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En los últimos años, gracias a los avances en las tecnologías de la información y las comunicaciones, la política ha sido el escenario de un fenómeno en constante crecimiento: la manipulación de las ideologías de derecha e izquierda por parte de los políticos, indistintamente de sus partidos o movimientos, para alcanzar sus objetivos a cualquier precio. En ese contexto, el discurso cuidadosamente confeccionado y la imagen, igualmente moldeada de acuerdo con las necesidades del momento, se han convertido en poderosas herramientas de manipulación mediática utilizadas para proyectar una versión simplificada de la realidad que favorezca sus intereses particulares. El abuso de los símbolos y el manejo estratégico de la imagen pública tienen como objetivo deformar la comprensión y el análisis de la realidad por parte de la ciudadanía.
El juego del discurso y las etiquetas
Los conceptos de «derecha» e «izquierda», cargados de historia y significado, son etiquetas fácilmente distorsionables que se han utilizado para clasificar a los oponentes políticos y generar divisiones sociales a partir de dos visiones opuestas del mundo. Tradicionalmente, los partidos y líderes políticos los han convertido en armas de guerra, recurriendo a la polarización y presentándose como defensores de uno de los dos bandos, polos o sistemas.
La derecha, por lo general, se asocia con la defensa de los valores tradicionales de la familia, la educación y la religión, el estatus quo del orden social establecido, la propiedad privada y el capitalismo; mientras que la izquierda históricamente ha luchado por la libertad de pensamiento, la democratización de la educación y la cultura, la justicia social, la igualdad económica y la redistribución de la riqueza. No obstante, la realidad es mucho más compleja y los límites entre ambas ideologías son borrosos, de ahí que hayan surgido conceptos como el centro, centro derecha y centro izquierda. A medida que los partidos se adaptan a lo que la situación requiera, las posturas se vuelven menos claras y se argumenta que la política es dinámica. Esto lleva a percibir incoherencia en sus posturas o la falta de principios, con decisiones motivadas más por intereses particulares que por convicciones verdaderamente ideológicas.
El abuso de la imagen pública
Lo que distingue la política moderna de las del pasado es la omnipresencia de la imagen. Los avances en la comunicación y el poder de las redes sociales han permitido que los políticos construyan narrativas audiovisuales que apelan directamente a las emociones y los prejuicios de la población. Los usos del discurso y la imagen ya no se limitan a las campañas de publicidad en los canales tradicionales, sino que se extienden a todos los rincones de la vida social.
Hoy en día, los líderes se preocupan más por cómo se perciben en los medios que por las iniciativas que promueven. Así, las ideologías se diluyen en una imagen escrupulosamente proyectada: el líder carismático, la figura de fuertes convicciones o el salvador del pueblo, todo ello acompañado de palabras precisas, imágenes cuidadosamente seleccionadas y gestos calculados que se ajustan a la narrativa que se quiere vender.
Este tipo de manipulación no ha sido exclusivo de un solo espectro ideológico. Tanto la derecha como la izquierda se han valido de esta herramienta para maximizar su impacto. La derecha, en ocasiones, utiliza la figura de un líder fuerte, protector y defensor del orden, mientras que la izquierda recurre a la imagen de un salvador de los desposeídos, luchador contra las injusticias. En ambos casos, la realidad se distorsiona para construir una imagen idealizada que omite los matices y las complejidades inherentes a cualquier problemática social.
En términos generales, el fenómeno consiste en la disolución de la ideología en otras formas más prácticas de ejercer el poder a conveniencia, de acuerdo a las circunstancias; una figura política dual que reúne en sí misma todas las contradicciones, que ofrece respuestas a todas las preguntas según las necesidades.
La manipulación en las redes sociales
Las redes sociales se han convertido en el terreno fértil donde se cultiva la manipulación ideológica. El algoritmo de plataformas como TikTok, Facebook o X no discrimina entre la verdad y la falsedad, ni entre un argumento racional y un mensaje cargado emocionalmente. Lo que importa es la capacidad de captar la atención de las audiencias. Este fenómeno ha favorecido la creación de burbujas informativas, donde los usuarios, guiados por su afinidad ideológica, son alimentados mayoritariamente de contenidos que refuerzan sus creencias, creando una realidad paralela donde se exacerbaban las diferencias entre derecha e izquierda.
Además, las noticias falsas y la desinformación juegan un papel decisivo en la manipulación. Se difunden con tal rapidez que los hechos se diluyen y la opinión pública queda atrapada en una espiral de desconfianza y confusión. Lo que en un principio podría haber sido una diferencia legítima de opiniones se convierte en una lucha ideológica polarizada, donde cada bando utiliza la imagen de la ideología opuesta para desacreditarla, recurriendo al uso de recursos visuales, citas descontextualizadas o videos editados de manera engañosa.
Como si esto no fuera lo suficientemente desconcertante, ahora, una misma figura política puede, un día, manifestar afinidad con una ideología y, al siguiente, hacerlo con otra aparentemente opuesta, manteniendo así la aceptación de todos o, al menos, confundiendo al electorado.
El precio de la manipulación
El uso abusivo de la ideología y la imagen tiene un costo social y político significativo. La distorsión de la realidad no solo envenena el discurso público, sino que fomenta una creciente desconfianza y confusión entre los ciudadanos. Además, la manipulación crea líderes ambivalentes que, en lugar de buscar el bienestar colectivo, se enfocan en mantener y ampliar su poder personal.
Los políticos que erosionan la democracia y convierten las ideologías en un simple instrumento que reemplaza la sustancia, reducen el debate político a una lucha de narrativas vacías, sin que se trate realmente de resolver los problemas que afectan a la sociedad. Convierten la política en un escenario para los escándalos mediáticos, donde se libran batallas simbólicas sin relevancia para el bienestar de la población, mientras esas circunstancias encubren sus verdaderas intenciones.
En conclusión
El abuso de las ideologías y la manipulación del discurso y de la imagen distorsionan la capacidad de decisión de la ciudadanía, reduciéndola aparentemente a una simple controversia superficial. Como ciudadanos, debemos informarnos, ser críticos y reconocer que la política es más compleja de lo que se percibe a simple vista y que debe basarse en la integridad, la ética y la coherencia para el bien común.