Vivir de la música en Boyacá: Entre las fiestas, las regalías y el milagro de conseguir un contrato

En Tunja podría haber entre 200 y 250 agrupaciones musicales pequeñas que compiten por contratos, serenatas, fiestas y celebraciones. Henry Navarro Quintero, cantante y compositor santandereano que llegó a Boyacá hace 29 años, revela cómo funciona ese mundo poco conocido: cuánto reciben los artistas por derechos de autor, cuáles son los meses de las vacas flacas, cómo sobreviven a las plataformas digitales y por qué, según él, las alcaldías prefieren contratar artistas de afuera. Una conversación sobre la música, el dinero, la competencia y la difícil tarea de vivir de cantar.

“Ahora los artistas vivimos de milagro”

Henry Navarro Quintero lo dice entre risas, pero la frase tiene mucho de verdad y poco de exageración. Lleva casi tres décadas cantando en Boyacá, ha grabado ocho producciones discográficas, tiene unas 35 canciones registradas en Sayco, ha recorrido buena parte de los municipios del departamento y conoce como pocos el negocio de poner a bailar a la gente.

A sus espaldas hay miles de horas de música, fiestas patronales, aguinaldos, matrimonios, serenatas y celebraciones. También hay temporadas sin contratos, una competencia cada vez más feroz, dificultades para entrar en las programaciones oficiales y una transformación del negocio musical que acabó con una de las fuentes de ingresos que antes tenían los artistas: la venta de discos.

Navarro es de esos músicos que pueden presentarse con una orquesta de 14 integrantes, con un pequeño grupo de cinco, acompañado apenas por dos artistas o, si el presupuesto no alcanza para más, solo con su teclado y su voz.

Ha aprendido que, en el negocio de la música regional, el talento importa, pero también la capacidad de adaptarse al bolsillo del cliente.

Y sabe que una cosa es ser conocido en los pueblos de Boyacá y otra, muy distinta, lograr que una canción se convierta en éxito nacional.

“Uno pegando una sola canción; una sola canción que pegue a nivel nacional, con eso puede vivir toda la vida”, asegura.
No es una fórmula garantizada, pero resume el sueño de centenares de cantantes que trabajan durante años esperando que llegue ese éxito capaz de cambiarles la vida.

Una ciudad pequeña para tantos músicos

La conversación con Henry Navarro tuvo lugar durante el Festival Internacional de la Cultura Campesina. Aunque el motivo era hablar de su nueva producción musical, terminó convirtiéndose en una radiografía del oficio de músico en Tunja y Boyacá.

¿Cuántas personas viven de cantar, tocar un instrumento, integrar un mariachi, amenizar una fiesta o presentarse en una celebración popular?

No hay una cifra oficial en la entrevista, pero Navarro se atreve a hacer una estimación basada en su experiencia.

“En Tunja se estima que grupos así pequeños hay alrededor de 200, 250 grupos como tal. Eso multiplíquelo por los integrantes que tenga cada grupo”.

Si cada agrupación tuviera, por ejemplo, cuatro integrantes, estaríamos hablando de entre 800 y 1.000 músicos vinculados a esas formaciones. Y eso sin contar solistas, intérpretes ocasionales, técnicos de sonido, productores y otros trabajadores que participan en el negocio.

Es apenas un cálculo ilustrativo, no un censo, pero permite dimensionar un mercado laboral y cultural que suele pasar inadvertido. Para Navarro, la competencia se ha multiplicado.

En Tunja hay mariachis, tríos, orquestas tropicales, conjuntos de música popular, agrupaciones vallenatas, carrangueras y músicos que interpretan prácticamente cualquier género. A ellos se han sumado artistas procedentes de otras regiones y del extranjero, particularmente venezolanos, a quienes Navarro reconoce su calidad musical. “Esto es un monstruo grande, aquí hay mucha gente”, afirma.

“Esto es un monstruo grande, aquí hay mucha gente”

Lo comprobó personalmente en 2019, cuando aspiró al Concejo de Tunja con la intención de representar y unir a los artistas.
Las convocatorias de estímulos culturales de la Alcaldía y la Gobernación también le han permitido observar la cantidad de músicos que buscan una oportunidad.

