El evangelio según la Extrema Coherencia

Imagen creada con IA
Por | Juliana Albarracín

Apareció en aquellos días un nuevo evangelio en la política colombiana. No prometía la salvación del alma, sino la absolución de las contradicciones.

En el Evangelio de la Biblia quedó escrito en el capítulo 24 de Mateo:Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán”. Cristo no pidió desconfiar de quienes negaban a Dios, sino de quienes mentían en su nombre con la suficiente destreza como para convertir la fe en un instrumento de poder.

Después llegaron los rumores de guerras, las divisiones, principio de dolor y miedo. Quizá por eso dejó también un criterio mucho más fatigoso superior a cualquier consigna: “Por sus frutos los conoceréis.” No invitaba a juzgar a los líderes por la solemnidad de sus discursos, el fervor de sus seguidores, tampoco la cantidad de versículos que pudieran recitar, sino por la cercanía entre lo que predicaban y lo que hacían.

Sin embargo, el evangelio de la Extrema Coherencia decidió corregir discretamente La enseñanza: los frutos dejaron de importar y el relato ocupó su lugar.

Toda época produce sus propios profetas. Unos anuncian el fin de los tiempos. Otros ofrecen la redención de los pueblos. Pero hay una especie mucho más sofisticada: quienes descubren que no hace falta decir siempre la verdad si se consigue que los creyentes llamen ‘convicción’ a cada cambio de versión. Así nació el evangelio de la Extrema Coherencia.

Colombia era un terreno fértil para semejante revelación. Un país así no necesitaba programa de gobierno. Necesitaba una liturgia. Por tratarse de un país donde las convicciones llegan a la política vestidas de gala y terminan empeñadas en la casa de cambio.

Entonces, apareció Abelardo de la Espriella. No un simple candidato, sino la encarnación de una virtud que en Colombia lleva décadas desaparecida: la coherencia.

La paradoja era tan monumental que merecía una epopeya propia.

Durante años se declaró ateo. Después, con la sincronía de quien escucha primero la campana electoral que la celestial, surgió rodeado de pastores, púlpitos, alabanzas y referencias constantes a Dios. Nadie está obligado a conservar las mismas creencias toda la vida. La historia conoce conversiones sinceras. Lo extraordinario es que algunas iluminaciones parecen consultar el calendario electoral antes que la conciencia. Hay milagros que llegan con incienso. Otros llegan con asesores de imagen.

Su primer mandamiento fue abolir la definición misma de la palabra coherencia, que desde entonces, dejó de consistir en sostener los mismos principios y pasó a significar la capacidad de encontrar una explicación elegante para abandonarlos sin perder un solo aplauso.

Cuando el relato sustituye a la realidad ocurre el primero de los grandes milagros de esta doctrina: la vieja política deja de serlo, al aliarse con la extrema coherencia, los cambios de postura dejan de ser cambios, las contradicciones ascienden al rango de estrategia y el oportunismo recibe el sacramento de la conveniencia. Así pudo predicarse la cruzada contra la política tradicional mientras se abrían de par en par las puertas del templo a quienes llevan décadas oficiando en sus altares. Porque en esta religión los pecados no desaparecen; simplemente son canonizados cuando los comete un hermano de la congregación.

No tardaron en llegar las parábolas ambientales. Como en toda buena liturgia, la creación ocupaba un lugar privilegiado en los sermones: se prometía defender los páramos, custodiar el agua y proteger los ecosistemas con el fervor de quien recita El Credo. Sin embargo, bastó una fotografía de la fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, caminando sobre frailejones mientras proclamaba exactamente ese compromiso para resumir, sin proponérselo, toda la teología de la extrema coherencia. Los frailejones pasan décadas levantando, centímetro a centímetro, las fábricas de agua que sostienen la vida de millones de colombianos. La propaganda necesitó apenas unos segundos para convertirlos en escenografía. Fue como inaugurar una catedral derribando el altar o predicar el respeto por un libro mientras se arrancan sus páginas. Pero la extrema coherencia posee un milagro reservado para estos casos: cuando el relato es suficientemente poderoso, incluso aquello que se pisa termina apareciendo como prueba de respeto.

Después vino el fracking y ocurrió otro prodigio doctrinal. Se podía defender simultáneamente la explotación intensiva de los recursos y proclamarse custodio de la naturaleza, porque en esta iglesia la lógica dejó de obedecer a la geología para someterse a las encuestas. Los principios dejaron de ser roca para convertirse en cera: cada discurso los derretía hasta que adoptaban exactamente la forma del aplauso que necesitaban provocar.

También hubo espacio para las confesiones. El propio De la Espriella contó alguna vez que, siendo niño, amarró pirotecnia a unos gatos para comprobar si podían volar. Probablemente quiso relatar una travesura infantil. Sin embargo, el episodio terminó revelando algo mucho más interesante que la travesura misma: la facilidad con que los fieles absuelven aquello que condenarían furiosamente si se tratara del adversario. En esta religión política no desaparecen los pecados; simplemente se administra el perdón antes de formular la acusación. La extrema coherencia no fabrica inocentes sino indulgencias.

En ese punto ya resultaba perfectamente natural encontrar entre los apóstoles a personajes como Carlos Alonso Lucio. Una biografía que atravesó medio siglo de mutaciones ideológicas dejaba de ser un inconveniente para convertirse en prueba viviente del dogma central: aquí ninguna transformación constituye una contradicción mientras exista un sermón capaz de justificarla. Cuando la coherencia deja de medirse por la consistencia y comienza a medirse por la habilidad para explicar cualquier metamorfosis, toda conversión termina siendo un aberrante acto de fe.

Ese fue, quizá, el mayor milagro de la campaña. Convencer al país que son innecesarias las pruebas al elegir a un candidato incoherente. Porque toda fe que exige pruebas termina convirtiéndose en conocimiento; pero, toda fe que prohíbe las preguntas termina pareciéndose demasiado una enajenación.

Los Evangelios enseñaban a mirar el árbol para reconocer sus frutos. El evangelio de la Extrema Coherencia perfeccionó el método inverso. Primero hizo desaparecer el árbol. Después llamó milagro a cualquier fruto de plástico colgado en el escenario. Y mientras el rebaño seguía contemplando el púlpito, nadie advirtió que el bosque entero había sido reemplazado por escenografía.

Quizás esa sea la verdadera enseñanza de este evangelio apócrifo. No que existan políticos contradictorios; de esos ha estado llena la historia. Lo extraordinario es haber construido una doctrina capaz de convertir cada contradicción en una virtud, cada rectificación en una revelación y cada acto de oportunismo en una prueba irrefutable de carácter. Pues cuando una sociedad deja de juzgar a sus líderes por sus frutos y empieza a venerarlos por sus sermones, ya no necesita profetas: le bastan predicadores con buena memoria para los versículos y muy mala para sus propias palabras. Y no temáis, queridos feligreses, porque no habéis elegido simplemente a un candidato. Habéis elegido al más fiel intérprete de vuestro evangelio: aquel capaz de convertir cada contradicción en doctrina y cada cambio de rumbo en un acto de fe. Palabra del Evangelio según la Extrema Coherencia.

Todos responden: Amén. Perdonad nuestras contradicciones, así como nosotros condenamos únicamente las del adversario.

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