Breves relatos de sogamoseñidad: ‘sorprendiendo a mi taita’

Imagen creada con IA

Por | Álvaro Augusto Vargas Rojas / @alvaroaugustovargasr

Lo recuerdo como si fuera ayer, fue una mañana de enero a comienzos de los años noventa (por allá en 1992), cuando de repente, mi mamá Ligia empezó a armar maletas y mi “abue” Blanquita, muy extrañada, le preguntó para dónde iba (sabía que su hija era decidida), frente a lo que ella respondió: para Sogamoso, allá está Álvaro, el papá de los niños, y la familia debe estar unida como Dios manda (a mi papá lo habían trasladado para allá).

Salimos de la casa con aquellas maletas en las manos, tengo presente los ojos de mi “abue” y mi mamá, quienes intentaban contener las lágrimas, pues siempre habíamos estado juntos. Mis hermanos y yo, a nuestras cortas edades, entre los siete y los diez años, solo sabíamos que como pequeños polluelos debíamos ir “bajo las alas de nuestra gallina protectora”, al lado de quien, aunque todo nos pudiese faltar alguna vez, nada en realidad nos faltaría.

Así, con el abrazo, el beso y la bendición de mamá Blanquita (“mi abue”), partimos apurando el paso hacia el viejo bus de la empresa Valle de Tenza, que por carretera destapada nos condujo hacia la ciudad de Tunja, donde en seguida, tomamos la gacela rumbo al hermoso municipio que nos acogió a partir de ese día: Sogamoso (que en lengua muisca es Suamox, “Morada del Sol”).

Precisamente, dice un fragmento de la canción ‘El Sol’, del cantautor sogamoseño Juan Carlos “Tushö” Medina: “El sol, razón se volverá en ti cada día, y yo, seré parte y por qué en tu poesía, no se podrán ver más estrellas que tú y yo, en el umbral del cielo, razón de más para que vea en tus manos la vida; y este poder, lo alcanzaré con tu fuerza y la cima; lo arrancaré tomado de tus sueños y, no habrá que mirar más atrás…”ese fue el sol que nos abrazó, desde nuestra llegada a esta tierra prometida, cuya calidez permanece en el tiempo hasta la fecha.

Con el permiso del autor y al considerar que su obra musical constituye una parte importante del patrimonio cultural y artístico de esta extraordinaria ciudad, me permitiré tomar algunos apartes de ésta, a manera, si se me permite, de banda sonora que acompañe apropiadamente estos “cortos cuentos de la sogamoseñidad” que relataré a continuación.

¿En qué íbamos? Ah, ya recordé, no me dejen distraer por favor. Nos bajamos del bus en la Terminal de transportes, tomamos un taxi, y pedimos que nos llevara a una dirección que mi mamá tenía apuntada en un telegrama enviado meses atrás por mi padre, contándole dónde vivía por cualquier situación que pudiera presentarse. El detalle era que él no sabía que vendríamos, y mucho menos para quedarnos, decisión que debíamos comunicarle en cuanto lográramos ubicarlo. Mejor dicho: ¡Sorpresa papá!

El señor que manejaba el taxi nos dejó justo en frente de la Clínica de Especialistas, por la carrera Novena A, tocamos a la puerta de una antigua casa de dos pisos, donde salió una señora de unos sesenta y tantos años, su cabeza estaba cubierta por una pañoleta gitana con estampado colorido de flores que dejaba entrever su cabello encanecido, lucía una sudadera enteriza azul, tono medio, y unas clásicas sandalias blancas de los años cincuenta con ligera elevación; tengo bastante presente que mientras abría la puerta tarareaba una canción que decía algo así como: “Eres tú, eres tú”, así como ‘El pescador de Barú’, y otra que entonaba: “Preciosa y linda morena”.  Lo recuerdo, porque siempre las cantaba.

Ella era doña Inés Puentes Noy, oriunda del municipio de Firavitoba, quien, de inmediato, nos informó que el señor Vargas no se encontraba, pero que podíamos dejarle la razón; por supuesto preguntándonos quienes éramos. Mi mamá respondió que era su compañera y nosotros sus hijos, por cuanto notamos su cara de sorprendida; era lógico, algunas horas más tarde supimos que mi padre apenas tenía allí una habitación tomada en arriendo.

