Boyacá se prepara para una temporada seca que podría ser especialmente dura. El Ideam advierte que El Niño seguirá fortaleciéndose y que existe una alta probabilidad de que alcance una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre. En el departamento ya hay municipios con problemas de abastecimiento de agua y una alta exposición a incendios forestales. La pregunta ahora no es solo qué tan preparada está la institucionalidad, sino qué ocurrirá si la sequía se prolonga y qué tan rápido podrán responder las comunidades.
El problema ya no es una posibilidad lejana. El fenómeno de El Niño está presente y, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), continúa fortaleciéndose. La entidad acaba de advertir que existe una probabilidad del 69 % de que alcance una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre de este año y que las condiciones asociadas al fenómeno tienen más de 90 % de probabilidad de persistir hasta el primer trimestre de 2027.
Para Boyacá, la advertencia tiene una traducción muy concreta: menos agua, más presión sobre el campo y mayor riesgo de incendios.
No se trata únicamente de que haga más calor. El Ideam prevé una disminución de las precipitaciones en buena parte del país y advierte que el aumento de las temperaturas puede acelerar la evaporación, reducir progresivamente los caudales de ríos y quebradas y disminuir los niveles de embalses y reservorios. Eso puede terminar afectando el consumo humano, las actividades agropecuarias, la generación de energía y los ecosistemas.
En Boyacá, el escenario ya comienza a mostrar sus primeras señales. De acuerdo con el diagnóstico departamental, 85 municipios están en alerta por posible desabastecimiento de agua, 17 ya presentan dificultades para garantizar el suministro y 90 tienen alta probabilidad de incendios forestales.
Entre el 16 de junio y el 6 de agosto, Colombia registró 438 incendios forestales en 191 municipios de 19 departamentos, con unas 7.153 hectáreas de cobertura vegetal afectadas, según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
En Boyacá, entre el 10 y el 16 de agosto, seis incendios afectaron 29,1 hectáreas de bosque en seis municipios.
Una de las dificultades de El Niño es que sus efectos no necesariamente aparecen todos al mismo tiempo.
Puede comenzar con temperaturas elevadas y días secos. Después, los suelos pierden humedad, disminuyen los caudales y los reservorios empiezan a bajar. Para el campo, eso significa más dificultades para sostener cultivos y animales. Y cuando la vegetación está seca, cualquier quema que se salga de control puede convertirse rápidamente en un incendio de mayores proporciones.
El propio Gobierno nacional ha advertido que el periodo más crítico para algunos sistemas no necesariamente coincide con el comienzo del fenómeno, sino con su fase madura, cuando los efectos acumulados sobre los recursos hídricos empiezan a sentirse con mayor fuerza. Ese es precisamente el escenario que preocupa para Boyacá.
Un departamento con una fuerte actividad agropecuaria puede enfrentar dificultades para mantener el agua destinada al consumo de las familias rurales, el ganado y los cultivos. Y si la temporada seca se extiende, la presión puede trasladarse de las zonas rurales a los sistemas de acueducto municipales.
El riesgo tampoco es exclusivamente ambiental. Una sequía prolongada puede convertirse en un problema económico.
Menos agua significa mayores costos para producir alimentos, posibles pérdidas de cultivos, dificultades para mantener animales y presión sobre los precios de algunos productos. A ello se suma el costo de atender incendios, transportar agua a comunidades afectadas y recuperar ecosistemas deteriorados.
La Defensoría del Pueblo acaba de advertir que cerca del 85 % de los eventos generadores de desastres en Colombia están relacionados con factores climáticos y pidió priorizar la protección de los derechos humanos y de los ecosistemas frente al llamado “Súper Niño”.
En ese contexto, la Gobernación de Boyacá puso en marcha la estrategia Prevenir, Proteger y Actuar (PPA), con la que pretende anticiparse a los efectos de la temporada seca.
Una de las principales apuestas está en el almacenamiento de agua. En 40 municipios se adelanta la instalación de 800 tanques Zamorano de 22.000 litros, mientras se trabaja en la construcción, limpieza y adecuación de 120 reservorios y en el fortalecimiento de distritos y sistemas de riego.
También se han entregado elementos para cosechas de agua, tanques de almacenamiento, huertas, semillas, insumos y maquinaria para producir ensilaje, buscando que los productores rurales tengan alguna capacidad de respuesta si las lluvias disminuyen durante varios meses.
La estrategia incluye además la protección de ecosistemas, la siembra de árboles, campañas para evitar quemas y el cuidado de fuentes hídricas.
Pero la prueba definitiva estará en la capacidad de respuesta cuando las necesidades superen la prevención.
Para ese escenario, el departamento asegura contar con tanques móviles y estacionarios con capacidad superior a 80.000 litros, carrotanques, vehículos de respuesta rápida para organismos de socorro en 12 municipios y reservas de ayudas humanitarias. Incluso se contempla el uso de un helicóptero si la magnitud de los incendios exige apoyo aéreo.
El gran desafío surgirá cuando el agua comience a faltar. Tener tanques y carrotanques permite atender una emergencia puntual, pero no resuelve por sí solo una sequía prolongada. Si un municipio pierde progresivamente la capacidad de abastecer a su población, la respuesta tendrá que involucrar acueductos, alcaldías, comunidades, productores y autoridades ambientales.
Por eso, más que contar cuántos vehículos están disponibles, la verdadera pregunta será cuánto tiempo puede resistir cada municipio si las lluvias siguen por debajo de lo normal.
El Ideam advierte que un El Niño fuerte o muy fuerte puede generar reducción de caudales, disminución de niveles en embalses y reservorios, mayor demanda de agua y estrés hídrico. También aumenta la probabilidad de incendios de cobertura vegetal.
Y en un departamento como Boyacá, donde buena parte de la economía rural depende directamente de la disponibilidad de agua, ese escenario puede tener consecuencias que van mucho más allá de una temporada de calor.
La preparación, por eso, no puede quedar exclusivamente en manos de la Gobernación o de los alcaldes. Una quema agrícola puede convertirse en un incendio. Una fuga de agua puede significar cientos de litros desperdiciados. Un reservorio mal administrado puede perder buena parte de su capacidad justamente cuando más se necesita.
El llamado de las autoridades es sencillo: reducir el consumo, evitar el desperdicio, no realizar quemas, proteger nacimientos y fuentes de agua y reportar rápidamente cualquier incendio.
Pero la dimensión del desafío exige algo más: entender que el agua disponible durante los próximos meses será un recurso estratégico.
El Niño todavía puede intensificarse y su comportamiento exacto no puede anticiparse municipio por municipio. Lo que sí está claro para los expertos es que el escenario exige preparación. El Ideam mantiene un alto nivel de confianza en la continuidad e intensificación del fenómeno durante los próximos meses y recomienda reforzar desde ahora las medidas de gestión del riesgo.
La capacidad de la Gobernación para disponer de tanques, carrotanques y organismos de socorro será importante. Pero el verdadero examen vendrá si la sequía se prolonga: si habrá agua suficiente para la gente, para los animales y para los cultivos; si los municipios podrán sostener sus acueductos; y si el departamento será capaz de evitar que una temporada seca termine convertida en una emergencia mayor.
El Niño no será solamente un fenómeno meteorológico. Puede convertirse en una prueba para la capacidad de Boyacá de administrar su recurso más valioso: el agua.











