Los dueños de todo


Por | Darío Rodríguez / Escritor

Los que de verdad gobiernan este país necesitan quitar al presidente Petro y a su influencia. No les cumplió completamente en todo lo que querían. Ahí tienen las elecciones de Congreso, la consulta y las elecciones presidenciales para ayudarse. Y muchos ciudadanos les vamos a colaborar indirectamente.

El presidente Petro quiere ser “inolvidable”. Parece chiste. Dijo esto en una entrevista (El País de España). Además de este anhelo propio del galán de una telenovela (y propio de cualquiera; ¿quién no quiere ser inolvidable?), el presidente desea que su proyecto gubernamental, o político, o de Estado, continúe en el tiempo. Como se pueda y al costo que sea. Por eso ya está invirtiendo millones de pesos en apoyo a los futuros votantes de su candidato, Iván Cepeda. Ya aumentó el salario mínimo, ya diversificó y amplió subsidios. Hasta propuso reformar la Constitución.

Los enemigos de Petro que aspiran a la presidencia van en desbandada. No hay ni uno que no les trabaje a los verdaderos dueños de este país. El acuerdo de esos candidatos o precandidatos es con grupos económicos o con corporaciones que los financian y que también se han beneficiado de los recursos colombianos desde hace casi un siglo. Y no descansarán porque incluso conscientes de su seguro fracaso (¿Lo sabes, Enrique Peñalosa, no?; ¿Lo sabes, acaso, Mauricio Cárdenas?) siguen en la contienda. De ella no saldrán con las manos vacías.

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Los clanes políticos regionales preparan su continuidad en el Senado y la Cámara. Relajados, con un aire de tranquilidad desconcertante. Qué puede preocuparles si obtendrán más contratos, más plata para sus arcas. No les interesa si hay prórroga del petrismo o vuelve la Derecha. Su único afán sería perder – sólo un poco – de lo que obtienen con los empresarios, las compañías, quienes, insistimos, son los auténticos dueños de esta piñata llamada Colombia.

Hay otros dueños, por supuesto. Todos sabemos quiénes son. Viven entre las sombras y fabrican cocaína de alta pureza. Algunos regentan literales ejércitos. Y las últimas palabras que quieren incluir en sus vocabularios son “sustitución de cultivos” o “paz”.

Lo demás, se sabe, es el circo de los medios de comunicación, en especial de la gente que no quiere perder sus contratos con el grupo Prisa, experta en el detalle picante, la confusión, el pánico, los datos desvirtuados; informar bien jamás estará entre sus prioridades. Y las discusiones vanas acerca de si el Tigre ruge más que el Jaguar, o de quién ha cometido más delitos y si esa habilidad fortalece las capacidades presidenciales.

Como ciudadanía, no podemos escapar. Esto es lo que hay y es mejor ir pensando en que no hubo cambios ni los habrá.

Sobre todo porque los dueños de verdad nunca lo permitirían.

Hace sesenta años Camilo Torres escribió una frase lapidaria que  pasó a la historia del aserto loco y, a ratos, ingenioso: “Quien escruta es quien elige”. Quien cuenta los votos es quien pone a los poderosos.

Así como está este zaperoco, la sentencia del sociólogo sigue llevando algo de razón. Salvo porque quienes ahora escrutan, los que mandan, no necesitan tabular sufragios. Desde Miami o una isla del Caribe, o desde la Quinta Avenida en Nueva York sólo esperan, Bloody Mary en mano, a que nosotros aquí elijamos, a quien sea, para, minutos después, ordenarle lo que debe hacer y desde luego beneficiarlos.

Que la diosa Fortuna o Bochica nos protejan.

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