
Es imposible saber quién es el mejor periodista colombiano. Pero, sin lugar a dudas, el peor es Felipe Zuleta. No existe hoy, en ningún medio informativo nacional, alguien que le dispute ese lugar. Es absolutamente insuperable en mediocridad, insidia, clasismo, desorientación y despiste cognitivo. Para mencionar lo que se le ve, y se le escucha, a las primeras de cambio.
De haber sido hace quince años un defensor de las libertades individuales, y de ser un columnista estimable, pasó a mostrar todo lo que no debe hacer un periodista digno de ese nombre. Y no porque sea un individuo sin luces. Más bien al contrario: Felipe Zuleta sabe, a la perfección, que vive en el mundo de Tik-Tok y de Youtube, que nadie tiene paciencia para leer más de medio párrafo en ninguna plataforma de internet y, menos, en papel. Por eso les buscó cobijo a sus armas de inquina, de resentimiento, en tribunas orales como la radiodifusión y los vídeos, donde puede despotricar de quien quiera, a sus anchas, sin réplicas ni contradicción de ninguna clase. Lo suyo es la polémica en el sentido más miserable: hacer ruido mediante insultos de baja estofa para que se emocione el vulgo. Sobre todo cuando ese vulgo habita el barrio Rosales o los ampulosos y exclusivos sectores del norte de Bogotá, donde más lo escuchan.
Su bandera es fomentar el odio hacia el presidente de la república, a quien defenestra desde hace más de veinte años. De ahí, del lente anticomunista, deriva el resto de su detrito: según Zuleta, en el gobierno sólo hay hampones, ninguno de los funcionarios ha hecho nada. Ejerce una oposición caprichosa, que jamás consulta datos y parece no saber qué es una fuente de información. Tampoco le interesa.
Sus bruscas maneras van un poco más allá de la repugnancia hacia el presidente Gustavo Petro. Ataca a Paloma Valencia, o a Roy Barreras o a todo lo que, según sus obtusas concepciones, le suene cercano a Juan Manuel Santos, a las FARC, al supuesto comunismo internacional que nos quiere convertir en cubanos o venezolanos.
Cualquier palabra que sale de la boca de Zuleta es una vergüenza.
En el periodismo colombiano han existido columnistas de corte conservador quienes por lo menos sabían expresarse, entendían lo que era articular dos palabras en una frase. Estamos muy lejos de volver a leer las columnas que escribían, en su momento, plumas respetables de las derechas como el olvidado Gabriel Melo Guevara o la olvidada Bertha Hernández de Ospina, autora de ‘El Tábano’. Ese bastión lo ejerce en estos días Juan Camilo Restrepo, un caso excepcional de cierto conservatismo pensante.
En comparación con estas personas Zuleta sólo expele grosería y polvorines rabiosos mezclados muchísimas veces con insustanciales anécdotas de su propia vida. Gracias a sus nefastos videos hemos sabido si va a consultas médicas o cómo su propia hija no controlaba esfínteres cuando era niña. Ese es el nivel de impudicia que brinda.
No es curioso que goce de gran popularidad. A una mayoría de usuarios en redes sociales les fascina el improperio gratuito, el chismorreo barato. Porque los divierte y no les exige reflexión. O porque se sienten miembros de una clase privilegiada que, por ejemplo, considera a Vicky Dávila como “una verraca”, a Sergio Fajardo “un tipo muy preparado”.
(El mismo Sergio Fajardo que anda por estos días bamboleando una escoba tricolor como símbolo de su propuesta narcisista).
Desde luego, la presente nota no es una defensa del presidente Petro. Es ingenuo justificar un mandato tan cuestionable. Pero se puede estar en desacuerdo con el gobierno sin caer en el vacío cerebral, en la estupidez. Como Zuleta, que afirma en un vídeo del 22 de febrero pasado:
“Me pregunto yo qué tienen en la cabeza los seguidores de Petro y no puedo llegar sino a una conclusión: mierda. Porque no veo ninguna lógica en que todavía haya gente que le crea a Gustavo Petro y a sus cómplices…”
En otro video, del 26 de febrero:
“Petro detesta las instituciones. Claro: es que nunca dejó de pensar como guerrillero. Y yo creo que el gran error es de la Asamblea Constituyente por no haber prohibido que lleguen a la presidencia personas que hayan pertenecido a grupos guerrilleros. Esa sería una reforma constitucional importante. Porque el que ha sido delincuente nunca deja de serlo. Y la prueba es Gustavo Petro. Nunca dejó de pensar como guerrillero”.
Felipe Zuleta entiende, como Carolina Sanín, María Jimena Duzán y tantos otros periodistas de formatos audiovisuales, que ya nadie lee nada. Y que el debate público se aglutina en torno a lo oral, al vertiginoso orden donde prima lo hablado.
La diferencia con estos opinantes es que Zuleta únicamente emite babas.
Debajo de esos kilolitros de babas está el verdadero objetivo de Felipe Zuleta (se puede deducir tras escucharlo menos de un minuto): que su amado Abelardo de la Espriella, el salvador, llegue a ser presidente de la república.
Con esos defensores, de la Espriella no necesita enemigos.











