Fiesta de disfraces


Por | Julio Medrano

Escucho a Evelio Rosero en una entrevista para El Espectador. Con voz envejecida me anima a buscar su nuevo libro. El entrevistador cierra con una pregunta miserable [miserable porque necesita crear el debate político para obtener más visualizaciones (como hacer resbalar a Robert de Niro con una cáscara de banana al final de Taxi Driver)].

—¿Qué opina de la polémica que rodea la invitación que le hicieron a María Corina Machado para asistir al Hay Festival en Cartagena?

—Innecesaria. Los escritores deben estar en todas partes […] Hay que escuchar todas las voces —responde Rosero. Noto sus canas. ¿Por qué me enfoco en que está viejo? ¿Su vejez es espejo de mi melancolía? Ay, tan melancólico.

Hasta ahí, bien. Entiendo lo que dice Rosero. Bebo un sorbo largo de mi copa de vino.

—Es un personaje vital en la historia de Latinoamérica. Lo que se ha propuesto y la lucha que viene desarrollando hace ya tantos años, ¿cómo se puede desconocer? —dice el viejo de Los almuerzos sobre la Machado, con más esfuerzo que antes por no fruncir el ceño. Agita las manos y aprieta los labios. Ay, tan vital.

El entrevistador, plegado en la silla, semeja una sonrisa y levanta las cejas como seña de victoria. Apago el celular. Bebo. Evelio también usa disfraz, uno de lo políticamente correcto.

Tengo las palabras ‘fiesta de disfraces’ revolcándose en mis pensamientos desde que vi los espectáculos de gentes de derechas disfrazadas haciendo campañas electorales. En Boyacá una candidata se pintó la cara para parecer minera. Vicky Dávila asumió el rol de indígena en la Guajira, y el tigre evangélico lloró como mártir católico.

Fiesta: ‘Reunión de gente para celebrar algo o divertirse’. Disfraz: ‘Artificio que se usa para desfigurar algo con el fin de que no sea conocido’.

Literatos fingiendo que la literatura no hace política. Entran en ese juego de lo correcto bajo la bandera de lo innecesario. Lo ideal es el disfraz como estrategia política, cultural y moral. Disfrazarse de neutral.

Hoy el márquetin publicitario del Centro Democrático apunta a que ese partido sea percibido como ‘Centro’. Los centristas más fieles del amayaclaudiafajardismo, dicen estar aterrados con esta «nueva» estrategia. El tigre es el protagonista de la derecha dura y Uribe sabe que no puede soltarla. El tigre evangélico es ficha de Uribe. La derecha del CD quiere disfrazarse como un centro cómodo y tibio. Los de derecha ahora son de centro y los de centro… siempre han optado por la derecha.

A la derecha de Dios Padre está el tigre, llorando por ver al Cristo negro colgado en la cruz. Pero miente. Los evangélicos no lloran ante las imágenes, no creen en las imágenes. Si no, que lo digan los evangélicos verdes de Boyacá que, cuando se instalaron en el Palacio de la Torre, descolgaron crucifijos y cuadros de la Virgen. Ellos solo creen en el diezmo.

Uribe maneja al tigre y a la paloma a su antojo. Me atrevo a decir que la salida de la Cabal también es estrategia de Uribe para que no muera el CD. O, que muera, pero no agonice. Disfraza la muerte del Centro Democrático como hizo con el Partido de la U.

Evelio Rosero no quiere que agonice la literatura en polémicas «innecesarias». Laura Restrepo, semanas antes en entrevista con Juan David Correa, señaló que en redes sociales la culpan de armar un alboroto distanciado de la literatura. Y la vieja de Delirio respondió: «¿Qué de literario tiene la invitación a Machado al Hay Festival?»

Bebo. Todos usamos disfraz. Todo es un disfraz de algo. Machado no consiguió disfrazarse de libertadora. Le tocó usar una máscara de literata.

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