La realidad de Napoleón en Boyacá

Foto | Archivo particular
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Por | Pedro Pablo Salas Hernández / Phd economía y ciencias humanas | • Actor de teatro del absurdo

En este breve trabajo quiero hacer una aproximación a un mundo fascinante: la comedia. Un arte que puede desarrollarse incluso en momentos de tragedia y que, paradójicamente, algunos pensadores consideran una «mala conciencia». Siguiendo mi propia interpretación, podría decir: «piensa mal y acertarás».

Desde una perspectiva teleológica, en un momento de pérdida de sentido de lo real, me surgió la necesidad de la transgresión. Así nació una comedia callejera que, en apariencia, se asemejaba más a una arenga política antiautoritaria que a una obra de arte teatral. Sin embargo, el esfuerzo valía la pena.

Vivimos en una era de profundo malestar social, que no solo se manifiesta en la precariedad material, desempleo, hambre, sino también en una desorientación política, social y cultural. Esto ha generado una crisis de horizontes. Aprovechando que la realidad que está fuera de cualquier control, decidí aportar al caos a través de presentaciones callejeras. Me inspiré en el arte de ridiculizar el poder, como en la obra Gargantúa de Rabelais. En esta pieza, el drama de una sociedad alienada se asemeja a un manicomio a cielo abierto. Por eso, mi arte también se desarrolla en espacios abiertos: en plazas públicas, frente a masas que transitan y que, al verme, piensan que estoy loco.

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Lo aberrante de este momento histórico, que calificó como ‘metaverso’ y ‘posverdad’, es que quienes normalizan la locura son precisamente los considerados cuerdos. En mi opinión, la verdadera comedia radica en exponer esta paradoja. Por eso, represento a Napoleón en Tunja y Villa de Leyva, protagonizando una auténtica guerra de locos.

Me encanta dirigirme a este deprimido capital social y cultural de Boyacá. He generado reacciones feroces en redes sociales de personas que opinan sin leer, sin escuchar o sin comprender el propósito de mis intervenciones en los espacios públicos.

Para quienes no lo saben, ridiculizo a Gustavo Petro desde la figura de un demente superior, como si fuera un monarca reprimido o un dictador de república bananera. Es un personaje grotesco, pero maravilloso para caricaturizar. Como Rabelais en el siglo XVI, yo también me deleito con nuestro ‘Napoleón colombiano’. En medio de la tragedia, también hay espacio para la creación, no logro darnos los cambios, ni la paz, pero por lo menos que nos deje solo el odio y la polarización, mi lucha es porque no nos quite el derecho a la risa.

No quiero dejar de mencionar dos episodios locales de coyuntura que ilustran la teatralidad de la política. En primer lugar, el caso del exalcalde de Duitama José Luis y su separación burlesca de su esposa para evitar inhabilidades por parentesco algo verdaderamente hermoso, aunque no es la primera vez que políticos en Boyacá se separan de sus consortes para no soltar la migaja de poder, todo lo que rodea a este personaje es una comedia en sí misma.

Y, en segundo lugar, el caso de nuestro alienígena Krasnov, un funcionario cuyo equipo de secretarios rara vez le dura más de un mes. La posverdad envuelve a estos cómicos personajes del poder en las sagradas tierras muiscas. Sin embargo, sus figuras inspiran una enorme voracidad creativa para el teatro, porque estos personajes generan una profunda banalización del poder local…

En definitiva, no soy yo quien ahora llaman cariñosamente ‘Napoleón’ por remedar a un energúmeno ilustrado sin ilustración, como nuestro presidente Gustavo Petro. Pero inevitablemente, seguiré llevándolos a la parodia en las calles, en el espacio público, donde entre locos trataremos de entendernos, mirarnos a la cara y, quizá, dentro de nuestra angustiante condición de zombis satisfechos, enajenados podremos sacarnos la lengua y hacer un gesto real de encuentro, encontrar algo de realidad mirándonos a través de los ojos y no de los celulares y hasta nos podamos llevar una maravillosa sonrisa.

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