
Hace cuatro años nos vendieron la ilusión del ‘cambio’, un eslogan seductor con el que la izquierda llegó al poder prometiendo una supuesta superioridad moral y una transformación absoluta de la política tradicional. Hoy, la realidad se impone de la manera más cruda y vergonzosa. Lo que estamos viendo salir a la luz en las últimas semanas no son simples tropiezos administrativos; es la radiografía de un régimen carcomido por la corrupción, el nepotismo y el desprecio absoluto por la dignidad del país.
El escándalo ya no toca únicamente las altas esferas del Ejecutivo, sino que salpica directamente a la propia familia ex presidencial, confirmando lo que muchos advertimos desde el primer día: el Estado no era el botín a repartir ni una empresa familiar para saciar ambiciones personales. A esto se suman las recientes y escalofriantes denuncias sobre intercambios sexuales a cambio de contratos, una bofetada a la meritocracia, a la decencia y a los derechos de los colombianos que se esfuerzan honradamente todos los días.
Lo verdaderamente alarmante no es solo la podredumbre que sale cada semana de las cloacas del gobierno saliente, sino la peligrosa reacción de la sociedad: el acostumbramiento. Como país, estamos cayendo en el peor de los pecados cívicos: la normalización de lo inaceptable. Pareciera que la indignación se nos hubiera anestesiado ante titulares cada vez más grotescos, tolerando que la ética pública sea un chiste y que la ley se acomode a conveniencia de los salvadores de la patria.
Una sociedad que normaliza la corrupción, el tráfico de influencias y la degradación moral en las instituciones es una sociedad que está cavando su propia tumba. Como ciudadanos de derecha, que creemos en el orden, en la autoridad legítima, en el respeto por la familia y en el valor del trabajo honesto, no podemos guardar silencio ni permitir que la desidia nos gane la partida.
Los escándalos de hoy demuestran que la supuesta pureza de la izquierda era una fachada para ocultar el peor de los abusos contra los colombianos. La historia no absolverá a quienes callaron, ni a quienes convirtieron el poder en un mercado persa. Colombia merece recuperar el carácter, la decencia y el respeto. Y el primer paso es negarnos rotundamente a normalizar esta decadencia.