El problema es que, mientras crece la oferta, los escenarios para trabajar y los recursos disponibles no necesariamente aumentan en la misma proporción.

En una ciudad del tamaño de Tunja, cientos de agrupaciones terminan disputándose un mercado que depende, en buena medida, de celebraciones familiares, establecimientos comerciales, contratos particulares y fiestas financiadas por las administraciones municipales.

“Gracias a Dios yo me muevo porque llevo bastante tiempo aquí y porque tengo mi clientela. Entonces, los fines de semana, si no llama uno, llama el otro, pero algo va a salir”, cuenta. Para un artista que apenas comienza, construir esa clientela puede tomar años.

El calendario de las vacas gordas y las vacas flacas

En el mundo de los músicos boyacenses, diciembre no es solamente el mes de Navidad. Es la temporada que puede salvar buena parte del año. Navarro conoce de memoria el calendario de las fiestas.

Octubre y noviembre, con sus puentes festivos, anuncian la recuperación del trabajo. Diciembre es el mejor mes, cuando los aguinaldos, las fiestas empresariales, las celebraciones familiares y las festividades municipales multiplican las contrataciones.
Enero todavía ofrece oportunidades con las ferias y fiestas de algunos municipios. Pero después llega la temporada difícil. “Febrero está malo, marzo está malo, abril está malo”, explica.

Mayo ofrece un pequeño alivio con las celebraciones del Día de la Madre. Junio vuelve a mover el negocio con las fiestas de mitad de año. Julio trae las festividades de la Virgen del Carmen, mientras agosto y septiembre presentan un comportamiento irregular. Y nuevamente octubre anuncia el comienzo de la temporada esperada.

El calendario permite entender una de las principales dificultades de este oficio: los ingresos no son constantes.
Un músico puede tener varios contratos durante una semana y pasar después semanas enteras esperando que suene el teléfono.

Por eso, más que un salario mensual, muchos artistas viven de una sucesión de presentaciones que deben alcanzar para cubrir los gastos de los meses de menor actividad. Navarro ha construido una estrategia para adaptarse a esa realidad.

Tiene su orquesta La Durísima, una agrupación que interpreta canciones de Pastor López, formatos reducidos para celebraciones pequeñas y la posibilidad de presentarse solo con su teclado.

Su orquesta más grande ha llegado a reunir 14 músicos. “Uno tiene diferentes propuestas para la gente, según el evento y según el bolsillo”, explica.

Es, en el fondo, una pequeña empresa musical que cambia de tamaño dependiendo del contrato.

“Uno tiene diferentes propuestas para la gente, según el evento y según el bolsillo”

¿Cuánto gana un músico por derechos de autor?

Uno de los asuntos menos conocidos del negocio musical es el dinero que reciben los artistas por la utilización pública de sus canciones y grabaciones. Navarro habla con cifras de su propia experiencia.

Como compositor afiliado a Sayco, tiene alrededor de 35 obras registradas. Según explica, las liquidaciones que recibe de esa sociedad se realizan trimestralmente y pueden variar considerablemente.

“Puede llegar dos millones trimestral o siete millones, ocho. Pero depende mucho de lo que se haya movido en ese trimestre”.

No se trata de un ingreso fijo ni de una cantidad que reciban todos los compositores. La suma depende, entre otros factores, de la utilización de las obras y de los reportes de repertorio que permiten distribuir los derechos.

También recibe ingresos de Acinpro, organización relacionada con los derechos conexos de intérpretes y productores fonográficos. En su caso, asegura que puede recibir alrededor de un millón y medio de pesos semestrales.

Estas cifras corresponden exclusivamente a lo que Navarro declara recibir y no representan un promedio de los músicos de Boyacá. Pero ayudan a explicar por qué la composición y la grabación de canciones pueden convertirse en una fuente de ingresos adicional a las presentaciones.

Navarro insiste en que el verdadero salto económico ocurre cuando una canción alcanza difusión nacional.

