, expresiones, instituciones, bienes, persigue a opositores, rechaza reglas de consenso universal y local y deshumaniza a sus adversarios. En lo internacional apoya el genocidio de gaza y abraza al sionismo ofreciéndole tierras y negocios, le pide a la ONU quitarse del monitoreo de las tierras y de la reforma integral pactada para la paz, rechaza a la CIJ, la CPI y la CIDH, se adhiere sin la menor objeción a Estados Unidos y sigue fielmente sus mandatos ideológicos.

     Su actuar con la fuerza no es solo para legitimar su poder profundamente cuestionado. Hay una clara intencionalidad (como la que define el genocidio) de destruir una visión del mundo, eliminar la ciencia (cambiarla por religión), las artes, las humanidades, la democracia, que considera anomalías y clasificar a los seres humanos con la jerarquía de superiores e inferiores, para disponer de unas vidas en beneficio de otras. Es una guerra con ataques calculados, selectivos, golpes tácticos, dirigidos a afectar las condiciones materiales y simbólicas que le permiten a la sociedad pensarse, reconocerse y organizarse sobre valores de paz, respeto por la vida, la dignidad, los derechos y el Estado de derecho.

     La guerra total contra la sociedad empezó por destruir toda conversación por la paz y perseguir a quienes la intenten. Luego de manera paralela se atacan las diversidades, subjetividades y relaciones entre pasado y presente. La llamada batalla cultural, no existe, el nombre es la cortina de humo que separa, no se ataca una forma de expresión cultural, ni lo que llama el cáncer del wokismo y la diversidad. El trasfondo es más amplio, deshumanizante, la negación de subjetividades con la técnica de borrar ya probadas por nazis y sionistas. Elimina el lenguaje inclusivo, las categorías de niñas, campesinos, comunidades diversas, feminismo y víctimas, acusando adoctrinamiento político, ideología de género, comunismo o afectación de la familia tradicional, al tiempo, que elimina las bases materiales de la función que define las subjetividades (como la tierra a los campesinos), deroga las áreas de protección para la producción de alimentos (APPA) y prohíbe las semillas nativas y borra la protección de páramos y la consulta previa en los territorios, atacando cosmovisiones y promoviendo el despojo, lo que de conjunto afecta el núcleo de esa otra visión de integralidad compuesta por la vida humana y del planeta, que supera cualquier fórmula de organización política.

       Ha empezado ahora el ataque de la asfixia presupuestal, que sienta las bases del desmonte de garantías materiales por reducción de asignaciones destinadas a garantizar la realización de derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA). Se reducen los montos de cultura y promoción y acceso efectivo a procesos culturales y artísticos (que financia(ba) festivales, formación y acceso); del sostenimiento de universidades públicas, atacando la gratuidad; y se afecta al SENA, poniendo a merced de una guerra confusa y difusa a más jóvenes de sectores populares.

       El objetivo en esta guerra contra la sociedad es la destrucción del sistema de derechos y de la dignidad humana. Los primeros en quedar en riesgo son el derecho a la educación; el relato colectivo de nación que el país ha venido construyendo; el derecho a la resistencia atacando la protesta social que prohíbe, amenaza, ataca, y violenta; el derecho a la memoria con el desmonte de obras del museo nacional. El vacío sería apropiado por la visión del mundo configurada por sionismo, fanatismo de partidos religiosos y la lógica del capital privado sin escrúpulos de los multibillonarios.

     Los hechos del gobierno milagro reflejan una guerra total contra la sociedad. No es contra los armados de verdad y fuego, en ese ámbito lo que ocurre se diluye entre la ficción del reality show del presidente como actor y la continuidad estable de acciones armadas, hostigamientos, bombardeos, muertes de insurgentes, bandidos, militares, policías y civiles, como parte del karma nacional. La guerra es contra las mayorías de población civil, desarmada y no se evidencia la menor disposición del gobierno, a respetar el pensamiento, obra, memoria, reglas comunes y formas de vida de los otros,

   Nada de lo que ha dicho y hecho el gobierno puede reducirse a simples opiniones, son avanzadas tácticas en sus posiciones de guerra contra la sociedad, que completa con fórmulas de paulatino control absoluto del Estado y de sus instituciones. Sin pudor impulsa para todo un carácter regresivo, inconstitucional y dictatorial, ha excedido sus competencias sobre otros poderes públicos, criminaliza la oposición y acude a ordenes amenazantes como que “es inequívoco que quien protesta no es un ciudadano ejerciendo un derecho, sino un “enemigo” que debe ser neutralizado” y asi lo replicó un policía quien antes de matar a un joven le gritó “estoy acostumbrado a matar negros por guerrilleros”.

    El gobierno milagro articula medios, métodos y técnicas que mezclan todas las formas de lucha (legales, ilegales, legitimas, ilegitimas), y acomoda el control de las herramientas del Estado, con el objetivo estratégico de destruir la visión del mundo centrada en dignidad y derechos, revelando la lógica profunda del gobierno fascista. La curiosa contradicción es que el presidente Álvaro Uribe acudió a todos los medios y métodos para negarse a reconocer que había guerra (cuando era menos difusa y más clara), pidió eliminar oficialmente el concepto de conflicto armado y se empeñó en poner a la sociedad de su lado. Antes que la guerra contra la sociedad lo destruya todo, la dimisión es opción.

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