
Mientras en Europa muchos de estos antiguos ingenios fueron convertidos en piezas de museo, en Boyacá todavía hay molinos hidráulicos que, después de más de cuatro siglos, siguen utilizando agua, madera y enormes piedras para convertir el trigo en harina. Cerca de 70 han sido identificados en el departamento y varios permanecen activos. Su historia será presentada la próxima semana en México como ejemplo de un extraordinario patrimonio vivo.
No tienen motores eléctricos, sofisticados engranajes ni computadores. En algunos casos ni siquiera han cambiado sustancialmente desde hace siglos.
El agua baja por una acequia, mueve un rodezno de madera y pone a girar una enorme piedra sobre otra. Arriba se deposita el grano. Abajo aparece la harina. Así de sencillo.
Y así llevan funcionando algunos molinos hidráulicos de Boyacá durante más de 400 años.

Son sobrevivientes de un mundo campesino que parecía condenado a desaparecer, pero que ahora empieza a ser mirado con otros ojos: como patrimonio histórico, como posibilidad de turismo cultural y, especialmente, como una herramienta que puede contribuir a recuperar la producción local de trigo y fortalecer la seguridad y la soberanía alimentaria. La historia ha llamado la atención incluso fuera de Colombia.
Del 9 al 12 de septiembre, en Tlaxcala, México, el investigador, historiador y escritor boyacense Henry Neiza Rodríguez presentará el caso durante el Segundo Encuentro Iberoamericano de Molinología.
Y tiene una historia extraordinaria para contar. Todo comenzó con trigo en Tunja hace casi cinco siglos.
Según las investigaciones de Neiza, el primer lugar de la Nueva Granada donde se sembró trigo fue Tunja. Jerónimo de Aguayo habría realizado allí la primera siembra en 1540.

El recuerdo permanece incluso en el mapa de la ciudad: de aquella historia provendría el nombre del sector de Los Trigales.
Solo un año después, en 1541, ya existía en Tunja un molino hidráulico. Con la expansión del trigo comenzaron también a multiplicarse estos pequeños ingenios por el territorio que hoy corresponde a Boyacá.
Hubo una presencia importante en la región de Villa de Leyva y en municipios como Cucaita, Sora y Samacá. También se extendieron por el norte del departamento y por la provincia de Valderrama.
Neiza calcula que en Boyacá pueden existir alrededor de 70 molinos hidráulicos de piedra. Lo extraordinario no es solamente que hayan sobrevivido. Es que algunos todavía funcionan.
El principio tecnológico parece elemental. El molino se construye cerca de un río o una quebrada. Desde allí se conduce el agua mediante una acequia hasta una estructura en la que su fuerza hace girar un rodezno de madera.
Ese movimiento se transmite a las piedras del molino. Hay una piedra fija, conocida como solera, y sobre ella gira la piedra volandera. El trigo o el cereal cae desde una tolva y, al pasar entre las dos piedras, se transforma en harina.
No necesita electricidad. La energía la pone el agua. El sistema pertenece a lo que los especialistas denominan preindustria: tecnologías anteriores a la Revolución Industrial que, pese a su aparente sencillez, demostraron una eficacia extraordinaria.
Algunos molinos boyacenses han trabajado durante siglos. Y todavía hay campesinos que prefieren la harina que sale de esas piedras a la producida industrialmente.
Una de las historias más interesantes está ocurriendo actualmente en Socha, Socotá, Jericó y Chita.

Allí todavía existen molinos en operación y alrededor de ellos comienza a desarrollarse un proceso que conecta una tecnología centenaria con una preocupación absolutamente contemporánea: volver a producir alimentos en el territorio.
Agrosolidaria viene promoviendo la recuperación del cultivo orgánico del trigo y parte de esa producción termina convertida artesanalmente en harina en molinos de piedra.
El resultado ha comenzado a encontrar compradores fuera de Boyacá. Según Neiza, Crepes & Waffles está adquiriendo harina producida mediante este proceso para utilizarla en parte de su oferta gastronómica. La cadena incluso adquirió piedras y montó un molino con fines demostrativos en uno de sus establecimientos.

La experiencia abre una posibilidad que va mucho más allá de conservar edificios viejos. Si se recupera el trigo, funcionan nuevamente los molinos y existe mercado para esas harinas, un patrimonio de cuatro siglos podría convertirse también en una fuente de ingresos para familias campesinas.
Y alrededor de esa actividad podrían desarrollarse rutas de turismo cultural. El molino dejaría entonces de ser únicamente memoria. Volvería a ser economía.

Pero detrás de las piedras hay algo todavía más valioso: conocimientos y costumbres transmitidos durante generaciones.
Neiza asegura que existe una tradición histórica según la cual, desde finales del siglo XVIII, la operación de los molinos quedó principalmente en manos de mujeres, una práctica que en algunos lugares habría logrado mantenerse. También sobrevivió una antigua modalidad de pago: la maquila.

En lugar de cobrar dinero por moler el trigo, el molinero recibe como pago una porción del producto. Alrededor del molino sobreviven además otros saberes.
Está quien conoce cómo reparar una tapia; quien sabe intervenir las cubiertas tradicionales; quien puede picar correctamente una piedra de molino; quien identifica la madera apropiada para reemplazar una pieza del rodezno.

