¿Qué capital le dejamos los tunjanos a Amaya?

Foto: Hisrael Garzonroa

Por | Julio Medrano / Escritor

Aunque esté de moda usar las billeteras digitales, en Tunja usamos el clásico efectivo. Preferimos lo tradicional. Por eso hago fila en la papelería, única sucursal bancaria en la manzana. Es mejor tener dinero en metálico para pagar los cigarrillos y los tintos, y no liarme con un habitante de calle que me exija monedas. Los taxistas en Tunja prefieren cobrar en billetes, porque deben entregar cuentas en efectivo al dueño del automóvil. Para evitar que el conductor del bus público te insulte a gritos, es mejor tener a mano el precio exacto del pasaje.

Somos una fila de ocho personas que, con celular en mano, esperamos usar las billeteras digitales. Nos miramos de reojo. Adivinamos si el otro va a sacar o a consignar. Son pocos quienes entran a la papelería para comprar.

La mujer detrás de mí escucha a todo volumen un video que anuncia una gigantesca inversión para las vías de la capital de Boyacá.

«Dieciséis mil millones de pesos para arreglar las vías de mi amada Tunja», dice la voz dentro del aparato. Es Amaya quien habla, atino.

—Oportunista —dice la mujer, y desliza con notable ira el dedo sobre la pantalla de su celular. La chillona voz desaparece.

Traicionó al ruso —dice un hombre al final de la fila. Reniega de la buena voluntad que aparenta el gobernador; incluso se atreve a acusarlo de mentiroso. Seguro es un sabio krasnovista.

La dueña de la papelería retira la mirada del datáfono. Yergue la espalda y, con afán, acomoda las gafas en el tabique.

El alcalde y el gobernador son unos populistas. Ninguno de los dos me cae bien —dice la mujer, enfadada por su nueva rutina que simula ser cajera de banco. Añora esos días cuando solo tenía que vender cartulinas y esferos. Hoy debe preguntar quinientas veces al día: ¿Nequi o Daviplata? ¿Recarga, retira, consigna?

Somos ocho en la fila. Estoy a tres turnos de poder retirar el dinero y largarme. Pero noto, con cierto desgano, que todos quieren opinar sobre la inminente salida de Krasnov.

La conversación salta sobre mí de un lado al otro de la fila, como si yo fuera la malla de una mesa de ping-pong: Bien por las vías. Bien por la ciudad. Mal por la ciudad. Amaya es calculador. Krasnov es ladrón. ¿Cuánto nos costarán las elecciones? No habrá elecciones. El gobernador pone alcalde. El alcalde pone alcalde. El alcalde lo pone Roy.

Roy es un acomodado. Es un lagarto. Es comunista. Es facho. Es progre. No es poeta. Qué bajo fue culpar a Petro por las pésimas votaciones que obtuvo en la consulta —digo, pero nadie me escucha. Todos vuelven a sus pantallas.

Enciendo también mi celular. Un video me muestra al ruso alcalde caminando desde el Bosque de la República hasta la esquina de la iglesia San Ignacio. Saluda a la gente, bebe jugo de chontaduro, sonríe para la foto, abraza niños. Aparecen por instantes un par de guardaespaldas y un fotógrafo atento a disparar la próxima portada del jet-set del altiplano.

Deslizo el dedo y otro video me muestra al gobernador Amaya con casco de obrero, junto a su escudero de Tierrasuya, el excandidato a la alcaldía. Con sonrisas derretidas como muñecos de plástico abandonados al sol, anuncian la inversión para el arreglo de vías.

Amaya, siempre tan grato, dice que nos quiere mucho a los tunjanos. No se acordó de nosotros en diez años; pero, bueno, gracias por pensar en el capital de la ciudad. Y pensar en capital es pensar en sus amigos que quedaron sin trabajo después de elecciones: ese grupillo que lo acompaña desde la U, que crece y crece con los jóvenes borregos de esa —su universidad—, de donde los ingenieros, artistas, abogados, administradores, pedagogos y economistas hoy, curiosamente, ninguno quiere ejercer su profesión, todos quieren ser políticos amigos del capital verde. Ahí está el único negocio próspero en Boyacá.

Y con el reciente panorama electoral, todo apunta a que el próximo alcalde de Tunja será Verde.

Padezco de horrores. Me tiemblan las piernas. Me sube la fiebre. Las gentes en la fila me miran palidecer. Me angustia pensar: ¿qué capital encontrará Amaya de la saqueada y vapuleada Tunja, si todos los tesoros fueron embargados por las últimas cuatro o cinco alcaldías? Ni siquiera tuvo reposo bajo el mandato del verde Flórez.

¿Qué capital le podemos brindar si esta es una de las ciudades colombianas con más desempleo e inflación?

¿Qué capital monetario o humano podemos darle si los tunjanos preferimos invertir y exiliarnos en Bogotá?

¿Qué capital puede llevarse el gobernador de esta ciudad si la mayor inversión se fue en parranda, trago, un letrero y tiendas OXXO?

¿Cómo encontrará la alcaldía, la pobrecita Secretaría de Cultura, Ecovivienda? ¿Será que hacen concierto de música cristiana en Semana Santa?

Esta semana, además del arreglo de las vías, el Gobernador también anunció un abanico de obras públicas para Tunja: un jardín botánico, la nueva entrega de la clínica materno infantil y nuevos arreglos para el Hospital San Rafael. Una década en que la ciudad parecía invisible en la agenda departamental y, de pronto, todo ocurre al mismo tiempo. Tanta diligencia y «buen corazón» aparece justo cuando se habla de encargos, alcaldías provisionales y elecciones atípicas.

La gente en la fila me levanta del suelo. Me piden que dé el código.

¿Viene a retirar o a consignar? —pregunta la dueña de la papelería.

Viene a retirar su capital.

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