
Seguidores de ‘izquierda’ y ‘derecha’ aprietan el cuello unos a otros en plazas públicas y redes sociales. El Pastor verde observa desde el atrio y predica tener una superioridad moral sobre todos, y, mientras cobra el diezmo, capitaliza en votos el espectáculo.
Esta semana la visita de Álvaro Uribe y Paloma Valencia a Duitama, Sogamoso y Tunja, volvió a mostrar el fuego político que arde en el interior de cada joven, viejo, hombre y mujer; los boyacenses vivimos aletargados, hasta que llegan elecciones.
Arengas cruzadas, provocaciones, empujones, videos virales. Godos. Cachiporros. Petristas. Uribistas. Azul. Rojo. Etiqueta A. Etiqueta B. Unos se acusan de fascistas y otros de castrochavistas. En medio del ruido, aparecen celestiales voces verdes llamando a la calma, a la “democracia”, al respeto. Solo ellos son dueños del tono adecuado: El uribepetrismocentrismo.
Los Verdes en Boyacá aprendieron un arte mucho más rentable: no pelearse con nadie, negociar con todos y presentarse como la reserva moral de la política. El partido que no grita, que no empuja, pero que siempre está sentado en la mesa de negociaciones [cobrando el diezmo (que no se olvide el evangelio)].
El representante verde que vende lápices en el Congreso, condena las peleas. Advierte que eso no es democrático. Tiene razón. La violencia física empobrece el debate público. Escribió: «Mala cosa salir a faltarle el respeto a Uribe. Aplica para todos los políticos, de izquierda o de derecha». Pero, ¿desde qué lugar de La Mancha hace esa crítica?
Un centro crudo, húmedo. Hipócrita.
En Boyacá la Alianza Verde es un partido que ha gobernado sin más criterio que el de creerse moralmente mejor que otros. Ellos no se equivocan, no son corruptos, no están investigados, ningún medio de comunicación habla mal [se atreve] de ellos.
Para treparse al poder, hacer más de una década, señaló que el Polo, los conservadores, liberales… y todos los entes políticos en Boyacá, eran un desastre, que debían erradicarse esos tradicionalistas. Que debían acabar las roscas politiqueras. Y sí. Pero, lo que hicieron fue armar su propia máquina.
Recibieron a todos en sus filas biches: a protagonistas de viejas luchas upetecistas, restos del Polo, unos de la UP, de MOIR, otros de Marcha, otros de Cambio Radical, de La U, del Conservador, del Liberal [todos querían comer del mismo plato y el Verde limpió y dispuso la mesa].
Hoy quienes no entraron en la máquina verde, quieren hacerse pasar por opositores para ver si les caen migajas de la mesa. Los verdes no los necesitan porque han venido criando a sus pastorcitos en la universidad pública hace una década [este año, esas reservas electorales están listas para el destete].
La evangelización verde en Boyacá comulgó con liberales; le hizo campaña al candidato presidencial de la derecha; hoy acompaña causas progresistas; mañana pacta con sectores conservadores; pasado mañana se declara independiente, pero vota estratégicamente. Todo con discurso de superioridad ética. Porque los del centro son mejores que todos, dicen ellos.
Mientras el uribismo y el petrismo se desgastan entre sí, los Verdes hacen política de baja intensidad emocional y alta eficacia electoral. No necesitan incendiar la plaza, solo recoger lo que quede entre las cenizas.
Vende moderación como virtud moral. Pero, ese centro tibio, viscoso, solo sabe apostar al mejor (im)postor.
La política en Boyacá es una pelea de cantina observada desde el atrio del predicador. Y cuando queda el silencio, el Pastor pasa lista, hace cuentas y reclama su parte.
No son mejores. Solo son más pacientes. En política boyacense, suele ser suficiente.











