El fallo del Consejo de Estado saca a Mikhail Krasnov no solo de la Alcaldía de Tunja sino, al menos por ahora, del escenario político regional de Boyacá. Sin embargo, es posible que en los próximos meses reaparezca en la escena nacional, aunque difícilmente en cargos de elección popular.
En pocas semanas, tras conocerse el fallo del Consejo de Estado que confirmó la nulidad de su elección como alcalde de Tunja, Mikhail Krasnov tendrá que dejar el cargo y enfrentarse a una situación similar a la que vivía hace poco más de dos años: ser un extranjero más en la ciudad, con algunas dificultades económicas y con pocas alternativas laborales claras.
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Krasnov es un personaje cálido y sociable. Le gusta compartir, hace amistades con facilidad y genera cercanía con su particular acento colombo-ruso cuando habla de asuntos muy propios de Boyacá. Para muchos era, en el fondo, otro europeo que se enamoró de Colombia y que dice amar a Boyacá. Pero también es cierto que, en términos estrictamente políticos y administrativos, pocos pensaban que tuviera los méritos suficientes para conquistar el respaldo de más de 27 mil tunjanos y convertirse en alcalde de la capital boyacense.

Sin embargo, lo logró. Y lo hizo en medio de circunstancias políticas muy particulares. En las elecciones de 2023, Krasnov ganó la Alcaldía sin pertenecer a las élites políticas tradicionales del departamento y derrotó a candidatos con mayor estructura partidista.
Obtuvo cerca del 31 % de los votos en una elección altamente fragmentada.
Sus seguidores interpretaron ese triunfo como una derrota de las maquinarias políticas locales. Argumentaban que su llegada al poder respondía a un perfil académico y técnico que contrastaba con la política tradicional que había gobernado la ciudad durante décadas. Para muchos tunjanos fue simbólico que un profesor universitario, extranjero naturalizado, pudiera ganar con una campaña basada en firmas y con un estilo poco convencional.
También fue visto como una especie de apertura política —casi una pequeña “perestroika”— en una ciudad históricamente conservadora.
Desde el inicio de su gobierno, Krasnov construyó una imagen de alcalde cercano a la gente, muy visible en las calles y activo en redes sociales. Ese estilo —que algunos califican como populista y otros como auténtico— tuvo efectos claros: mayor visibilidad para la Alcaldía, interacción directa con ciudadanos y una narrativa de “gobierno ciudadano”.

Incluso su apodo, “el profe ruso”, terminó convirtiéndose en parte de la identidad pública de su mandato.
El balance de su paso por la Alcaldía, sin embargo, sigue siendo motivo de debate. Sus detractores —entre ellos sectores políticos tradicionales, algunos medios de comunicación y ciertos grupos sociales— le reprochan que nunca terminó de entender del todo la cultura política local ni de adaptarse a ella. También le cuestionaron sus formas poco convencionales y su estilo personal, muy distante del protocolo al que están acostumbradas las élites políticas.
Lo cierto es que Krasnov llegó a Tunja años atrás como cualquier extranjero que se integra a la vida cotidiana de una ciudad: frecuentaba chicherías, compartía con amigos, tomaba cerveza y participaba de la vida social sin mayor formalidad.

A pesar de esas particularidades, su elección tuvo un efecto innegable: puso a Tunja en el radar mediático nacional e incluso internacional. La elección de un alcalde ruso en una capital colombiana despertó curiosidad en medios de distintos países.
Krasnov intentó aprovechar ese fenómeno para posicionar a Tunja como destino turístico y cultural, y para proyectar la ciudad en escenarios internacionales. Sin embargo, sus capacidades de gestión y su limitado alcance político no le permitieron consolidar grandes proyectos ni atraer inversiones significativas.
Donde sí mostró habilidad fue en su capacidad para construir relaciones personales. Supo acercarse al gobernador Carlos Amaya, con quien terminó estableciendo una alianza política que le permitió gestionar apoyos importantes para algunos proyectos, especialmente relacionados con la recuperación de la malla vial.

En una ciudad donde el deterioro de las vías ha sido una queja histórica, esas gestiones fueron presentadas como una de las principales apuestas de su administración.
Con el paso de los meses, además, Krasnov también terminó aprendiendo las prácticas tradicionales de la política colombiana. Muchos de sus críticos aseguran que el alcalde que prometía ser distinto terminó recurriendo a mecanismos muy conocidos: acuerdos políticos, distribución de puestos, contratos y favores burocráticos, prácticas habituales en la política local y nacional.
Paradójicamente, había sido elegido precisamente porque representaba lo contrario.
Aun así, su administración también avanzó en algunas tareas básicas de gestión urbana que en años anteriores habían quedado rezagadas. Parte de esos avances se explican por la presión de los procesos judiciales que lo acompañaron desde el inicio de su mandato y por la intensa vigilancia de sectores críticos de la prensa local.
En síntesis, en dos años de gobierno Krasnov no transformó las estructuras políticas de Tunja ni acabó con las viejas prácticas de la política local. Pero sí logró romper parcialmente el dominio de algunas maquinarias tradicionales, introdujo un estilo de liderazgo distinto, aumentó la visibilidad de la ciudad en el escenario nacional y proyectó una figura política poco común en la historia reciente de Boyacá: la de un alcalde extranjero con perfil académico que llegó al poder desde fuera del sistema.
Su salida marca, sin duda, el final de un episodio singular en la historia política de Tunja.













