Apagar el incendio no acaba la emergencia: recuperar lo quemado podría tomar hasta 30 años

Foto | Caminantes del Retorno / Vía Facebook

Controlar las llamas es apenas la primera parte de la emergencia. El incendio que comenzó en Villa de Leyva y se extendió hacia Chíquiza y el Santuario de Fauna y Flora de Iguaque deja, según el balance preliminar más reciente, cerca de 1.340 hectáreas afectadas. Ahora comienza una tarea mucho más larga: establecer qué ocurrió con los suelos, la vegetación, la fauna y las fuentes de agua. Una advertencia técnica de la CAR señala que un bosque quemado puede necesitar entre 25 y 30 años para recuperarse y que, aun después de ese tiempo, podría no volver completamente a las condiciones que tenía antes del fuego.

El fuego puede arrasar en unas horas lo que la naturaleza tardó décadas en construir. Por eso, apagar completamente el incendio que desde el fin de semana mantuvo en emergencia a Villa de Leyva y Chíquiza no significa que el problema haya terminado. Después de las llamas comienza una segunda etapa, mucho más larga y menos visible: establecer qué pasó con los suelos, la vegetación, la fauna y las fuentes de agua de las zonas alcanzadas por el fuego y cuánto tiempo necesitarán para recuperarse.

Y la dimensión de lo ocurrido ha resultado mucho mayor de lo que mostraban los primeros balances.

El reporte más reciente señala una afectación preliminar cercana a 1.340 hectáreas. Para la tarde del miércoles, el incendio se encontraba controlado en un 90 por ciento, pero todavía permanecían puntos activos y continuaban las operaciones para lograr su liquidación. Seis aeronaves y cerca de 250 personas participaban en las labores por aire y tierra.

La cifra todavía es preliminar y tendrá que ser precisada cuando sea posible evaluar completamente el terreno. Pero ya permite entender que Boyacá está ante una de las emergencias ambientales más importantes de los últimos años.

Una reciente advertencia técnica de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, CAR, aunque relacionada con los incendios registrados en su jurisdicción, permite dimensionar las consecuencias que puede dejar una conflagración forestal como la ocurrida en Boyacá.

Según su director general, Alfred Ignacio Ballesteros, un bosque afectado por un incendio puede necesitar entre 25 y 30 años para recuperarse, dependiendo de las características del ecosistema y de las estrategias de restauración que se desarrollen.
Y hay algo todavía más preocupante: después de esas dos o tres décadas el ecosistema podría no volver completamente a las condiciones que tenía antes del incendio.

En Villa de Leyva, Chíquiza y el área alcanzada del Santuario de Fauna y Flora de Iguaque, ubicado también en jurisdicción de Arcabuco, todavía falta establecer con precisión la dimensión del daño ambiental. Esa evaluación deberá determinar cuántas hectáreas y qué tipo de coberturas fueron realmente afectadas, cuáles especies resultaron comprometidas y qué consecuencias puede haber sobre los suelos, la fauna y las fuentes hídricas.

Porque lo que queda debajo de la vegetación quemada puede convertirse ahora en uno de los principales problemas.
Las altas temperaturas de un incendio pueden destruir parte de la materia orgánica y de los organismos presentes en el suelo. Las cenizas también pueden modificar propiedades como el pH y la disponibilidad de nutrientes y, dependiendo del material quemado, incorporar otras sustancias.

El problema puede hacerse más evidente cuando lleguen las lluvias. Sin árboles, arbustos y demás cobertura vegetal, el suelo pierde una de sus principales barreras de protección. El agua puede desplazarse entonces rápidamente sobre la superficie, producir escorrentías, abrir surcos y arrastrar tierra y sedimentos hacia quebradas y otras fuentes hídricas.

“El comportamiento del suelo después de un incendio es determinante. Cuando se pierde la cobertura vegetal, aumenta su exposición y, especialmente en zonas de pendiente, una lluvia fuerte puede desencadenar procesos de erosión y movilización de sedimentos”, explicó Ballesteros.

Esa advertencia resulta especialmente importante después de lo ocurrido en las montañas de Villa de Leyva, Chíquiza e Iguaque, donde buena parte del incendio avanzó precisamente sobre terrenos inclinados.

La secuencia puede ser sencilla pero devastadora: incendio, pérdida de vegetación, suelo desnudo, menor infiltración del agua, aumento de la escorrentía, erosión, pérdida de suelo fértil y finalmente sedimentación y posible afectación de fuentes hídricas.
Por eso, las primeras lluvias después de un incendio de estas características también tendrán que ser vigiladas.

Los efectos pueden ser todavía mayores cuando el fuego alcanza bosques andinos, ecosistemas altoandinos y zonas de alta montaña, donde las condiciones ambientales son particulares y los procesos naturales de recuperación pueden ser mucho más lentos.

La pérdida de pajonales, matorrales y otras especies nativas puede comprometer ecosistemas que cumplen funciones importantes en la regulación hídrica. En los bosques andinos y altoandinos también pueden encontrarse especies nativas de crecimiento lento como encenillos, robles, alisos, laureles, arrayanes, cucharos y gaques, además de numerosos arbustos y plantas del sotobosque.

Sin embargo, será el estudio específico de las áreas quemadas el que permita determinar cuáles especies y ecosistemas resultaron realmente afectados. No todos los incendios tienen las mismas características ni producen exactamente los mismos daños.

La recuperación tampoco tiene un plazo único. La vegetación puede comenzar a aparecer nuevamente durante los primeros meses, pero eso no significa que el ecosistema se haya recuperado. Restablecer las funciones del suelo, recuperar determinadas especies y volver a alcanzar condiciones semejantes a las existentes antes del incendio puede tomar años o décadas.

Según la explicación entregada por el Director de la CAR, con base en información del Ministerio de Ambiente, un bosque afectado por un incendio puede necesitar aproximadamente entre 25 y 30 años para recuperarse, dependiendo del ecosistema y de las estrategias de restauración aplicadas.

“Incluso transcurrido ese tiempo, el ecosistema puede no recuperar completamente las condiciones que tenía antes del incendio”, advirtió Ballesteros.

Por eso, cuando sean liquidados los últimos puntos del incendio comenzará otra tarea. Habrá que conocer primero el balance ambiental real de lo ocurrido y establecer qué zonas pueden recuperarse mediante regeneración natural, cuáles necesitarán intervención y qué medidas deberán adoptarse para evitar que la erosión y las lluvias profundicen el daño.

También habrá que determinar qué ocurrió con las fuentes de agua y con la fauna que habitaba las zonas alcanzadas por las llamas.

El incendio terminará cuando desaparezca el último foco. La emergencia ambiental, en cambio, apenas estará comenzando. Y algunas de sus consecuencias podrían permanecer durante décadas.

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