Menciona a compositores de éxito, como Wilfran Castillo, para ilustrar la diferencia entre un artista que depende de las contrataciones de cada fin de semana y otro cuyo repertorio continúa generando derechos durante años.

El problema es que llegar a ese nivel exige inversión, promoción, circulación y una buena dosis de suerte.

“Se puede vivir de la música siempre y cuando tenga uno los recursos para poder pegar a nivel nacional”, sostiene.

Cuando los artistas vendían sus propios discos

Hubo una época en la que los cantantes regionales no dependían exclusivamente del dinero que les pagaban por presentarse. También vendían música.

Navarro recuerda que llevaba sus casetes y, posteriormente, sus discos compactos a las fiestas. Terminaba de cantar y encontraba compradores entre quienes habían disfrutado su presentación.

Además, dejaba producciones en las discotiendas. Cada disco vendido representaba un ingreso adicional.

“Uno iba a las rumbas y vendía sus CD, aparte de lo que uno dejaba en las discotiendas. También se vendía”, recuerda. La llegada de las plataformas digitales cambió ese modelo.

Hoy las canciones circulan por internet y pueden generar ingresos por reproducciones, pero el artista regional perdió aquella relación directa entre una presentación y la venta física de su música. Navarro ha vivido las dos épocas.

Su primera producción, Henry Navarro para gozar, apareció en 2000. Incluía versiones de canciones conocidas, principalmente de música tropical y popular.

En 2002 grabó su segundo trabajo. Con los años completó cinco producciones tropicales, dos vallenatas y una de música popular.

Después de la desaparición del CD como principal formato comercial, continuó grabando canciones independientes destinadas a las plataformas digitales.

Calcula que ha lanzado alrededor de una docena de temas bajo ese modelo, entre ellos La amarilla, Beber para olvidarla y El HP, esta última de su autoría.

Es la historia de una industria que cambió mientras sus protagonistas intentaban encontrar nuevas maneras de sobrevivir.

De Manganito a las fiestas de Boyacá

La historia musical de Henry Navarro comenzó mucho antes de que llegara al departamento.

En Piedecuesta, Santander, donde terminó sus estudios de bachillerato en 1992, formó con unos compañeros un grupo de carranga humorística.

La agrupación tenía un nombre que todavía le produce risa: Manganito. Era una parodia de Magneto, el famoso grupo juvenil mexicano que estaba de moda.

Los integrantes se presentaban con ruanas, sombreros, bermudas, tenis y medias de diferentes colores. La intención era hacer reír.

El experimento comenzó como una presentación para el Día del Idioma en el colegio, pero gustó tanto que terminaron contratándolos para serenatas y celebraciones de quince años. “Nos llevaban hasta para serenatas en las ventanas”, recuerda.

“Nos llevaban hasta para serenatas en las ventanas”

Años después, el 31 de octubre de 1997, Navarro llegó a Sogamoso para reemplazar a un músico de una agrupación que tenía una presentación. Lo que parecía un trabajo ocasional terminó cambiándole la vida.

Aquella noche surgieron nuevas oportunidades y, ocho días después, el 7 de noviembre, ya estaba radicado en Duitama. Trabajaba entre semana en Sogamoso y los fines de semana en Duitama.

Después llegaron más presentaciones, las grabaciones y el reconocimiento. Boyacá dejó de ser una plaza de trabajo para convertirse en su hogar. Hoy tiene tres hijos nacidos en Tunja, de 26, 17 y 10 años, según cuenta.

“Sí, claro”, responde sin vacilar cuando se le pregunta si ya se considera boyacense.

Su historia personal está ligada a una generación de músicos que encontraron en las fiestas municipales del departamento una oportunidad para construir su carrera y su familia.

Las amenazas por cantar con pistas

Navarro asegura que, cuando comenzó a trabajar en Boyacá, introdujo una modalidad que no era habitual entre los músicos con quienes competía: las presentaciones apoyadas en pistas musicales.

Él se considera uno de los pioneros de ese formato en el departamento y recuerda que el exrector de la UPTC Gustavo Álvarez le reconoció esa condición. Pero la innovación no fue bien recibida por todos.

