La insoportable viralidad del ser

Foto | John Schnobrich / Unsplash
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Por | Gonzalo J. Bohórquez
En X (antes Twitter): @GChalito

¿Por qué llora y se lamenta la gente en redes por alguien que medianamente conoció o ni siquiera vio en su vida? ¿Era parte de su cultura y eso los mueve? Esto va más allá de los recientes hechos, muy tristes, por cierto, con el tocayo Jiménez, uno de los reyes de la música popular del país y una de las víctimas del infortunado accidente ocurrido en territorio paipano. Pienso que muy en el fondo, hasta de los más tímidos, existe esa necesidad de resaltar y/o encajar, de alguna manera. Solamente que, ¿a qué costo?

He leído innumerables comentarios en lo que está publicado por arriba y por abajo, en el medio y a los lados, a lo largo y a lo ancho; a favor, en contra, los unos agarrados con los otros y los otros con los otros y los demás con los demás… y así. En serio que entre esa “turbulencia” y la “movida política” que inició desde diciembre del año pasado (si es que no fue antes) ya estoy sofocado (sí, sé que todavía no empiezan en firme las campañas para elecciones y ya me siento así; claro, ese tema es arena de otro costal, y ahí poco me meto, sin que quiera decir que no me interese o no me corresponda como ciudadano estar informado).

Aquí mismo, por este medio, salió una nota de un gran escritor de la casa con la que, en la mayoría de sus líneas, estuve de acuerdo (‘Erika no llenaba estadios’ lo tituló). También leí todo lo que le comentaron. Lanza va, puntilla viene. Etcétera.

Y para rematar, además de analizarlo en familia y con amigos, “me pillé” un estado de Instagram de un joven actor, revelación, que me ha encantado su trabajo (a quien sigo hace algún tiempo y quien te ayuda a ver puntos de vista diferentes) y me puso a pensar todavía más. Bueno, a repensar. Son cosas que uno vive a diario.

Este loco contó sobre un incidente que le pasó con una señora, él iba en patineta de esas eléctricas (si le entendí bien el medio alternativo de transporte) y ella en carro. Cuenta que lo increpó, porque casi chocan y los separaba el vidrio eléctrico que la mujer bajó rápidamente tras decirle unas cuantas. Me imagino lo que nuestro artista le contestaría, solo que no lo dejó saber específicamente. Pues lo comparó con lo que está en conversación.

Sí, esa barrera que a través de las redes sociales nos hace fuertes para acabar con quien se nos antoja. Para no dejar descansar a las personas, para todo lo áspero, casi siempre banal, y pasa en todo el mundo.

Tanto en el tráfico en que cotidianamente nos movilizamos como en dichas redes sociales somos unos “chachos”. Lanzamos improperios, juicios, hablamos mal del otro, porque sí, porque no, porque tal vez, y rápidamente “bajamos el vidrio”. Qué daño nos hacen con este invento (me refiero a lo segundo) que se suponía era para socializar. Y qué bien lo aprovechan algunos: en la mayoría de ocasiones para mal, o para beneficio propio sin importar el prójimo. Es una selva de concreto en un universo virtual. Y en las calles ni se diga. Es un peligro constante. La locura y la intolerancia abundan sin que exista quién pueda controlar realmente la situación. Todos somos responsables. Cada quien lleva algo de culpa por pequeña que parezca.

Que me perdone Kundera por utilizar prácticamente un plagio para titular este artículo, que les cuento, había pensado para escribir desde otra perspectiva sobre el paso de Twitter a X. Probablemente lo haré más adelante. Y porque obvio, uno también busca poner algo que suene, así no llame la atención de algunos. Nos están volviendo virales, nos están robando los sueños, nos están atando las letras.

Por tanta vaina es que tendemos a ser “insoportables”, “insufribles”; queremos que nos lean, que nos aplaudan, que nos validen, que nos den ‘me gusta’, ‘me encanta’, que nos endiosen y que nos sigan en todas partes… así no seamos empáticos, sinceros, tiernos, reales. Eso ya nadie lo quiere.

