
Estamos a pocos días de la primera vuelta para elegir al próximo presidente de Colombia, mientras enfrentamos una difícil coyuntura marcada por deterioro del orden público, incertidumbre macroeconómica y política, crisis del sistema de salud y, lo más grave, una clara deficiencia de liderazgo.
Catorce candidaturas de las cuales podríamos decir que únicamente son viables tres o cuatro, reflejan que los estadistas colombianos son especie en vía de extinción y posiblemente el aspirante mejor calificado para ser presidente, no tenga el carácter necesario para serlo.
Así, de no suceder algo extraordinario y más que eso antidemocrático, el escenario se reduce a tres candidatos que puntean en los sondeos de opinión, cuyos resultados pueden no representar el 100% la realidad. Hace poco en un ambiente académico, escuché una teoría algo sarcástica, afirmando que la estadística es el arte de torturar los números hasta que nos digan lo que queremos oír, lo cual es muy parecido al ejercicio de la política.
Con este panorama, el elector común y corriente e independiente de los esquemas clientelistas observa una brutal guerra sucia en redes sociales, con descalificaciones mutuas entre candidatos, vandalismo contra campañas y amenazas de atentados, porque la “moderna y dinámica política” se redujo a eso, tal vez ignorando programas de gobierno bien formulados y adecuadamente sustentados.
Eso y los debates de amplia acogida en el pasado, están haciendo que la campaña se mueva alrededor de dos opciones: la primera continuar con la bandera del progresismo que hábilmente Petro le vendió a sus electores y ahora busca que haga tránsito hacia un comunismo anacrónico, digno de Castro, Mao y Pol Pot; y, la segunda, enderezar el rumbo de la nación encaminándolo a la recuperación de la inversión privada, el imperio de la ley y orden y el desarrollo socioeconómico, pero ante todo bajo los designios de Dios y, la dignidad y respeto que exigen la investidura presidencial.
Las alternativas son claras y lejos de una confrontación entre ricos y pobres, uribismo y petrismo, o del pueblo contra la institucionalidad representada en la Constitución de 1991, la misma que Petro y Cepeda han defendido durante más de treinta años; el país está a tiempo para corregir el rumbo que nos puede llevar a una tragedia similar a la de Venezuela o Cuba. Con este diagnóstico, es posible que al elector no le importen los programas, propuestas, ideas y foros con los candidatos, y eso pase a segundo plano, pues se trata es de sobrevivir como nación y no de fracasar yendo hacia un estado fallido.
La situación no amerita profundizar en temas tan trillados como la paz y la corrupción, o rompernos la cabeza con cifras, indicadores y gráficas, porque sencillamente el efecto de las políticas erráticas del gobierno del cambio lo hemos sentido todos, unos en el bolsillo, otros en la salud, muchos en su tranquilidad y la mayoría en la mejora o deterioro de su calidad de vida.
Como cada quien habla de la feria según le vaya en ella y apelando a la sensatez, conviene hacer balance personal de estos cuatro años y con base en eso decidir el voto.
Bajo estas premisas y especialmente en la Boyacá de hoy y con Gobernador fungiendo como jefe de debate apache, quienes consideren que su nivel económico, social, cultural y humano mejoró radicalmente gracias a las políticas del gobierno y el cumplimiento de sus promesas de campaña, es obvio que voten por el continuismo representado en la candidatura comunista de Cepeda; pero quienes hemos sufrido los desaciertos de Petro y nos interesa la calidad y cantidad del contenido de nuestro portacomidas, así como la tranquilidad para consumirlo, haremos lo propio poniéndole la raya al Tigre.
A partir de ahí, eso que algunos llaman centro tiene la palabra para la segunda vuelta, obvio en caso que la haya. De salida: recomiendo leer la novela ‘Rebelión en la granja’, de George Orwell, donde la ficción supera la realidad, puede ser útil en la decisión.











