
La polarización aniquila el espacio político moderado, produce la desaparición del centro político, de la tercera vía, promovida como campo de moderación del debate público. La verdad incómoda es que el centro político no desaparece por falta de un mínimo porcentaje de creyentes moderados, sino porque la propia dinámica social hace estructuralmente inviable su existencia como espacio de poder efectivo. La seguridad democrática de Uribe se encargó de convertir al centro político en un territorio inhabitable, irrelevante, al que hoy entre incoherencias dicen estar buscando. La seguridad democrática se tomó hasta el nombre para encubrir sus raíces de fascismos y nazismos, transformó la política en identidad afectiva, debilitó las instituciones como mediadoras neutrales, usó una doble moral de bondad por encima y de crueldad por debajo, impuso las emociones para invalidar la razón, estigmatizó a los contradictores, ordenó la ejecución de inocentes e incrustó en los medios de comunicación la falsificación de la información para amplificar la fragmentación y polarizar al país.
Colombia como América Latina y el Caribe fue la segunda región menos polarizada del mundo hasta antes del año 2000 y hoy una de las regiones más polarizadas. La polarización trasciende las diferencias programáticas para convertirse en un marcador identitario fundamental, que combina las dimensiones ideológica (distanciamiento programático entre partidos) y afectiva (sentimientos que líderes y partidos despiertan en sus seguidores). El centro se volvió inhabitable, se quedó sin programa, ni líderes, ni peso electoral efectivo (aunque el volumen de votantes no varíe), es un lugar de refugio de neutrales (aparentes) y de confundidos, pero el sistema político no les ofrece opciones que reflejen esa posición intermedia y sus candidatos emergen del vacío, de la nada. Sin embargo, ese espacio de fragmentación centrista genera un hondo daño estructural que favorece a las derechas, paradójicamente profundizando la polarización, premiando la crispación que prometen evitar y forzando el paso a una segunda vuelta de candidatos que representan a los extremos ideológicos. Esta moderación no le sirve a la construcción de paz, la eliminación de los sistemas de corrupción, las luchas contra la discriminación o las garantías derechos, tampoco a erradicar los temores sobre la manipulación de los votos por la registraduría, ni a fortalecer la búsqueda de igualdades o la tranquilidad de la nación y en cambio sí su espacio retórico, que no es estratégico, se vuelve peligroso en un contexto real en el que la ciudadanía no ha superado aún el miedo, ni las múltiples violencias.
El país perdió el rastro del centro mientras ocurrían los crímenes de lesa humanidad de los falsos positivos, las chuzadas, la persecución, las masacres diarias, los falsos judiciales, la cooptación del Estado por las mafias, los crímenes de guerra, la firma de TLC, la entrega de la soberanía y el saqueo de recursos públicos y bienes de la nación por las élites. No hubo centro cuando los partidos en el poder en cabeza del “líder” de la seguridad, convertían a las instituciones y a las partes significativas del Estado en sus herramientas partidistas para ejercer ese poder. El centro no tuvo una narrativa para confrontar el poder encarnizado de entonces, contra sus opositores y adversarios del otro margen, ni denunció el horror, y la parálisis de la ciudadanía conducida por la fuerza a desvincularse de la política y someterse a la barbarie de la seguridad democrática como su política, ni denuncio a las élites que se aprovechaban del proceso de paz para negociar su estabilidad e impunidad y reconfigurar su poder.
La desaparición del centro político no es un fenómeno natural ni permanente, es el producto de condiciones desvanecidas con la concentración acelerada de la riqueza, la erosión democrática a manos de las élites, la desconfianza en las instituciones, la transformación de la desigualdad en combustible polarizador y la reciente incursión de los fake news y algoritmos de redes sociales cuyas cámaras de eco o filtros de burbujas ideológicas deciden qué tipo de información se muestra en función del historial de búsqueda y las redes de un usuario, debilitando la deliberación política y reforzando sesgos, que reducen el encuentro de posiciones moderadas. Las plataformas digitales no crean la polarización, pero la amplifican al punto de hacer inviable cualquier espacio de intermediación, con consecuencias tangibles para la gobernabilidad y la estabilidad democrática.
El centro político no desaparece porque la ciudadanía se haya vuelto más extremista, sino porque las estructuras de competencia política, las dinámicas identitarias, las desigualdades socioeconómicas y las tecnologías digitales han transformado las reglas del juego político. El centro, como espacio de moderación y pacto, requiere condiciones que la democracia degradada por las élites ya no garantiza y recuperarlo no es una cuestión de encontrar líderes más moderados o hacer llamados a la cordura. Exige intervenir sobre las causas estructurales de la polarización, como la desigualdad, las violencias, la concentración de la riqueza, la impunidad de criminales cobijados por los partidos hegemónicos, romper los lazos de clientelas y gamonales, reconstruir la confianza en las instituciones, regular las plataformas digitales para reducir las cámaras de eco, y rechazar de plano las narrativas de odio y negación histórica que fragmentan a la sociedad. Mientras estas condiciones no se cumplan, el centro seguirá siendo un territorio imposible, añorado, pero inhabitable para cualquiera que intente ocuparlo.