Y están los artesanos que todavía fabrican cedazos, zarandas, arneros y otros utensilios necesarios para procesar los cereales.
Por eso Neiza insiste en que no se trata solamente de conservar una construcción. Es un ecosistema cultural.
Mientras en España y otros países europeos numerosos molinos antiguos han tenido que ser restaurados para convertirlos en atractivos turísticos, investigadores extranjeros encontraron en Boyacá algo que les resultó sorprendente: molinos centenarios que nunca dejaron completamente de hacer aquello para lo que fueron construidos: moler; patrimonio vivo”, lo denomina Neiza.

La investigación sobre los molinos es apenas uno de los capítulos de una búsqueda que Henry Neiza comenzó cuando tenía 11 años.
Nació en Cucaita y recuerda el momento en que descubrió que la iglesia de su pueblo aparecía en una enciclopedia de arte colombiano. Encontrar allí un lugar que hacía parte de su vida cotidiana le cambió la mirada.
Después encontró referencias a los templos de Sora, Sáchica, Oicatá y Chivatá. Lo que comenzó como curiosidad infantil terminó convirtiéndose en una vida dedicada a investigar el patrimonio boyacense.
Estudió Artes Plásticas en la UPTC y dedicó su trabajo de grado a la arquitectura religiosa. Investigó los parámetros utilizados para la construcción de los templos y los contrastó con las disposiciones religiosas de la época. La investigación fue laureada.
Después estudió restauración y Administración Pública, participó en procesos de protección patrimonial y comenzó a buscar los antiguos documentos relacionados con la fundación de los llamados pueblos de indios.
En esos archivos apareció otra historia monumental. Los templos doctrineros no fueron simplemente iglesias construidas en poblaciones que ya existían.

En numerosos casos ocurrió prácticamente lo contrario: alrededor del templo comenzó a organizarse el pueblo. Neiza explica que, después del auto de fundación, se trazaba la plaza y uno de los primeros terrenos asignados era el destinado a la iglesia, que debía localizarse en la manzana oriental.
Después se distribuían las demás manzanas y solares. De esa organización colonial surgieron numerosos poblados que terminarían formando parte del actual departamento de Boyacá.
Es decir, esas pequeñas iglesias de paredes blancas, techos de teja y gruesos muros que hoy pueden parecer simplemente parte del paisaje guardan una información mucho más profunda. Ayudan a explicar cómo nacieron muchos de nuestros municipios.
Las investigaciones realizadas por Neiza han identificado 72 templos doctrineros en Boyacá, incluidos algunos que se encuentran en ruinas.
Pero existe una enorme diferencia entre reconocer su importancia histórica y garantizar su conservación. Según el investigador, 14 cuentan con protección como bienes de interés cultural de carácter nacional y otros cuatro o cinco tendrían declaratorias municipales.
Eso significa que una parte considerable de ese patrimonio permanece sin una protección equivalente. Y tienen más de cuatro siglos encima. Han soportado lluvias, modificaciones, abandono y hasta terremotos. Algunos permanecen sorprendentemente enteros. Otros necesitan intervenciones urgentes.
Sin embargo, hay historias que demuestran hasta dónde puede llegar la apropiación de una comunidad por su patrimonio. Una ocurrió en Cucaita.
La restauración de su templo se realizó, según Neiza, con aportes comunitarios y sin recursos públicos.
Pero quizá el caso más impresionante sea Sáchica. El investigador sostiene que su restauración requirió una inversión superior a $1.300 millones y fue financiada sin aportes públicos, gracias al esfuerzo de la propia comunidad.
Algo similar ocurrió en Otengá, centro poblado de Betéitiva: aunque existieron estudios financiados con recursos departamentales, la comunidad aportó dinero para ejecutar la intervención del templo. No se trataba simplemente de arreglar paredes.
Era la decisión de una población de conservar una parte de sí misma.
Después de décadas investigando y 25 publicaciones dedicadas al patrimonio material e inmaterial de Boyacá, Henry Neiza ha encontrado una paradoja.
Muchas veces son precisamente quienes viven junto a estos bienes quienes menos conscientes son de su importancia. Le ocurrió investigando antiguas estaciones ferroviarias.
Cuando preguntaba por ellas, algunos habitantes respondían refiriéndose a “esa casa vieja que se está cayendo”. Hasta que alguien les explicaba: No es simplemente una casa vieja. Es un monumento. Entonces cambiaba la mirada.
Con los molinos hidráulicos puede estar ocurriendo algo parecido. Durante generaciones fueron parte ordinaria del paisaje campesino. Allí se llevaba el trigo, se esperaba la molienda, se pagaba con una porción de harina y se regresaba a casa. Nada extraordinario.
Hasta que cuatro siglos después alguien hace una comparación y descubre que aquello que en otros países se intenta reconstruir para mostrarlo en un museo, en algunas montañas de Boyacá todavía funciona.
El agua continúa bajando por la acequia.
El rodezno sigue girando.
Una piedra continúa moviéndose sobre otra.
Y de allí sigue saliendo harina.
Tal vez esa sea la verdadera dimensión de este patrimonio: Boyacá no conserva solamente las ruinas de su historia. En algunos lugares, todavía la pone a trabajar.
Ver esta publicación en Instagram










