
Por | Esperanza Buitrago Diaz / (PhD, LLM, JD) Docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Maastricht, Países Bajos
Hacia 1982 llegó a Bogotá Carros de fuego, una película con la que mis padres me dejaron varios mensajes. La película contaba la historia de varios atletas británicos que participaron en los Juegos Olímpicos de París de 1924. En mi memoria quedaron grabadas las escenas acompañadas del Chariots of Fire de Vangelis con la que se reforzaba la semblanza de los atletas mientras la música parecía venir de un lugar que no pertenecía ni al cine ni al mundo. Uno de ellos era Eric Liddell, cristiano presbiteriano, hijo de una familia de misioneros escoceses que se hizo famosa en 1924, pues al dirigirse él a las olimpiadas descubrió que las eliminatorias de los cien metros —su especialidad— se disputarían un domingo, por lo que se negó a correr. Nada le hizo cambiar de parecer, salvo para cambiar su carrera a una de los cuatrocientos metros. La razón era sencilla y fácil de comprender para una niña, aunque a veces fácil de olvidar: el domingo es el día del Señor. Así, en lugar de correr los cien metros en domingo, contra todo plan y pronóstico, por no ser su especialidad, Liddell corrió los cuatrocientos metros entre semana y además de ganar la medalla de oro, la logró con un récord olímpico de 47,6 segundos. La música de la película eleva el esfuerzo por encima de la pantalla y se entra por cada poro hasta crear o recrear enamoradas mariposas que vuelan por el cuerpo y elevan la conciencia ante la semblanza de una vida y convicción como la de Liddell. Para mi, hasta el verano de 2026 ninguna otra vida o actuación llegaron a ser comparables ni a superar esa semblanza.
Pero en el verano de 2026 todo cambió, al mejor estilo de los colombianos, con el realismo mágico que aun describe a un pueblo maravilloso que no solo se levanta de sus dificultades a pesar de todo sino que además se disfruta y lucha el proceso hasta el final. Un pueblo paciente que, como dijo André Rieu en Maastricht, es capaz de recrearse a sí mismo en las dificultades, como le pasó en Bogotá al irse la luz en uno de sus conciertos y en el que la flauta inesperada, interpretada por un niño asistente al concierto, trajo el folclore y la pasión de los colombianos al auditorio, dejando maravillados a los holandeses. No necesitan que los entretengamos pues ellos se entretienen a si mismos, dijo Rieu.
Pues bien, en julio de 2026 mi Colombia vino a mi, gracias a la profesora y doctora Carolina Olarte Bácares, Embajadora colombiana en el Reino de los Países Bajos. En una reunión en la que coincidimos en el Palacio de la Paz en La Haya, a fines de mayo de 2026, ella apeló a mi solidaridad para apoyar a una banda sinfónica de un municipio Colombiano del que yo seguramente no habría oído jamás. La banda sinfónica de ese municipio había pedido ayuda a la Embajada con ocasión de su inscripción y admisión en el Concurso Musical Mundial (Wereld Muziek Concours ‘WMC), un festival que se organiza en la ciudad de Kerkrade al sur de los Países Bajos, muy cerca de la frontera alemana y también de la ciudad de Maastricht, donde vive la autora de estas líneas.
El concurso se realiza cada cuatro años y en 2026 celebra sus 75 años de existencia. Así, cual olimpiada, el concurso reúne miles de músicos de todos los continentes con competencias en diferentes categorías y modalidades de la música de viento en todas sus formas, de suerte que no hay un solo ganador sino varios y en diferentes modalidades. En 2026 compitieron siete bandas colombianas, una de las mayores delegaciones de los llamados en Europa como “Juegos Olímpicos de la Música de Viento”, con representación de las bandas sinfónicas de Cota, Caldas, Samacá, Sabaneta, Tibasosa, Villeta y el colegio San Jorge de Inglaterra (Bogotá).
Tras acordar colaborar con mis connacionales quise conocer el nombre de ese municipio lejano, descubriendo así que se trataba de la tierra de mi padre y de mis abuelos paternos, de los que poco da cuenta ya mi acento ex-bogotano. Sobre la cordillera oriental, a 2765 metros sobre el nivel del mar, se extiende la tierra samaquense con 160 kilómetros cuadrados de unas tierras tan hermosas como ricas, en las que la agricultura, la ganadería, la minería y la tradición textil nutren una población de 20.038 habitantes. Es un pueblo laborioso, perseverante, disciplinado, acostumbrado tanto al frio como a su ruana, amante de la cultura, la música, el deporte y la educación, con una fe que es motor de desarrollo y superación, llevada incluso a una competencia de tractomulas en reverso en honor de la virgen del Carmen.