La amable señora, con risa un poco nerviosa, nos invitó a pasar, indicándonos que podíamos esperar a mi padre, mientras nos compartía un tradicional tinto endulzado con panela. Luego, sentados en su clásica sala de corte isabelino y tono rojo oscuro, me llamó mucho la atención el tornamesa (tocadiscos), en el que podían apreciarse las caratulas de algunos acetatos en 78, 45 y 33 1/3 RPM, con los retratos de los cantantes de su juventud, Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Cuco Sánchez, Alci Acosta y, hasta el gran José Alfredo Jiménez; a propósito, reprodujo uno de esos discos en tanto conversamos por espacio de más de una hora, cuando por fin, alguien introdujo la llave en la puerta principal e ingresó silbando alguna melodía tropical del Loco Quintero o quizá de Pastor López.

Inconfundiblemente, quien entró en escena era mi padre, Álvaro Vargas, llegaba del trabajo, apenas si podía creer que estábamos ahí, esperándolo con mi madre y mis hermanos, Clemencia, Germán y Otto. De inmediato, suspendió su silbido y, con el sentido del humor que le caracterizaba, volvió a salir y entrar a la residencia frotando sus ojos, como cerciorándose de que lo observado instantes atrás fuera real. Todos “soltamos la risa”, inclusive doña Inés, quien, con curiosidad, observaba la reacción de mi “taita” y, sobre todo, esperaba ver de qué manera sortearía la situación. Como mi padre era tan persuasivo, terminó por convencerla de que tan solo estaríamos ahí durante una o dos semanas cuando mucho, que después terminaron siendo cuatro meses, mientras se logró resolver el tema de vivienda familiar.

Esos meses transcurridos allí fueron grandiosos. A la mañana siguiente, muy temprano, la señora Inés nos llevó el tinto como lo hizo habitualmente mientras habitamos su casa, fue además nuestra guía turística los fines de semana, cuando mi padre le daba dinero para que nos comprara alguna galguería. No obstante, ella siempre optó por comprarnos frutas en el supermercado a la vez que proclamaba una consigna muy suya que decía: “Arriba las frutas y abajo las galguerías”, que nos hacía repetir una y otra vez hasta que desistiéramos de la idea de comprar toda esa confitería dañina de tienda.

Cada día la escuchábamos cantar las canciones que les referí anteriormente, “Eres tú, eres tú”, ‘El pescador de Barú”, a continuación, “Preciosa y linda morena”, de repente decía: “oh mami” y “turno, turno, turno”, para que quien estaba haciendo uso de la ducha saliera y le diera paso al siguiente huésped. Uno de ellos, también me acuerdo, don Pedro Cardona, un elegante cuarentón arrendatario de una habitación, quien se acicalaba y perfumaba cuidadosamente con la finalidad de esperar a su novia, una profesora de escuela rural que a menudo lo visitaba.

El entorno de ese lugar era especial, justo al lado un par de señoras antioqueñas tenían su negocio en el que preparaban unas exquisitas arepas tradicionales de su región con un sabor único; volteando la esquina estaba la tradicional tienda “La quinceañera”, atendida por doña Teodolinda, una mujer de unos setenta y tantos años que aún vendía esos cartuchos de arequipe, liberales, negritos con crema y colaciones, entre otras extintas golosinas de la época.

El primer recorrido que aprendimos con mis hermanos fue hacia el almacén San Victorino, ubicado en la Plaza Seis de Septiembre, ya que allí podíamos comprar pequeños juguetes y juegos a buenos precios, bueno, ese era nuestro sueño cumplido a esa edad.

A mis escasos once años, mis padres me matricularon en la jornada B del Colegio Integrado Joaquín González Camargo, donde cursaría grado sexto siendo rector el profesor Uriel Armando Bravo; mis hermanos, por su parte, fueron matriculados en escuelas públicas, en sus respectivos cursos de primaria.