Según su relato, algunos músicos locales consideraron que esa modalidad afectaba su trabajo y comenzaron los enfrentamientos.

“Me insultaban, me amenazaban. Me enviaban correos amenazándome para que me fuera de Boyacá”, asegura. No identifica a los responsables de aquellas amenazas ni aporta en la entrevista documentación que permita establecer su alcance.

Su respuesta, dice, fue seguir trabajando. “Yo lo único que hacía era grabar, grabar y grabar”.

“Yo lo único que hacía era grabar, grabar y grabar”

Con el tiempo logró consolidarse y hoy asegura mantener buenas relaciones con sus compañeros.

La anécdota ilustra también las tensiones que aparecen cuando nuevas tecnologías o formas de presentación transforman un mercado tradicional.

¿Por qué contratan artistas de afuera?

Hay un asunto que incomoda especialmente a Navarro: la contratación de artistas regionales en las fiestas organizadas con recursos públicos.

Su crítica es directa.

Considera que las administraciones municipales no siempre les ofrecen suficientes oportunidades a quienes llevan años trabajando en Boyacá.

“Ahora ha sido muy difícil, bastante difícil, y lo digo sin ofender a nadie, sin echarle a ningún alcalde”, advierte. Pero enseguida plantea una acusación más delicada.

Según su percepción, en algunos procesos de contratación resulta más atractivo llevar artistas de otras regiones porque los valores elevados permitirían obtener comisiones.

“Para ellos es mucho más rentable traer un artista de afuera, que le paguen lo que piden y aparte pues le queda su buena comisión”, afirma.

“Para ellos es mucho más rentable traer un artista de afuera»

Se trata de un señalamiento del cantante, no de una irregularidad demostrada. Navarro no identifica contratos, funcionarios ni administraciones concretas que permitan verificar su afirmación.

Sin embargo, su declaración abre una discusión legítima: ¿qué lugar ocupan los músicos locales en los presupuestos de las fiestas municipales?

¿Existe una política efectiva para garantizarles espacios? ¿Cuánto dinero se destina a los artistas regionales y cuánto a las figuras nacionales? ¿Cómo se seleccionan los participantes?

Navarro considera que un artista local que cobra menos de diez millones de pesos puede encontrar mayores dificultades para acceder a determinados contratos que otros intérpretes con tarifas superiores.

También habla de una norma reciente que, según su entendimiento, establece espacios para artistas locales y emergentes en determinados espectáculos.

La identificación y el alcance exacto de esa disposición requieren verificación jurídica, pero su expectativa es clara: que los músicos regionales tengan oportunidades reales de presentarse en los grandes eventos.

“Es lo que hemos estado nosotros toda la vida: emergentes”, comenta con cierta ironía.

La frase revela otra contradicción del sector: un músico puede acumular décadas de experiencia, grabaciones y presentaciones y continuar siendo considerado emergente porque nunca alcanzó reconocimiento nacional.

Una canción de Boyacá Chicó que se volvió celebración

Entre las canciones que marcaron su carrera aparece una dedicada al equipo Boyacá Chicó.

Navarro recuerda que la grabó hacia 2006, pero que alcanzó especial popularidad en 2008, cuando el equipo conquistó el título del fútbol profesional colombiano.

La victoria deportiva le dio una nueva vida a la canción.

También recuerda Soy el alcalde, un tema de su producción popular que tuvo acogida entre el público y que, según cuenta, fue grabado posteriormente por otro intérprete.

Son ejemplos de canciones que encuentran su público gracias a acontecimientos, celebraciones o personajes cercanos a la vida regional.

No necesariamente necesitan convertirse en éxitos nacionales para mantenerse en la memoria de una comunidad.
Pero tampoco garantizan por sí solas la estabilidad económica de sus autores.

Los jóvenes también quieren vallenato y música popular

Navarro ha observado otro cambio en los gustos musicales del público.

Considera que el reguetón ha perdido parte de su novedad y que la música popular y el vallenato están conquistando espacios entre los jóvenes.