Desde la participación de Jorge Perry Nova Villate en los olímpicos de los Ángeles en 1932 los samaquenses no tenían atletas en unas olimpiadas. Calladitos, al mejor estilo de los boyacenses, para el 2026 tenían listos a 65 para los olímpicos de viento. De nuevo el talento no faltaba, pero “la plata” si. El rompecabezas del que me hizo participe el Señor Wilson Castiblanco Gil, alcalde de Samacá, tras la embajada ponernos en contacto, involucraba completar los recursos faltantes para los transportes aéreos y terrestres, encontrar un lugar donde alojar a los 65 miembros de la banda y hacer el sueño realidad.
Con los precios de los pasajes al alza tras las guerras que padece la humanidad, el número de integrantes de la banda y el numero de bandas de tantos lugares del mundo inscritas a la competencia y los hoteles a reventar, la situación era desesperada. La misión era hacer posible lo imposible en menos de cuatro semanas. Mi red de amigos y de colegas tributaristas recibió mi llamado de auxilio y vino con ideas, algunas donaciones y esperanza. Buscando incesantemente durante un par de semanas encontré en Heerlen, a 16 minutos del lugar de la competencia, un lugar con capacidad para toda la banda. In den Hof ofreció pensión completa a un precio razonable y por debajo de los hoteles comerciales mas económicos a cien metros a la redonda. Mientras el camino se despejaba, una semana antes de la fecha programada para el viaje, cien millones de pesos eran la distancia real para la meta.
A diferencia de Liddell, el inglés no es la lengua de los integrantes de la banda y ante las limitaciones lingüísticas que me había expresado el alcalde, mis hijas colombo holandesas y yo tomamos la decisión de alquilar una carpa india en In den Hof para en esa semana de vacaciones ayudarlos en lo que hiciera falta, desde su llegada hasta su partida. Seis días récord desde su recibimiento por La Embajada en el aeropuerto y por a mi en In Den Hof (Heerlen). Dos días para reponerse del jet lag y sobre todo, para ponerse “a tono” en sus ensayos, un día para competir y otro para presentarse al aire libre y esperar los resultados. El último día para conocer algo y dirigirse al aeropuerto, en dirección de nuevo al altiplano cundiboyacense. Cinco días largos si se quiere, o seis…
Seis días de conocer la rutina de la banda, descubrir que oraban con devoción en la mañana, antes de sus ensayos ofrecían su trabajo a Dios y al final del día, se despedían con un Rosario en agradecimiento a la Virgen Maria. Seis días a prueba de fuego para mis hijas traduciendo del español al inglés o al holandés y viceversa. Una corta estancia para sus integrantes conocer algo de la región menos desarrollada de Holanda, pero aun así, con varios de los fierros holandeses: la presencia de la tecnología en el diario vivir y que ha desplazado el servicio humano donde no se requiere cualificación, infraestructuras en que todo funciona, las calles limpias y en perfecto estado, listas y previstas para los peatones y las bicicletas -con pequeños detalles que enamoran-, los trenes rápidos y los regionales, los aviones, los barcos, todo tipo de transporte de personas y de carga funcionando, la costumbre de comer una comida caliente al día, no almuerzo y cena, con un emparedado por almuerzo. Seis días para constatar que los holandeses son como mínimo bilingües, que es un pueblo con el talante para robarle tierra al mar y mantener su país por debajo del nivel del mismo, que la puntualidad y el respeto por los acuerdos es una regla de oro, que el estatus se muestra menos y la sociedad en el diario vivir aparenta ser mas igual y poco jerárquica, ampliamente respetuosa del otro, al punto que el individualismo se disfraza de respeto sin importar el traje o el peinado; que en aras de una sociedad visualmente mas igual la riqueza no se ostenta aunque se tenga, y que hay una gran confianza en lo publico, en que las cosas funcionan, confianza de la que las personas tienen un gran orgullo o incluso ego. Lo colectivo importa pues los impuestos llegan a donde deben y la participación no es solo con impuestos. Además, que la vocación internacional del holandés no es solo para el comercio mundial o los tribunales internacionales, entre otras, también para las competencias musicales gracias a una infraestructura y formación que les permite traer y tener el mundo en casa!
