
El púlpito del Diablo
La política, tal como la ha venido ejerciendo la derecha y la ultraderecha en este
campo de matanza (como lo denomina Schopenhauer), es un negocio sucio,
mentiroso, tramposo y violento donde todo vale. Por lo general, el político
tradicional es un corrupto, es decir, un ladrón de los dineros públicos. Casi
siempre es un analfabeto en Administración pública, Economía y Derecho, o sea,
un inepto perfecto; además, suele ser un fracasado, sin oficio, pobretón y busca-
fortuna, que se mete de administrador de la riqueza de la Nación con el propósito
de robar y con ese botín enriquecerse fácil y rápido. Dicho bandido se vuelve rico
con lo que roba, los sobornos, propinas, el sueldo millonario, los privilegios,
jugosos contratos y negocios que el tráfico de influencias del poder le permite
cometer. Si ya era rico, la política le incrementa su riqueza hasta el vómito y el
delirio de grandeza.
Este venerable ladrón no sólo roba para él, sino también para su familia, amigotes,
compinches, cómplices y acreedores. Sin embargo, para poder ingresar a esa
organización criminal, debe tener dinero para invertir en campañas, publicidad,
prostitución de conciencias y compra de votos. Aunque en esa aventura muchos
han fracasado y se han arruinado; y algunos, de milagro, han terminado en la
cárcel o huyendo prófugos de la justicia.
Ese comercio de votos es un oficio de delincuentes disfrazados de personas
honorables, honradas, servidoras y benefactoras de la sociedad. Y en esa farsa
aplica el principio maquiavélico de que el fin justifica los medios. Por eso, recurren
a todo, a cualquier patraña, embuste, tramoya, jugada sucia, deslealtad, traición,
beso de Judas, perjurio, defección y cambio de bando ideológico, de ateos pasan
a creyentes, de odiosos y perversos a melosos, de esclavistas a libertadores, de
terratenientes despojadores de tierras a defensores de los campesinos, de
asesinos paramilitares a protectores de la vida de los pobres. Tienen doble y hasta
tripe moral, y vocación de camaleones.
Además de ladrones ricos y poderosos, pueden resultar siendo asesinos y genocidas. En la historia política de Colombia pululan evidencias de esta peste incurable que tantas tragedias le ha aportado al país.