No lo presenta como resultado de un estudio de audiencias, sino como una conclusión nacida de sus presentaciones.
“Si quiero tener la juventud arriba, le echo vallenato y popular”, afirma.

“Si quiero tener la juventud arriba, le echo vallenato y popular”

En las fiestas, dice, las canciones asociadas tradicionalmente con públicos adultos ahora encuentran aceptación entre nuevas generaciones.

Menciona el fenómeno de intérpretes como Jhonny Rivera y Darío Gómez, cuya música ha logrado trascender las edades de sus seguidores.

Esa observación lo llevó a desarrollar un nuevo proyecto: recuperar clásicos de la ranchera mexicana y transformarlos en canciones tropicales.

La propuesta se mueve en el terreno de la tropiranchera, una fusión que busca conservar la identidad de los temas originales y darles un ritmo más bailable.

Su lanzamiento más reciente es un homenaje a Vicente Fernández, con versiones tropicales de El ayudante, Borracho te recuerdo y Una noche como esta.

Y ya tiene en mente continuar con homenajes a Cornelio Reyna y Antonio Aguilar.

La idea es sencilla: que canciones que escuchaban los padres y los abuelos vuelvan a sonar en las fiestas de sus hijos y nietos.
“Queremos reencauchar esas canciones éxito, para traerlas nuevamente a la fiesta de jóvenes y de toda la gente que las disfrute”, explica.

Lengupá, una tierra que le abrió las puertas

Aunque su vida familiar y buena parte de su trabajo están en Tunja, Navarro tiene un especial afecto por la provincia de Lengupá. Miraflores, Berbeo y Zetaquira forman parte de sus circuitos habituales de presentaciones.

Allí ha construido amistades y una clientela que continúa contratándolo. También trabaja en Villa de Leyva, Samacá, Duitama y otros municipios del departamento.

Y cuando llega diciembre, los aguinaldos se convierten en algunos de sus escenarios más importantes.

Ha participado en celebraciones como el Aguinaldo Boyacense de Tunja y los aguinaldos de Garagoa y Chiquinquirá.

Ese recorrido explica por qué, a pesar de las dificultades, ha logrado mantenerse vigente.

No depende de una sola ciudad, de una sola agrupación ni de un único estilo musical.

Puede interpretar música tropical, vallenato, popular o ranchera. Puede trabajar con una orquesta completa o en formato reducido. Y ha construido durante casi treinta años una red de personas que conocen su trabajo.

Es una manera de sobrevivir que exige tanto oficio como perseverancia.

La otra cara de la fiesta

Cuando una orquesta sube a la tarima de una plaza pública, el público ve luces, instrumentos, cantantes, baile y celebración. Pocas veces se pregunta qué ocurre antes y después.

Detrás de cada presentación hay músicos que deben ensayar, desplazarse, mantener sus instrumentos, producir canciones, buscar contratos y competir por un espacio en una programación.

Hay meses de abundancia y otros de escasez. Hay artistas que consiguen vivir exclusivamente de su oficio y otros que deben complementarlo con diferentes actividades.

También hay un mercado regional numeroso, pero poco estudiado, que merece mayor atención de las autoridades culturales.
Henry Navarro Quintero es apenas uno de sus protagonistas, aunque su experiencia permite comprender buena parte de sus contradicciones.

Llegó a Boyacá en 1997 para reemplazar a un músico durante una fiesta. Casi treinta años después sigue aquí, cantando, componiendo, grabando y buscando nuevas oportunidades.

Ha visto desaparecer los casetes y los CD, surgir las plataformas digitales, multiplicarse la competencia y cambiar los gustos del público.

Y aunque reconoce que vivir de la música es cada vez más complicado, no parece dispuesto a abandonar los escenarios.
Su historia deja una pregunta que va mucho más allá de su trayectoria personal: si Boyacá tiene tantos músicos, tantas fiestas y tanta tradición cultural, ¿por qué sigue siendo tan difícil vivir de la música en el departamento?

Tal vez la respuesta esté en esa frase con la que Navarro describe, entre humor y resignación, el oficio al que ha dedicado su vida:

“Ahora los artistas vivimos de milagro”.

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