
“Las campañas sólo sirven para divulgar las ideas. Las ideas son lo único que me importa. No los votos. Si en cada campaña gano diez adeptos, eso me basta y me sobra”.
Esto lo dijo, en 1966, el doctor Gabriel Antonio Goyeneche. Uno de los más grandes políticos, si no el más grande, que ha tenido este país de politicastros mediocres y de oportunistas disfrazados como el Mesías.
En esas elecciones, Goyeneche (que fue cinco veces candidato a la presidencia de Colombia) obtuvo el desolador e injusto número de 33 votos. Pero esto no lo desanimaba. “Tranquilo, mijo”, le dijo al cronista Pedro Claver Téllez, “perder no quiere decir que se nos venga el mundo encima, ¿oyó?”.
Boyacense de pura raza, la carrera política del doctor Goyeneche inició cuando se acercaba a los ochenta años de edad. Era bachiller de la Normal Superior Santiago de Tunja (¿cómo no le han hecho allí un monumento?). Pasó por incontables trabajos hasta aposentarse en el interior de la legendaria Universidad Nacional sede Bogotá a mediados de los años Cincuenta.
Durante su primera campaña (en la cual obtuvo doce votos; se estaba apenas entrenando) lanzó algunas de las propuestas que lo convirtieron en un estadista inmortal: pavimentar el río Magdalena para fortalecer la movilidad vehicular. Ponerle una marquesina o un domo descomunal a Bogotá para que las lluvias no afectaran a la población. Llevar a todos los desempleados a Vichada con el fin de incentivar la agricultura y, de paso, pagar la deuda externa. Trasladar a toda Tunja hasta Girardot.
En periódicos de 1958 –según ‘Candidato vitalicio’, la estupenda crónica escrita por Pedro Claver Téllez –afirmaba que emprendería proyectos sofisticados como la construcción de un ferrocarril que surcara a la nación entera; extensísimo tendido ferroviario entre Barranquilla y Leticia.
Si esta genial prospección le resulta familiar a lectoras y lectores es sólo porque recientes gobernantes como Gustavo Petro o Carlos Amaya prometieron obras parecidas. Petro, un tren de Chocó a la Costa Atlántica. Y Amaya, más osado en sus quimeras (pero nunca como Goyeneche, que merece respeto), juró en reciente campaña que construiría un tren bala, tipo Japón, desde Boyacá hasta Bogotá.
Algo heredaron nuestros políticos convencionales de enormes baluartes como Goyeneche.
Programas absurdos, se dirá. Pero por lo menos hace sesenta años alguien lanzaba propuestas. Y el debate público no estaba destrozado ni enrarecido por unos medios hegemónicos malsanos ni por factores emocionales como los que llevaron al ingeniero Rodolfo Hernández – a punta de Tik-Tok y de proferir tonterías -, hace cuatro años, a rozar la silla presidencial.
La candidata y los candidatos que encabezan las actuales encuestas (ese embeleco sofístico) tienen sus programas de gobierno a disposición de quien quiera conocerlos.
Los milagros (no es broma; los denomina “milagros”) que promete realizar Abelardo de la Espriella se encuentran en una exposición rudimentaria dentro del portal defensoresdelapatria.com . Más bala, terror y herbicidas, pues de seguro no hemos tenido suficientes. La lista de milagros lo aleja un poco de Milei pero con el objetivo de aproximarlo a Donald Trump.
En movimientopactohistorico.co pueden leerse las 433 páginas del pdf que conforma el programa de Iván Cepeda. Hay ideales de crear un “Sistema Nacional contra la Macrocorrupción”, un “Sistema de Inteligencia ambiental en tiempo real” y el apoyo a un gran “Consenso Nacional”. No dice, empero, cómo va a conseguir todo esto.
Paloma Valencia comparte con gente más afanada (quienes no tienen el tiempo de leerse meditativamente los 433 folios escritos por Cepeda y sus asesores) una suerte de cartelera digna de la cartulina y del bachillerato. En palomavalencia.com se leen los sueños irrealizables de la hija de Uribe Vélez. Discursos trasnochados, que harían sonrojar a una reina de belleza, donde no faltan los clásicos “fomento a la educación y a las madres cabeza de familia”. Ficción pura. Y de la mala. Deseos para el País de las Maravillas, no para Colombia.
Asusta leer esas listas de intenciones.
Los caminos no son claros.
Ninguna de estas iniciativas iguala a las del doctor Gabriel Goyeneche, quien, a diferencia de Valencia, Cepeda o de la Espriella, era un dirigente más práctico.
En estos días de locura electoral conviene escucharlo:
“En mi presidencia resolveré el problema de las rentas de licores con un programa eficaz.
Fíjese y verá.
Pondré al ejército nacional a cortar anís en las riberas del río Amazonas. A cada soldado le ordenaré cortar un bulto de anís y que lo lleve sobre la espalda hasta el río Magdalena. Se aprovecharía la época en que el río se calienta por efectos de la resolana y, tirando de sus entrañas el anís, sacaríamos aguardiente en grandes cantidades. ¿No le parece? El trago será para el pueblo, que es el que debe bebérselo. De esa sencilla manera se aumentarían las rentas para el país y nadie quedaría descontento…”
“El proyecto de la marquesina para Bogotá lo sustituí por el de hacer que las fuerzas armadas bombardeen constantemente a las nubes que se acerquen a Bogotá. De esta manera, la lluvia caerá sobre la Sabana y no sobre la ciudad. Bogotá se jode con los aguaceros. Se le mete el agua por entre las faldas de Monserrate y Guadalupe, esas dos inmensas y tetonas montañas que nos vigilan”.
-Goyeneche no estaba loco –nos dijo, alguna vez, Pedro Claver Téllez en una tertulia -. Era un estadista de la imaginación, de otra realidad. Eso no lo cataloga como loco.
Hace falta un cronista como Téllez para que narre estos días del terrible siglo XXI.
Y, desde luego, hacen mucha falta políticos como el doctor Gabriel Goyeneche, inocentes, ajenos al veneno de intereses, componendas y crueldades que conlleva el poder.
“Mi propósito, apenas llegue a la presidencia, es modificar la chicha. No es que la chicha sea mala, por sí. Lo malo es que algunos irresponsables la están fabricando de cualquier manera. Están haciendo porquería. Para mi modo de ver, la chicha se debe destilar de tal modo que nada tenga que envidiarle a la champaña”.
Alguien con la perspicacia exacta para convertir, como estrategia de gobierno, a la chicha en champaña.










