
El otro día caí por casualidad en un velorio, menos mal no era el mío, fue el de “Dominga que nació siendo Domingo” Pero nadie quiso hacerse cargo del entierro, ni siquiera la madame de la casa de lenocinio, en donde trabajó durante 20 años. La dueña dijo que en la casa no, porque les llegaría la mala suerte.
Dominga, era una vieja rocanrolera con alma de quinceañera, embadurnada de maquillaje barato, que cerró para siempre los 47 años de sus ojos, el 23 de septiembre pasado. Alguien colocó una bandera gay sobre su féretro.
Aquella trans era una dura para la imaginería onírica; incluso un turco la quiso contratar como modelo porno, le prometió una cirugía de reasignación de sexo (Expectativa quirúrgica por un costo de 60 millones de pesos). Dominga se ilusionó, pero cualquier noche el turco desapareció, y ella se quedó vestida de domingo.
Su destino quedó abierto para el trajinar nocturno y desolado de los pacientes trans, en un país donde el 97% de los sufridos hombres tienen la expectativa de realizarse una (mastectomía), y el 71% de las mujeres aspira a una cirugía genital (vaginoplastia). El DANE revela que en Colombia 500 mil personas pertenecen a la población transgénero.
La Dominga que siempre tiraba para el abismo, se volvió lunática con un tanto de retardo, y antes que se le terminara de marchitar el coco, la madame la echó a la calle. Fueron sus colegas las que organizaron el velorio y prepararon el café, pues les pareció de mal gusto servir trago, no se confundiera con una festividad, también silenciaron los equipos de sonido, mientras los clientes curioseaban el ataúd.
Los burgueses del pueblo con cara de circunstancia, miraron desde la penumbra el pole dance envuelto en la bandera del orgulloso arco iris, donde Dominga fue la maestra del tubo. Es que Ni muerta dejará de poner en aprietos a la sociedad de la decencia, que no la pudo convertir a la fe de la hipocresía.
La autora de los rituales del erotismo, abandonó a sus clientes entre el hipo y el jadeo, como también dejó a sus tres gatos huérfanos. Nos dijeron que miráramos el féretro, me negué: No me gusta interferir en una vida ajena y menos cuando toma el camino de las sombras.
ESCRITO AL MARGEN: El ojo de la crítica debe aplicar una perspectiva venenosa que sirva de aguijón para lograr algo con los que mandan en la comarca, y me resulta un oficio hasta complaciente, pero representa muchos enemigos. En primer lugar, una cosa es tener ganas de polemizar, y otra muy distinta seguir vivos, además que morir requiere trámites y no tengo energía para tanta burocracia.