Entre tanto descubrimiento, la hora de la competencia había llegado, las bandas de viento en tercera división competirían por dos días. El director de la banda de Samacá, el Sr. Julian Ropero y yo estábamos desde el inicio de la competencia en el teatro, en el centro de la ciudad. Mis hijas llegarían a la hora prevista con la banda y Kultureis, la agencia turística a cargo de toda la logística de desplazamientos. El Director observaba atento a las bandas participantes desde un lugar muy cercano al del jurado, había elegido una buena posición para determinar su estrategia final. El descanso no fue su momento para café sino para revisar la acústica del podio y decidir donde ubicar a los miembros de la banda, algo no le sonaba bien.
25 de Julio, 16:00 horas. El minuto cero había llegado, Colombia estaba presente con las bandas de Tibasosa y Samacá y un auditorio con connacionales que habían venido desde otros lugares de Los Países Bajos, de Europa y por supuesto, de Colombia, para acompañar en ese momento a nuestras bandas. Las banderas y los aplausos fueron la apertura para cada una y el último impulso para su presentación. El jurado, incrédulo ante un aplauso emocionante y cargado de entusiasmo se dio la vuelta para mirarnos. Los trajes largos, blanco y rosa de las chicas de la banda de Samacá destacaban frente al negro de las chicas de otras bandas. Vestidos de luces y colores, pronto se ubicaron conforme a las indicaciones del director, la estrategia acústica con la que su música llego a todo el teatro, primero con las interpretación de Solanum, luego Evolution for Winds y al final, la Suite 1819 del compositor manizaleño Juan Sebastián Velasco, también presente en la competencia como director de la también magnífica banda de Caldas.
En esta ocasión la Suite 1819 no solo narraba la Campaña Libertadora de 1819, o el recorrido y las circunstancias que llevaron al ejército independentista hasta la decisiva Batalla de Boyacá del 7 de agosto de 1819, la suite era la obra elegida por la banda de Samacá para ganar su batalla. El bambuco como camino a la lucha, el torbellino para el descanso en el Pisba y la quirpa como instrumentación del choque entre dos mundos y la identidad de una nueva nación- de España a los llanos-. El ritmo de las castañuelas retumbaba como caballos que firmes avanzaban a su lucha, con dejes de paso doble que a la vez me transportaban a los dos mundos que son nuestros orígenes. Esos ritmos musicales colombianos originales y nuevos deleitaron tanto a un jurado como a un público de varios lugares del planeta, una interpretación radiante cargada de sensibilidad y pasión que se llevo un aplauso decidido, sobre todo de los tres miembros del jurado.
La espera de los resultados estuvo acompañada del concierto al aire libre el día siguiente, el fringe. La interpretación de Samacá seguía a la de la banda de Oświęcim, el municipio en donde se encuentra el campo de concentración de Auschwitz en Polonia. La banda de Polonia puso al auditorio a bailar sus ritmos, una iniciativa que miembros de la banda de Samacá secundaron, bailando con los miembros de la banda y otros asistentes. A continuación la banda de Samacá se puso de ruana al festival de Kerkrade con una de las mejores mezclas e interpretaciones de salsa con varios ritmos del folclor nacional que he escuchado en mi vida. Aquí no faltó la versión de cámara de la cucharita y de Julia, la Julia a quien se quiere mas que a un camión y con el que un boyacense podría volar para alcanzar la dama de su amor. Maravilloso. Los miembros de la banda de Oświęcim no tardaron en salir a bailar nuestros ritmos encontrando sus parejas colombianas, con gente que se aglomeraba para disfrutar este momento y bailar o simplemente escuchar.
La banda toco con tanta pasión, sensibilidad, fuerza y entusiasmo que era simplemente increíble estar allí. Al terminar su presentación recuerdo a algunos de los integrantes de la banda comentar entre si que por la configuración de la tarima para el fringe, era imposible para ellos escuchar nada pues tenían las trompetas resonando en sus oídos y al final ya tocaban con su corazón al ritmo que el director marcara. Pues eso justamente fue lo que vivimos, una banda que tocaba con su corazón y vibraba con aquello que llevaba en su interior, una gran preparación personal, musical y religiosa, beneficiaria de un gran guía musical, un director preocupado también por la formación, desarrollo y espiritualidad de sus miembros.
