La decadencia de un imperio

Imagen vía redmas.com.co
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Por | Jhonathan Leonel Sánchez Becerra / Historiador con énfasis en Patrimonio y Museología

La historia no suele ser indulgente con los imperios. Desde Grecia y Roma hasta las potencias coloniales modernas, todos han compartido un mismo destino: el auge, la arrogancia y, finalmente, la decadencia. Hoy, bajo lo que bien podría llamarse “la doctrina del absurdo”, el mundo asiste al ocaso de uno de los imperios más influyentes de los siglos XIX y XX: los Estados Unidos de América. El país que durante décadas se erigió como modelo político, económico y militar, parece reducido ahora a un destello de lo que fue su antigua grandeza.

Estados Unidos se consolidó como potencia global gracias a un sólido aparato industrial, a una clase media fuerte y a un relato de prosperidad que sedujo tanto a sus ciudadanos como al resto del mundo con su supuesto “sueño americano”. Sin embargo, las decisiones tomadas en las últimas décadas han socavado esas bases. El traslado sistemático de su músculo industrial hacia China y otros países del sudeste asiático, con el objetivo de abaratar costos de producción y mano de obra, fortaleció las economías rivales y desprotegió a millones de trabajadores estadounidenses. El resultado ha sido una clase obrera desplazada, empleos precarizados y comunidades enteras sumidas en el abandono estatal.

A este error estructural se suma una política antimigratoria tan agresiva como contradictoria. Alrededor de 14 millones de latinoamericanos, muchos de ellos pilares silenciosos de la economía estadounidense, se han convertido en blanco de persecución y estigmatización. Son quienes realizan, desde hace generaciones, los trabajos peor remunerados y más duros: labores agrícolas, logísticas, operativas y asistenciales que gran parte de la población estadounidense rechaza. Lo paradójico —y trágico— es que una porción significativa de esos migrantes apoyó electoralmente a Donald Trump, el mismo presidente que impulsa políticas que hoy los criminalizan y los tienen al borde de la expulsión.

En el plano social, el panorama es aún más desolador. La eliminación sistemática de subsidios destinados al bienestar de los sectores más vulnerables, la desfinanciación de la educación pública y la ofensiva directa contra las universidades —presentadas como enemigas ideológicas del régimen trumpista— han erosionado el tejido social. A ello se suma el incremento de impuestos que golpea con mayor fuerza a quienes menos tienen. El resultado es un clima de desconfianza, polarización y violencia política que se expresa en protestas populares cada vez más frecuentes y en una sociedad profundamente fracturada.

La economía, lejos de ser el refugio de estabilidad que fue durante décadas, tampoco ofrece alivio. El alza de la inflación ha reducido drásticamente el poder adquisitivo de los estadounidenses. Familias endeudadas, salarios estancados y un costo de vida en constante aumento conforman el nuevo panorama cotidiano. Todo esto ocurre mientras Estados Unidos intenta enfrentar y arrastra una pesada carga de deudas con potencias como China y Rusia, lo que limita su margen de maniobra y debilita su liderazgo global.

Este deterioro interno tiene un reflejo directo en la política internacional actual. El mundo avanza aceleradamente hacia un escenario multipolar, donde Estados Unidos ya no dicta las reglas sin resistencia. China consolida su influencia económica y tecnológica en Asia, África y América Latina; Rusia reafirma su rol geopolítico a través del conflicto armado y la diplomacia energética; y bloques como los BRICS emergen como alternativas al orden financiero dominado históricamente por Washington. Frente a este nuevo tablero, la política exterior estadounidense parece errática, más reactiva que estratégica, atrapada entre sanciones, amenazas y una diplomacia cada vez menos persuasiva y más impositiva.

La pérdida de credibilidad internacional es otro síntoma evidente de esta decadencia. Intervenciones militares fallidas, alianzas tensionadas y un discurso que oscila entre el aislacionismo y la imposición unilateral han debilitado la imagen de Estados Unidos como garante del orden global. Países que antes seguían su liderazgo hoy diversifican sus alianzas, buscan autonomía estratégica y cuestionan abiertamente su autoridad moral, especialmente cuando predica democracia y derechos humanos mientras enfrenta profundas crisis internas.

Así, bajo la doctrina del absurdo, el imperio se consume a sí mismo. Mientras intenta contener el ascenso de nuevos actores globales, ignora la reconstrucción de sus propias bases sociales, económicas y éticas. La historia demuestra que ningún poder cae únicamente por la presión externa, sino por la incapacidad de corregir sus errores internos. Estados Unidos parece caminar, una vez más, por ese sendero ya transitado por otros imperios que creyeron ser eternos y descubrieron, demasiado tarde, que no lo eran.

La posición amenazante de los Estados Unidos, en desconocimiento del derecho internacional que ellos mismos ayudaron a construir en los contextos de posguerra, ha tenido como consecuencia grave para sus propios intereses, el aumento de un sentimiento antiyanqui en el escenario internacional. El mundo parece prepararse para lo que podría ser la última gran pataleta de un imperio en decadencia. Hoy, el mundo civilizado llama a la unidad, al respeto de la legislación internacional y a la paz, con o sin los Estados Unidos.

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