Mi horario de clases empezaba sobre el mediodía y terminaba casi a las seis de la tarde, hora en que, usualmente, con los compañeros de curso, nos dirigíamos hacia el parque El Laguito (en realidad había un lago), encontrándonos allí con otros estudiantes de los colegios vecinos, Celco y Reyes Patria. El juego entonces consistía en lanzarnos agua hasta quedar lo más lavados posible, mientras otros alumnos de cursos mayores tocaban su guitarra o le regalaban una flor con credencial de Giordano a su chica, quizá en su mejor intento por ganar la conquista a sus contendores de turno.

Es posible que en este sitio, al lado de un farol por donde baja la avenida San Martín, se hubiese inspirado alguna vez el cantor de nuestra tierra para escribir cierto verso como: “Si alguna vez, mi cuerpo al estallar en su cuerpo se vuelve luz manantial, permítame que rompa en el silencio con mi andar, y si el calor que deja su beso en mi pecho, corriera pronto a dejar grabado mi tiempo de soledad en su corazón, extienda su voz lejana, su amor, poeta de nubes y del farol, mi verso se habrá quedado al fin en usted…”, fragmento de la canción de nuestro querido “Tushito” Medina, ‘Su cuerpo en mi cuerpo’.

Para continuar con el cuento, pasados algunos minutos empezábamos nuestro recorrido por la carrera once hacia el centro de la ciudad, pasando en frente de la Cigarrería de René, donde se podía ver una clásica rockola con música para todos los gustos, también visitábamos cuanta panadería en busca de buenos pasabocas y, una que otra vez, cuando la ocasión se daba, nos colábamos por la puerta trasera del bus grande de la Flota Sugamuxi con el fin de llegar más rápido al centro y así poder alcanzar a jugar maquinitas en el inolvidable Club Venecia. Hablamos de Mario Bros, Bomberman, Contra, Urban Champion y todos esos videojuegos con los que perdíamos el tiempo y la plata, en lugar de estar ahorrando para comprar terrenos baratos como lo habían hecho en otros tiempos nuestros abuelos; en fin, lo importante era que teníamos salud y felicidad.

En casa, doña Inés estaba un poco estresada, porque tenía una hermosa hija de escasos veinte años, su nombre Soledad, por cierto, muy pretendida por varios muchachos que a diario se ubicaban frente a la vivienda con flores, peluches, poemas, chocolates, serenatas y hasta dedicatorias con canciones en la radio, Franco de Vita y Ricardo Montaner, por nombrar solo algunos de los cantantes con los que estos proyectos de Romeo y Juan Tenorio le declaraban constantemente su amor a la joven princesa.

Ella, por supuesto, recibía a los más apuestos ahí afuera, hasta que un buen día, llevada por el desespero, la dueña de casa, al estar barriendo el jardín, decidió tomar su escoba y correr a toda esta “muchachada”, que más parecían abejas en un panal, persiguiéndolos de esquina a esquina bajo amenaza de ponerles un escobazo en la torre de control. Estos jóvenes salieron disparados, mientras la pequeña Soledad intentaba convencer a su madre de que no le hiciera pasar ese “oso” con sus amigos y galantes admiradores, intentos que resultaron fallidos, pues la doña en su instinto de protección maternal estaba decidida a espantar de su propiedad a todos estos avivatos jovenzuelos que, sabe Dios, qué intenciones reales tenían con la bella joven.

En ese estado inconstitucional de cosas (risas), y enhorabuena, mi padre consiguió un modesto apartamento ubicado al lado de la estación de gasolina de Puente Pesca. Nos fuimos en el mes de mayo de ese año y permanecimos allí hasta finales de los noventa.

A partir de ese momento empieza otro capítulo de esta “radionovela” que continuará en una siguiente nota, “a la misma hora y por el mismo canal”, pidiéndole a mis amables lectores que estén atentos, porque si en esta encontraron algo divertido, la siguiente viene cargada de muchas más anécdotas emocionantes en el contexto de estos relatos de sogamoseñidad, líneas con las que me propongo dar continuidad a mi anterior nota, donde les hablé de los primeros años felices de infancia en mi natal Tibaná y de cómo transcurría allí la vida hace algún tiempo, junto a mi familia, amigos de estudio y demás coterráneos.

¡Nos vemos en la próxima!

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