El anuncio de los ganadores comenzó y al mencionarse la primera de la lista, los muchachos pensaron que habían perdido, pero al clarificarles que habían empezado por el ultimo lugar recobraron la esperanza y contaban uno a uno los anuncios. Al llegar al quinto lugar los chicos estaban emocionados pues ya estaban entre los primeros cinco, al llegar al segundo puesto varios niños ya se tomaban de las manos y querían llorar, preguntándome si no me había equivocado. El segundo lugar se declaró desierto y el primero era para la banda especial de Samacá. En medio de la confusión, los chicos no podían creer estar entre los dos primeros lugares, sus lagrimas caían mientras saltaban radiantes de alegría y no cabían de la dicha cuando su alcalde Wilson Castiblanco Gil pidió a la banda que pasara a la tarima para celebrar el primer lugar. Cada segundo y cada paso lo vivimos como en un accidente: en cámara lenta. Fue simplemente emocionante.
Tras su éxito conocí mas detalles que me hubieran quitado por completo el sueño cuando buscaba financiación para la banda. Yo sabia que en Colombia la financiación de las mas de 1200 bandas musicales no es sencilla pues, ante otras necesidades ingentes en el presupuesto nacional, lo que le corresponde a cada municipio para este tipo de esfuerzos no pasa de un promedio de 10 millones de pesos. Pero lo que no sabia era que días antes de venir a Holanda, además de los muchos conciertos organizados por la banda, su Director Julian Ropero apeló incluso a la solidaridad de todas las bandas colombianas para que les dieran cualquier ayuda, grande o pequeña; la fundación Takari, creada por los padres de familia para promover la cultura, el deporte y el desarrollo de las nuevas generaciones en Samacá también buscaba infructuosamente mas donaciones; los jóvenes integrantes de la banda habían salido a vender dulces a las calles, a tocar canciones en la calle esperando alguna moneda de vuelta, a pedir dinero en los semáforos y sus padres incluso hicieron 400 gallinas para vender en el mercado de Tunja, debiendo devolverse con la perdida económica pues no se vendieron muchas.
Quizá porque eran de Boyacá, aquellos muchachos parecían haber aprendido desde niños la lección que mi padre samaquense también me dio, que las cosas difíciles no se discuten demasiado: se hacen. Había en ellos esa mezcla tan boyacense de humildad y fortaleza, de fe y trabajo, de silencio y perseverancia. Los samaquenses llevan además algo de la historia de su tierra: un pueblo hecho de campesinos, mineros, tejedores y trabajadores acostumbrados a sacar adelante las cosas con las manos. Y cuando todo parecía perdido para niños y jóvenes que cuentan con recursos económicos muy limitados, hicieron lo que probablemente habían visto hacer a nuestros padres y a nuestros abuelos: siguieron intentando y dando lo mejor de sí. Liddell corría para honrar a Dios; aquellos muchachos tocaban para hacer lo mismo.
El resultado para Colombia no podía ser mejor: Sabaneta, campeón mundial bandas de viento segunda división. Samacá campeón mundial bandas de viento tercera división. Caldas campeón mundial división de concierto de bandas juveniles. El colegio San Jorge de Inglaterra ( de Bogotá) participante en la banda de viento división de jóvenes se llevo un Award for a musical promise or remarkable musical achievement | improvisation soloists. Y las bandas de Tibasosa, Cota y Villeta también alcanzaron puntajes destacados. Así, me ha quedado la coincidencia extraordinaria de que esa semblanza de Liddell y reflejada en una película vista en Bogotá en 1982, 44 años después se repetía por cuenta de compatriotas de la tierra de mis antepasados; también, de que mis hijas y yo pudimos ayudar a 65 músicos boyacenses a hacer historia en los “olímpicos del viento” en Holanda. Meritorio además, que el puntaje obtenido por la banda es el mas alto obtenido en esa categoría en la vida del concurso.
¿Y ahora, por qué Sa Sa Sa? El primer Sa, por sus orígenes lingüísticos con la adopción del Sa ‘en vez de Camaca- que en lengua chibcha refleja un título de nobleza, algo que parece hecho para esta tierra y para su gente. El segundo Sa, porque la banda lo dice y lo hace, la banda tiene sabor: sabor colombiano, boyacense, a ruana, a carranga boyacense pero de cámara, a salsa, a folclor nacional y a esa alegría tranquila y callada que confronta las frías mañanas boyacenses. El tercer Sa, por sacrificio. Porque ese sabor no apareció por casualidad: detrás de cada nota hay una banda que ora y labora, trabajo, fe, conciertos, dulces, gallinas, donaciones, solidaridad, 65 jóvenes, un director, un alcalde, una fundación de padres que no renunciaron a su sueño, y mis hijas y yo que nos negamos a que ellos tuvieran que renunciar al mismo. Felicidad y felicitaciones -de y- a todos quienes contribuyeron a tantos logros.