¿Y las groserías? Abundan. Me tildan de “morrongo” por ello, pero en serio, veo con mucha preocupación que sigamos normalizando decirnos groserías textualmente por estos espacios. Por supuesto, los colombianos las decimos cada día. Yo las digo y jamás lo niego. El punto es que así como cada vez más la gente se desviste para llamar la atención, desnudamos este tipo de ataques con palabrotas y eso nos hace más “auténticos” o “sobrados” o… ¿”Berracos”?

Más de uno puede que me llegue a detestar por lo que expreso aquí, si es que lo leen. A mí me darán, la verdad, por mucho unos 10 ‘likes’. Yo también tengo que vender, porque el día de mañana qué será de un escritor a quien pocos leen. No pasa nada. A mí me alienta más otra cosa. Y trato de ser honesto.

Mis diez fieles lectores, si se vuelven 100, o 1000, o 10 mil o más, que sean ellos mismos quienes me digan si les parece bien, si les gusta o no, que reflexionen conmigo, evitar que me juzguen por un titular. Ya bastante duro ha sido madurar. Bueno, empezar a madurar. Estoy convencido de que me falta un resto. Hablo como escritor. Si les parece que, también como persona, lo podemos dialogar, puede que sí, puede que no. Tomémonos un tinto que hasta ahora “calentamos motores” en este 2026.

El año pasado me había propuesto una meta. Lástima. No la cumplí. Estuve cerca. Este año me he fijado otra. No quiero defraudar, ni defraudarme. Por eso, la ocultaré en lo más profundo de mi teclado. Por el momento, pues yo soy más fiel que un equipo de sonido (de esos viejitos que actualmente no se usan) y sin duda terminaré por contarles.

Lo que sí les digo es que desde hace unos meses ha sido una permanente montaña rusa de emociones, de realidades que no puedes controlar, que te hacen impotente como humano, frágil como un perfil falso. “Más rápido cae un mentiroso que un cojo”, dicen por ahí. Lo mío, recién comencé en estos “trotes” de la “escribición” (como lo llamo en broma con mis amigos), casi que es inexplicable, no puede ser que ya esté sufriendo del síndrome de la hoja en blanco. Me falta mucha tela para ello. Simplemente siento más de lo que debería y analizo más que una calculadora; desde ese contexto es que hago todo mi esfuerzo para que quien llega hasta el final de mis párrafos me sienta digno de su tiempo.

Mi silencio en muchas ocasiones es una fuerte escucha, que me pica como una máquina de escribir retumbando en mi cabeza cada segundo, cada minuto, cada hora. Y con lo que les hablo, podría decirse que se le suma una larga lectura que sacude mis entrañas de querer plasmarlo todo en un Word, o en una aplicación de notas. El papel pasó de moda, hay que ahorrarlo. De vez en cuando lo uso, por supuesto.

¿Así o más confuso? Pues así mismo resulta ese multiverso de publicaciones que pululan por ahí. Es un remolino que te empuja sin contemplación. Anhelo que un día todo vuelva a ser papel periódico.

Permítanme entrar en sus casas que yo no soy político ni estoy en ninguna lista, ni voy a hablarles de Dios (aunque deberíamos). Aquí no hay justos ni pecadores, tenemos “tuiteadores” (porque cómo se les dice a quienes escriben en X, ¿Xescribidores, equiseadores, “Xtuiteadores”? Jum, hasta en eso dejó de pensar el señor Musk), “faceboqueadores”, “instagrameros” (o cómo se les llama) y están en grave riesgo de condenarse. Estamos, porque la corriente nos va arrastrando.

El día del juicio nos preguntarán: ¿Usted cuántos ‘likes’ les dio a mis historias? ¿Cuántas veces compartió mi contenido? ¿Sumercé cuántos comentarios hizo en mi perfil? ¿Y usted por qué no publica? ¿Es cómplice? Que entre la ley y escoja. Ah, vaina, cuál ley.

¿Me regalan un ‘me gusta’? ‘Ja, ja, ja’, ¿sí ven? Así somos. No me sigan, yo los sigo.

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